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Full text of "Una noche en Ferrara : o, La penitente de los teatinos : novela original"

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THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 




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UNIVERSITY OF N.C. AT CHAPEL HILL 



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UNA NOCHE EN FERRARA 

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U Pili i 1 ffllOS. 



^ 



IVELA ORIJINAL 



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EDUARDO BLANCO. 



€AEACAS. 

IMPRENTA FEDERAL. 

Calle de Carabobo.— Esquina de la Torre. 

1875. 



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Si algo soi, á ti lo debo : si no soi más, la 
culpa es mia. 

Este libro es obra tuya : he aquí el único 
mérito que á mis ojos encierra. 

Acéptalo como una prueba de mi cari- * ^ 
ño y respeto. 



JUAN QUEVEDO,' 

GOBEENADOK DEL DISTRITO FEDEEAL. 



Hago saber que el ciudadano Eduardo Blanco se ha pre- 
sentado 'ante mí, reclamando el derecho exclusivo jiara pu- 
blicar j vender una obra de su propiedad, cuyo título ba 
depositado y es como sigue : — "Colección de novelas oriji- 
nales por Eduardo Blanco " — Y que habiendo prestado el 
juramento requerido, lo pongo por la presente en posesión 
del privilejio que le concede la lei de 8 de Abril de 1853, 
sobre producciones literarias, teniendo derecho exclusivo de 
imprimirla, pudiendo él solo publicar, vender y distribuir 
dicha obra por el tiempo que le permite el artículo 1? de la 
citada lei. 

Dado, sellado con el sello de la Gobernación del Distrito, 
firmado de mi mano y refrendad») por el secretario del Des- 
pacho en Caracas á 7 de Setiembre de 1875, año 12? y 17?. 

Juan Quevedo. 
El secretario, 

Vélasquez LeveL 



PROLOGO. 



Este prefacio que lie querido escribir, im- 
pulsado por doble estímulo, el de mi afecto 
al autor y el de la adrairacion que me inspi- 
ra la obra, no es una pajina resplandeciente ; 
es el modesto vestíbulo de la novela uista ko- 

CHE EN FERRARA, Ó LA PEÍÍITENTE DE LOS 

TBATiisros. Si algún rayo luminoso luce en 
él, cierto que no lia emanado de la inspira- 
ción amistosa, ni menos de la liipérbo le, que 
como jenio dominante de la época, ofusca 
con falso brillo y desdora aun á las obras de 
mérito efectivo : no, es el reflejo de las cla- 
ridades que difunde en el interior del san- 
tuario la luz de un injenio engalanado con 
las primacías del carácter y del corazón. 

Bella historia evocada al murmullo de las 
ondas del Adriático, bajo el cielo trasparente 
de Italia, se muestra siempre ataviada con la 



II PROLOaO. 



pompa de un estilo abundoso, patético, colo- 
rido, que es como la emanación floral de 
aquellas campiñas y el verbo expontáneo de 
, las pasiones trájicas y tumultuosas de la tie- 
rra de las grandezas artísticas. 

Y tal conformidad, tanta armonía, tan per- 
fecto acuerdo entre el pensamiento y el estilo, 
be allí uno de los más singulares aciertos del 
distinguido escritor, que con paso seguro ape- 
nas si acaba de penetrar en el imperio del arte 
y ya esmalta su blasón literario con la limpia 
ejecutoria discernida á sus merecimientos. 

Unidad de plan, delineacion majistral de 
los caracteres, interés progresivo, vuelo sere- 
no, lirismo pomposo, transiciones dramáti- 
cas, movilidad de afectos, contraste de pasio- 
nes, diálogo inj enloso y chispeante son exce- 
lencias que manejadas con fácil cultura, cam- 
pean en la obra y la colocan en la categoría 
de una verdadera creación estética. 

Severísima crítica acaso tendría derecho á 
exijir en el estilo cierta ondulación más sen- 
sible, que comunicando mayor movimiento al 
ritmo de la frase, siempre amplia, enérjica y 
viril, la alijerase con el donaire de la varie- 
dad métrica de los períodos, dote tan precia- 
da en los buenos hablistas, y atributo de la 
índole jenerosa de la lengua castellana. 

Cuando merced á las relevantes prendas 
del escritor se haya depurado en absoluto su 



PROLOGO. III 



gusto, en el crisol de las lecturas clásicas, en- 
tonces, comunicando más elasticidad al ner- 
vio de la frase j cadencia menos monótona al 
ritmo del concej)to, su estilo lucirá aquellas 
bellezas de gracia y de soltura que logvan dar 
á la j)lim^í>^ el perenne estudio de nuestros 
buenos autores, el examen comparado de sus 
obras, la práctica no interrumpida de escri- 
bir y la atención persey erante al movimiento 
j á las formas literarias del siglo. 

Al recorrer las bellas pajinas impregnadas 
con los susj)iros de Leonora y el funesto amor 
de Guido y la característica hidalguía de San 
Germano, se ve brillar el hilo de oro de la 
trama que nos guia misteriosamente á la ca- 
tástrofe, desarrollada hábilmente, y que se 
epiloga en medio á la calma y serenidad de un 
ouadro idílico, secreto ideado por el autor, 
acaso para esquivar el escollo en que naufra- 
gan la jeneralidad de los novelistas contem- 
poráneos en el desenlazo de sus obras. 

Siga al señor Eduardo Blanco recorriendo 
la senda que con éxito tan feliz ha comenza- 
do á trillar, y quedará refrendado por el pú- 
blico intelijente el juicio que en otros dias, á 
la sombra de la intimidad, formuló su amigo 



Francisco G. Pardo. 



FEBRARA. 



E:n el coiifin setentrional de la Eoinauia, sin iiu- 
portancia en nuestros días, i)obre lioi de nombre, 
íiunque rica de gloriosos recuerdos, levanta aún 
-SUS negros muros, sobre el canal Panfilio, la anti- 
^■ua residencia de los duques de Este ; no altiva 
.y orgullosa, como sus ya olvidados soberanos, sino 
postrada y sin aliento tras larga esclavitud. 

La mano del progreso con su encantada broclia, 
no ha logrado borrar de la fisonomía de esta reina 
destronada el tinte misterioso y austero que som- 
brea sús^palacios, que la sirve, puede decirse, de 
mortaja, y que imprime á su grandioso aspecto, el 
sello de la más proftmda melancolía. 



UNA NOCHE 



Aun en medio del eléctrico ruido de la presente 
civilización, algo extraño, que entristece el espíri- 
tu, se experimenta al llamar á sus puertas. Una 
voz quejumbrosa que parece escaparse de un abis- 
mo de tres siglos de humillación y de silencio, os 
murmura al oído : "A que vienes I no bas de en- 
contrar aquí lo que imajinas todo pasó " 

Y el aldeano enfermizo que de los pantanos de 
Oomacchio lleva a Ferrara su mezquina cosecha, 
como el viajero soñador que, atraído por el re- 
cuerdo de otros tiempos, llega á pisar aquel suelo , 
se sienten abatidos al penetrar en el recinto de 
esta ciudad monumental, que ^^ triste, desierta, 
abandonada, " como dice Yalery, " resj^ira todavía 
una especie de magnificencia de corte. " 

A nuestro turno penetremos en Ferrara ; mas 
no en la época de sus soberbios duques ; ni en 
los aciagos dias de la invasión de la Eomania por 
el terrible bastardo pontificio, á quien Maquiavelo 
concede tan elevadas dotes como crímenes le 
echa en cara la historia ; ni en esos veinte lustros 
de soberbio esplendor que la exhibieron ante el 
mundo como la jenerosa protectora de las letras- 
y las artes, engalanada con los lauros de Ariosto, 
de Boiardo y del Tasso. 

Dos siglos se han interj^uesto entre nosotros 
y los liltimos destellos de aquella época brillan- 
te'; por lo que no hai temor de que ensordezcan 
nuestro oído con la algazara de las fiestas, las 
maldiciones de las víctimas de Meólas IIJ ; ni los 
gritos de embriaguez y ñiror del sanguinario Hér- 
cules ; ni los tristes lamentos del cautivo poeta ^ 
ni todo aquel estruendo de armas, excomuniones 



EN FERRARA. 



y enconadas rivalidades, que precedieron al ani- 
quilamiento de su grandeza y á su completa su- 
misión á la teocracia romana. 

Aquellos públicos regocijos, con sus ruidosas 
explosiones, sus brillantes torneos, sus crímenes 
sin cuento y sus himnos triunfales, no turban ya 
los ecos de sus antiguos j)alacios ni de sus pla- 
zas silenciosas. Del casco de oro y de la réjia 
piirpura de tan fieros señores, triunfó el negro bi- 
rrete y el austero sayal que ñié á seriarla de mor- 
taja. Tras los pesados muros del castillo ducal, 
donde cayó inmolada Parisina, un delegado de la 
Santa Sede, cubierto con el capelo de- los miem- 
bros del Sagrado Colejio, empuña cauteloso el 
cetro que Clemente VIII arrancó de las manos 
del último de aquellos dejenerados príncipes ; y 
desde entonces el silencio del claustro y la tris- 
teza de las tumbas, sustituyen la alegría, la ani- 
mación y el esplendor de la lujosa corte de los 
Este. 

La sombra de la tiara, como un paño mortuorio, 
se extendió sobre sus glorias ; el prosaísmo y la ab- 
yección mataron la poesía de dos siglos de luz y de 
entusiasmo : el estro de sus bardos espiró sufocado 
entre monótona salmodia : el buril y los pinceles 
de sus grandes maestros no ftieron reemplazados : 
Garofalo dejó de tener imitadores : Ariosto durmió 
por largo tiempo el sueño del olvido. La austeri- 
dad monacal no produjo sino desaliento y egoís- 
mo. De altiva. Ferrara se trocó en pusilánime ; 
de orgullosa, en humilde. No más franqueza osa- 
da, sino cobarde hipocresía ; no ya vuelo de hal- 
cón, sino aleteo de murciélago. Todo pasó, me- 



UNA NOCHE 



nos la sombra que convirtiera en noche el dia 
radiante de sus glorias. 

Lección terrible para los pueblos cuya frivola 
grandeza juzgamos imperecedera, cegados por el 
orgullo ; pues | qué son ellos en su luclia con el 
tiempo ? Juguete frájil en manos de un titán : 
ayer astros rutilantes, emporios de ciencia y de 
riqueza ; mañana ruinas que, cuando más, indi- 
carán sobre la tierra su ya olvidada existencia, 
ó rebaño de esclavos envilecidos, perezosos é idio- 
tizados, que siguen como autómatas la corriente 
de los siglos. 



EN FEREABA. 



IL- 



EL ENVIADO ROMANO. 



Como la mayor parte de las víctimas de esas 
rápidas é inexplicables mutaciones de la fortuna, 
Ferrara se abandonó sin murmurar á su nuevo 
destino ; y hasta llegó á olvidar que habia brilla- 
do un dia, á la par del más adelantado de los 
pueblos de esa península itálica, ante la cual la 
historia artística de todo el universo puede apenas 
compararse á una sola de las pajinas de sus 
propios anales. 

La festiva cortesana cayó esta vez para no 
levantarse : dio, mansa, al yugo, el cuello antes 
erguido; trocó la réjia piirpura por el místi- 
co velo de las pupilas del vaticano ; huyó del 
ruido y de las fiestas; é ¡inexplicable meta- 
morfosis! la ciudad orgullosa:, á la que sus anti- 
guos soberanos habían acostumbrado á la perpe- 
tua ajitacion de ima corte sibarita y guerrera, que, 
de la danza y del torneo, la hacían pasar á san- 
grientos combates y monstruosas abominaciones, 
sin que diera, al fin, más importancia al estruen- 



VKA NOCHE 



do de las armas, que á las escandalosas aventuras 
de la depravada Lucrecia ; esa misma Fejrara, 
trascurrido algún tiempo bajo su nuevo vasallaje, 
llegó á mirar con asombro la más insignificante no- 
vedad que pudiera turbar su profundo letargo. 

Ésto sentado, no debe ser extraño que á media- 
dos de 1769, época en que figura esta historia, 
tomara en aquel pueblo las proporciones de un 
acontecimiento, el rodar presuroso de un carruaje 
tirado por dos flacos rocines cubiertos de sudor y de 
polvo, que, después de penetrar al galope por la 
Puerta Eomana, j de recorrer bajo el constante 
chasquido del látigo del conductor, la ancha calle 
de la Giovecca, fué á detenerse ante los fosos 
del castillo ducal. 

A i^esar de la brillante lumbre que derramaba 
el sol desde el zenit sobre las desiertas calles, fué 
grande el sobresalto que produjo en los tranquilos 
ferrarenses la aparición de aquel carruaje, la 
impaciencia de su encintado postilion y el forzado 
galopar de los rocines, blancos de espuma y ja- 
deantes de fatiga. El alarma cundió con rapidez, 
y fué sobre todo entre los vecinos de la ya citada 
calle de la Giovecca, donde se hizo sentir más hon- 
damente. A proporción que el carruaje se acer- 
caba cerrábanse las puertas de las tiendas para 
abrirse en seguida ; abríanse ventanas y balcones 
para cerrarse de nuevo ; ojos hermosos y azora- 
dos brillaban tras notantes cortinas ; más de una 
nariz enmohecida bajo la doble sombra del claus- 
tro y la capucha, fué expuesta al sol desde lo alto 
de las rejillas de un convento ; más de un avaro 
sorprendido en la grata tarea de acariciar la acu- 



EN FERRARA. 



nada sangre de sus clientes, rompió la llave de su 
caja en la precipitación de ocultar su tesoro ; más 
de un Pater y im Ave brotaron incorrectos de la- 
bios temblorosos ; no i)ocas madonnas, olvidadas 
en oscuros rincones, recibieron de súbito el bene- 
ficio de un candil ; y despreciando la prudencia, 
pobres y ricos, mercachifles y banqueros, nobles 
y plebeyos, canónigos y legos, atropellándose entre 
sí, se lanzaron á la calle, airados unos, pálidos 
otros, todos conmovidos y dilijentes, cual si sor- 
prendidos de improviso trataran de defenderse de 
una irrupción de bárbaros. Mas no bastaba á sa- 
tisfacer la excitada cmiosidad, ver pasar el carrua- 
je; era necesario averiguar lo que encerraba, 
saber adonde iba, de donde podia venir, y por qué, 
sin dar aviso i^révio, tal importuno huésped se 
aventuraba á rodar por las calles con el desemba- 
razo de quien no sabe que incomoda. 

Aguijoneados por el diablillo de la curiosidad, 
los más audaces corrían tras el can'uaje, exami- 
naban como expertos las herraduras de los caba- 
llos y el surco de las ruedas estampadas en el lodo ; 
y como si hubieran descubierto la clave del enig- 
ma, tomaban á correr jesticulando, en i)os de la 
ruidosa máquina que motivaba tanto escándalo ; 
mientras que los menos dihjentes, contentándose 
con mirar, atónitos, pasar el huracán, prorumpian 
en preguntas y conjeturas en voz alta, de la 
más orijinal incoherencia. 

En menos tiempo del que fuera imajinable, la 
plaza del castillo se pobló de cm'iosos, que, á juzgar 
por la precipitación con que corrieron á agruparse 
frente al macizo alcázar, habria podido creerse 



UÑA NOCHE 



que aun imperaba en el ducado de Ferrara la no- 
ble casa de Este, y que el sucesor de Borso, el 
sanguinario Hércules, dabaá su pueblo el terrible 
esj)ectáculo del castigo del Mjo de Lionell y de sus 
trescientos paítidarios, á quienes el verdugo debia 
amputarles una mano, arrancarles im ojo y, asi 
mutilados, entregarlos luego á los favoritos de la 
corte, i)ara que recibieran de aquellos el rescate que 
quisieran imponerles. Pero notable decepción 
habria sufrido el que tal cosa se hubiera imajinado. 
La hermosa éx)oca habia pasado ya: ni cadal- 
sos, ni fiestas que hicieran i^alpitar el corazón. 
Para esi)íritus menguados, pueriles causas de sor- 
l)resa. Un viejo carruaje, como un torbellino de 
polvo habia cruzado aquellas calles, rechinando 
sobre los ejes, como el antiguo carro de Faramiui- 
do ; y detenido al fin, estaba allí, á la vista de 
todos, mudo ó impasible, como una roca entre 
el oleaje de la impaciente multitud. 

Examinado minuciosamente por todas y cada 
una de las individualidades de tan [respetable 
concm'so, resultó del análisis de aquel grosero 
compuesto de ruedas, ejes, polvo, caballos y arne- 
ses que el objeto detenido era un carruaje como 
otro cualquiera , su conductor un hombre ; el pos- 
tillón un muchacho ; y los que lo hablan seguido 
con tan cahu'oso empeño, una turbafde imbéciles. 
Esta consideración habria desalentado por com- 
pleto á los menos curiosos, si la imprevista cir- 
cunstancia de estar vacío el carruaje, no diera 
motivo k sospechar que, si en todo aquello ha- 
bla misterio, ya no era allí donde debialocultar- 
se. Por esta vez la lójica debia darse por satis- 



EN FERRARA. 9 



fecha. En realidad, el j)ájaro había volado de la 
jaula, y fué, no al más curioso sino al más dilijen- 
te y de mejores piernas, de estos aficionados á 
descubrir incógnitas, al que cupo la suerte de 
ver salir del perseguido vehículo y desaparecer 
entre las sombras de la ancha poterna del castillo, 
á un hombre de treinta y ocho á cuarenta años, 
de gallarda apostura, de ojos audaces y soberbia 
altivez, que debió recordarle, si aun no había 
olvidado por completo las patrias tradiciones, 
el desdeñoso jesto y la insolente superioridad 
dfe sus primeros señores. 

Dos ojos ven -pov mil cuando es la multitud la 
que investiga, á la cual, menos exijente que el 
incrédulo apóstol, le basta con saber que otros han 
visto para dar fe de un hecho ; ora pueda su fallo 
levantar la maldad hasta la gloría, ó sei)ultar la 
virtud en el desprecio. Bastó, pues, con un solo 
testigo que hubiera visto y reconocido al extraño 
viajero, . para que ckculase con rapidez su nom- 
bre, que á la verdad poco simpático, á juzgar por 
los calificativos nada lisonjeros que volaron á 
agruparse ante sus títulos y su noble apellido, 
había motivo para sospechar que gozaba entre 
la plebe de no escasa imi^opularidad. 

La nueva de la llegada de tan ilustre persona- 
je avivó la cm^íosidad y exajeró las conjetm^as 
que corrían sobre tan inesperado suceso. Inte- 
rrogado el conductor, que se i)avoneaba en el pes- 
cante con la cómica majestad de im soberano, 
apenas se dignó hacer saber lo que nadie ignora- 
ba : que había entrado á la ciudad por la Puerta 
Eomana, y que no estaba de humor de satisfacer 



10 UNA NOCHE 



deseos plebeyos, de suyo fastidiosos y poco levan- 
tados. Entre tanto. lB;sljor as trascurrian ; el s(d > 
abrasaba lásáaroi^á ¿üfflrtud ; ^í'énígáTá' taMaDi^ ^ 
en descifrarse, y la imj)aciencia contenida amena- 
zaba con hacer explosión, cuando de súbito y co- 
mo al imípulso de una misma mano, los numero- """ 
sos templos de Ferrara echaron á vuelo siis cam- 
panas ; el cañón resonó conmoviendo los cimien- 
tos déla vieja fortaleza, y el Subdelegado Eoma- . 
no, desde lo alto de uno de los balcones del casti- 
llo ducal, anunció á los fieles ferrarenses, en me- 
dio del asombro que produjo este estruendo ines- 
perado, la exaltación al trono pontificio, de Lau- 
rencio Ganganelli, bajo el nombre apostólico de 
Clemente XIV. 



EN FEKRAItA. 11 




¿;^¿^.eJCiAO^o^ >0-^^^1Uí^€? 




III. 



LA PEíaiERA PIEDRA. 



. Mientras que en la plaza del castillo era salu- 
dado el nuevo Papa, con Víctores y aclamaciones 
de entusiasmo, y entre capuchas de monjes, man- 
tos de beatas y faldillas de aprendices de conven- 
to con'ia i)or la ciudad la fausta nueva de la elec- 
ción de GanganeUi ; una mujer de elegantes con- 
tomos, cubierto el rostro por un espeso velo, y 
ajena al parecer á la fanática alegría de la plebe, 
se dirijia con andar presuroso á la iglesia de los 
Teatinos, cuyas sonoras campanas, á la vez que 
saludaban al nuevo soberano, invitaban á vísperas-^ 
A juzgar por la inquietud que revelaban los movi- 
mientos de esta desconocida^; por el esmero que 
ponia en ocultar el rostro, bajo los negros plie- 
gues de su velo de encajes; y por la equívoca 
sencillez de su vestido, que aunque modesto en 
la apariencia, mal disimulaba la aristocrática 
distinción de su porte ; fácil era adivinar que ella 



V2 UNA NOCHE 



se esforzaba en sostener el más severo incógnito. 
La débil claridad del crepúsculo que coloreaba 
apenas las elevadas flechas de las torres, favore- 
cía tal propósito ; y i)odemos asegurar que la mis- 
teriosa dama confiada un tanto en la virtud de su 
difraz, comenzaba á tranquilizarse, cuando acer- 
tó íi tropezar frente á la plaza de San Gaetano 
con mi grupo de jóvenes señores qye del castillo 
ducal descendían por la Giovecca haciendo comi)a- 
ñía al noble Enviado del Cónclave, cuya enbajada 
continuaba festejándose con todo el entusiasmo 
del más cumplido fanatismo. El aire distingui- 
do y el andar señoril de la desconocida, no pais¡a- 
ron sin despertar la curiosidad de esta falanje 
de amañados galanes y de prácticos aventureros. 
Por un movimiento simultáneo, el grupo se de*- 
tuvo, y diez ojos inquisidores, chispeantes de liber- 
tina audacia, se fijaron en ella con profunda 
avidez. 

— Mira Sforzzi, mira, esclamó el más aturdido 
de los compañeros del Enviado Eomano (menudo 
abate, rosado y presumido ), indicando á su amig'o, 
la misteriosa desconocida : 'No creo que más soltu- 
ra y más gracia hayan desplegado á tus ojos esas 
bellas romanas, á quienes hace media hora que 
no te cansas de ponderarnos. 

— En realidad, mi querido Borelo, exclamó Sfor- 
zzi sorprendido, y tratando de disimular la tm^ba- 
cion que repentinamente se apoderó de su ánimo : 
en realidad, hai algo que seduce y fascina en los 
movimientos de esa mujer; pero no dudes por 
eso que en el gran mundo de Eoma sea tan común 
esa gracia como escasa es en Ferrara. 



EN FiíKEARA. 13 



— Y sin embargo, añadió otro, yo me atreveria 
á apostar á que ningmia de esas hermosas á qiüe- 
nes nuestro amigo, el marqués, ha cortejado por 
diez meses bajo los castaños de la villa Borghese, 
lo ha impresionado tanto como esa tímida gacela 
que se aleja de nosotros cual si temiera que la 
diéramos caza- 

— ¡ Qué diablo ! ya lo creo, agregó un tercero, 
golpeándose la frente en homenaje á su tardía 
l)enetracion : á no estar todos ciegos, ya debía- 
mos haberla reconocido. 

— Tiene razón Mansini ; pero caso de laltarnos 
los ojos, Síbrzzi nos diria su- nombre sin tomarse 
el trabajo de levantarle el velo. 

— Y i i)or qué yo, y no otro de ustedes I excla- 
mó el marqués, .siguiendo con magnética fijeza 
las caprichosas ondulaciones del vestido de la des- 
conocida. 

— Porque si no eres tan voluble como reza tu 
fama, contestó riéndose Borelo, debías adivinarla 
sin verla. 

— Oyéndote hablar de esa manera, argüyó con- 
trariado el marqués, que á su tiu^no había recono- 
cido íi la misteriosa dama, pocMa creerse con 
razón que soi á la condesa, lo que su viejo marido 
fué ;i los piratas de Corfú. 

— ííi más ni menos, caro mió, su constante per- 
seguidor. 

— Aunque con menos suerte, agregó Almonte, 
otro de los comx)añeros del marqués. 

-— ¡ Oh ! exclamó Sforzzi, mordiéndose los labios, 
con reprimida indignación; tenéis la lengua de- 
masiado suelta. 



14 UNA NOCHE 



— Es posible ; sin embargo, no creia á la conde- 
sa tan devota, tomó á decir Borelo, j)ero en todo 
caso debe irse con cuidado, porque el viejo conde 
es un Ótelo capaz de tener celos del mismo Gan- 
ganelli. 

— Exajeras, le replicó Mansini, si San Germano 
fuera tan celoso como aseguras, habria debido 
empezar por poner á raya á Guido, su sobrino. 

— A Guido Salvi 1 á ese sempiterno soñador I 
á ese sobrino inmaculado, que el viejo conde nos 
impone, como el vivo contraste de lo que él llama 
mis lociu'as ? 

— No bai otro que yo sepa. 

— Por nuestro nuevo Papa, exclamó atolondra- 
damente Borelo con flnjida exaltación ; j)rimero 
me pondría á raya á mí, que jamás me he acercado 
á su mujer. 

— Con devotas intenciones, caro abate, agregó 
Mansini. 

— Te equivocas ; la proverbial severidad de esa 
bella condesa, es una barrera que recbaza toda 
galante pretensión ; verdad es, añadió con mali- 
cia, que no ba faltado quien liaya pretendido ven- 
cerla ; mas por lo que hace á Guido Salvi, seria 
preciso que el conde bubiera perdiólo la chaveta 
para temerle. 

— En la confianza está el peligro ! se aventm'ó 
á decir el menos i)arlachin de los cofrades de 
Borelo ; no es tan despreciable el tal sobrino, para 
dudar que pueda interesar el corazón de mía mu- 
.jer casada sin afecto, con un hombre que puede 
ser su padre ; y si hemos de creer lo que ya se 
murmura, del corso de puerta Po al corzo de puer- 



EN FERRARA. 15 



ta Mare, y de la puerta Eeno á la puerta de los 
Anjeles, no es con ojos esquivos, con los que á 
Guido ve Leonora. 

— Misericordia! exclamó Borelo haciendo un 
aspaviento de finjida sorpresa. 

Los ojos del marqués se inflamaren, y la afec- 
tada indiferencia con que al parecer seguia la 
acalorada charla de sus amigos, desapareció de 
improviso. 

— No es cierto lo que dices, exclamó encoleriza- 
do ; y miente quien lo murmura y quien lo pre- 
gona. 

— Pues no es la vez primera que llega á mí 
ese extraño rumor, dijo Borelo frotándose las ma- 
nos con nerviosa excitación ; sin encontrar, sea 
dicho sin reparo, defensores tan apasionados como 
tú, mi querido marqués. 

— Oh! no hables así, dijo Almonte terciando de 
nuevo en la conversación ; tanta lijereza al tra- 
tarse de la esj)osa de San Germano, es faltar á 
todas las consideraciones á que son acreedoras las 
canas de un anciano y el honor de un caballero. 

— Mil jDcrdones, mi reverendo, le contestó Bo- 
relo haciendo á su interlocutor luia profunda y 
burlesca cortesía ; mil i)erdone"s, pues solo la pi- 
cante charla de estos caballeros ha sido causa de 
que vuestro humilde servidor se olvidase de la 
severidad de vuestros juicios. 

— Impertinente, dijo Almonte encojiéndose de 
hombros. 

— Sea como ftiere, que á fé poco me importa, 
agregó Mansini ; -sostengo que no tiene mal gusto 



16 UNA NOCHE 



esa bell3i Leonora si en realidad se ha xjrendado 
de Guido. 

—Qué diablo! rujió Sforzzi, ¿desde cuándo 
una hipócrita virtud ha podido convertirse en 
elemento de seducción ? 

— Permitidme manifestaros, volvió á decir Al- 
monte, que lo que suponéis es imposible. Guido 
Salvi, menos la vida, debe al conde cuánto es y 
l)osée ; y si le conocierais como yo, sabríais que es 
incapaz de arrojar una mancha tan negra sobre la 
frente de su protector. 

—Mira Almonte, dijo el abate, haciendo un jesto 
de imi^aciencia, i>ara cartujos tenemos ya bastan- 
te con esa turba de hipócritas que nos exhortan 
desde lo alto de su pretendida moral : deja en paz 
nuestras lenguas que no hacen sino lamer lo que 
otros han mordido, y guarda para ti lo que quieras 
regalarnos. 

— ^A pesar de cuánto digan, tornó á exclamar 
el marqués, interrumpiendo á Almonte que se 
aprestaba á fulminar sobre Borelo una tremenda 
filípica, no creo capaz á la condesa de descender 
hasta Salvi. 

— Yeo con placer que eres más constante de lo 
que te suponen, volvió á decir Borelo. 

— Lo que soi es más justo. 

— Convenido, agregó el abate, disfraza como 
quieras al travieso hijo de Venus, que no por eso 
lucmln menos sus flechas. 

Y arreglando con esmero los ajados pliegues de 
sus puños de encaje, acercóse al marqués, y con 
el tono más melifluo que pudo dar á su aguda 



EN FERRABA. 17 



vocecilla, que á veces remedaba el silbo de la 
víbora, añadió iniü quedito al oído de aquel : 

— Los zelos te lian mordido el corazón ; veremos 
qué le arrancan. 

— Desprecio, murmuró Sforzzi. 

— Excusa de la impotencia. 

— Pues, odio y sangre, si es lo que deseas. 

— Oh ! ya eso es otra cosa, contestó el diabólicp 
abate cambiando de actitud y entonación ; y á fe 
que me comi)laces, pues te aseguro que estoi más 
que fastidiado de la monótona existencia que en 
tu ausencia he corrido. Por quien soi, que no 
nací para esta vida triste, de aventiu-as sin escán- 
dalo y de cobarde hipocresía. íí"ecesito emocio- 
nes, más ruido de estocadas que de copas ; en una 
palabra:, la febril volux3tuosidad de la galantería 
francesa en los buenos tiempos de mi colega, el 
abate Dubois. 

— Me veo tentado á creer, dijo Sforzzi contem- 
plando fijamente á Borelo, que estás más loco y 
aturdido que cuando te dejé. 

— Qué cuernos ni qué locura ! moriré de fas- 
tidio antes de calarme el cai)elo, si no me ayudas 
á galvanizar esta muerta ciudad y á arrancar las 
caretas á esa cohorte de inmaculados á ló Salvi, 
qiie nos miran como á escapados del infierno, úni- 
camente porque gozamos de la vida cual le jílace 
á nuestra soberana voluntad, y no como le cuadra 
al guardián de San Benedetto, que recomienda 
la maceracion de la carne como el único placer 
no prohibido por los cánones. 
■ — El despecho, mi atolondrado abate, díjole 

(1). — IMPRENTA FEDEEAL. 



18 UNA NOCHE 



Mansini á media voz, hasta por sobre de una hábil 
diplomacia hace á veces traición á los secretos más 
íntimos ; procura, pues, enfrenar el que sientes, 
si no quieres que creamos 

— Que eres tan perspicaz, como espiritual es 
Almbnte I agregó Borelo interrmnpiéndole. 

— Cuidado, señor Abate, dijo Almonte amosta- 
zado, que es peligroso abusar de la lengua. 

— l^o hai que reñir, señores, exclamó preocupa- 
do el marqués, y con la vista fija en la fachada de 
los Teatinos por una de cuyas puertas habia desa- 
parecido la condesa, añadió para sí : 

■^Singular devoción ; si en la vida de esa mu- 
jer hai realmente un misterio, tengo el presenti- 
miento de que puedo jDcnetrarlo esta noche. 

— ^La luna nos ha dejado á oscuras, dijo Mansini 
en alta voz, siguiendo la dirección de la mirada 
del marqués. 

— Pero supongo, añadió este, sin aparentar 
comprender la alusión de Mansini, que no querrán 
ustedes prolongar por más tiempo esta estación. 

—Carece ya de objeto, replicó Borelo con 
malicia. 

— Pues prosigamos nuestra marcha. 

Y el grupo se puso en movimiento. Escenas de 
•otro jénero atrajeron la atención y despertaron la 
verbosidad de los aturdidos compañeros del mar- 
qués,, únicos seres que en aquella ciudad daban 
muestras de vida. Por lo que hace á Sforzzi, 
una nube sombría velaba su semblante y preocu- 
pado y caviloso seguía á sus amigos, sin tomar 
parte en las varias discuciones que provocaba 
entre ellos la desusada animación de la plebe, 



EN FERRARA. , 19 



ni exitar i)or su i)arte, como tenia de costumbre, 
la sátira incisiva del abate quien, con su voz bur- 
lona y sus amargos sarcasmos, sabia poner á 

prueba la mansedumbre de aquel pueblo 

Borelo era uno de esos tijios que bastan para 
caracterizar toda una época. Una de esas criatu- 
ras orijiuales que nuestro siglo, nueva confor- 
mación moral brotada de entre los surcos hechos 
I)or el arado de la revolución de 89, no alcanzó á 
conocer. En una palabra, era el modelo i^erfecto 
de uno de aquellos galanes tonsurados que pare- 
cian cosidos al tontillo de las marquesas de la 
Kej encía, y que luciau como parte del equipo 
-de la favoritas de Felii)e de Orleans y más tarde 
de las queridas de Luis XY. Fresco, rubio, delica- 
-do y travieso ; de ojos vivos y brillantes, de labios 
rojos y voluptuosos y de manos de niña ; engaña- 
ba fácilmente cuando quería engañar, como espan- 
taba siempre que se dejaba conocer; medio cor- 
dero y medio lobo, hombre de iglesia y de aven- 
turas, mal hallado con la sotana y soñando con 
la mitra : Borelo, como muchos de sus colegas, 
habia tenido la desgracia de venir á este mundo 
después del conde 6 príncipe su hermano ; i)or lo 
que no encontrando á su alcance la espada de 
sus abuelos, que el primojénito se habia ceñido 
al cinto ; ni los caudales vinculados en su fami- 
lia, que otro más dilijente habia atrapado , tuvo 
que conformarse, como se conformaban todos, con 
poner su ambición bajo la ejida del sóli-deo y espe- 
rar resignado la púrpiu'a sagrada ya que no habia 
tenido la fortuna de ser el elejido para calarse la 
profana. Pero nuestro abate, hombre de mundo 



20 UNA NOCHE 



y (le recursos intelectuales, suplía esta manifiesta 
l^arcialidad de la suerte que injusta lo relegaba 
á un segundo término nada lisonjero, iluminando 
con la antorcha del escándalo su oscura posición. 
Mientras le caia el capelo para el que de ante- 
mano liarecia amoldada su cabeza, aplacaba en el 
juego, el amor y el vino los arrebatos de una 
inquieta ambición; se vengaba de la fortuna,, 
haciéndola á veces cómplice de sus proi^ios capri- 
chos; y, atiu^dido, rodaba de los salones al garito, 
del gran mundo á la taberna. 

Tal era el travieso compañero del marqués, su 
inseparable desde hacia muchos años y el 
cómi)lice (le sus más ruidosas aventiu-as. 

A meíñda que Borelo y sus alegres camaradas 
se alejaban de la i)laza de San Gaetano, más 
obstinado en su silencio se mostraba el marqués. 
Apenas uno que otro monosílabo articulado con 
nerviosa imiDaciencia le habían arrancado sus aini- 
gos ; su espíritu, levantado de súbito en alas del 
despecho á la rejion abrasadora de los celos, 
vagaba incierto de la convicción á la duda, sin que 
de esta alternación de sentimientos alcanzaran 
á distraerle las extravagantes aventmas (pie na- 
rraba el abate, los frecuentes altercados de este 
con Almonte, ni la gastronómica enumeración 
dé vinos y majijares, de que en breve gustarían 
en la taberna de maese CarxHiietto, famosa entre 
las mejores de Ferrara por las salsas y guisos 
co^i que había ganado su patrón las buenas gra- 
cias de monseñor el cardenal delegado. 

Borelo por su parte, afectando la más completa 
trivialidíul, seguía con diabólico placer, la lucha 



EN FERRARA. 21 



que el orgullo y los zelos libraban en el alma 
de su amigo, ludia que él exitaba i)or medio de 
alusiones irónicas, cada vez que lo juzgaba nece- 
sario. 

Pero esta situación no duró largo tiempo ; 
cuando menos fuera de esperarse, liizo el marqués 
un brusco movimiento de imjiaciencia, como quien 
cansado de dominar un sentimiento que le duele 
expresar, se deja al fin arrebatar jjor él á desj)echo 
de sí mismo; acercóse al abate en cuyo brazo 
fué á apoyarse familiarmente, y alejándolo algu- 
nos pasos de sus otros amigos: 

— ^Vamos, Barelo, dijo: deja á un lado toda 
indigna rencilla, sé sincero por lo menos ima vez 
en tu vida, y dime sin ambajes basta donde es ver- 
dad cuanto acabo de oir. 

— Te esi)eraba, amigo mió, dijo Borelo con alam- 
bicada ironía. 

— Oh ! tú sabes, continuó Sforzzi dando expan- 
sión á sus ocidtos sentimientos, que mi debilidad 
por esa mujer no ha conocido límites ; que hace 
tres años la sigo, la asedio y la doi caza como lui 
león hambriento á la x)resa deseada ; tú sabes que 
no he omitido medio ni sacrificio, i)ara acercarme 
íi ella y robañe el corazón. Todo eso, lo sabes tú, 
Borelo ; pero lo que ami ignoras, es la proftindidad 
de la pasión que me ha inspirado, las hmnilla- 

ciones que por ella he sufrido y no lo vas á 

creer. las lágrimas que me ha hecho derramar. 

El abate hizo un j esto, como si lo hubiera mor- 
»dido luia serpiente. 

Sforzzi continuó : 

— Te asombra esa debilidad? Oh! yo mismo 



UNA NOCHE 



uo lie i^odido explicármela. Y ni la vergüenza 
de verme constantemente rechazado, ni la ausen- 
cia, en que busqué á su seducción remedio sin 
hallarlo, ni el desprecio mismo que la merezco,, 
han podido ctoarme de una i)asion vehemente, 
absurda, loca, que me arrastra hacia esa mujer 
con la irresistible atracción del abismo. 

— Oh ! murmiu'ó Borelo, creo oir hablar mi 
corazón. 

— Qué dices ? i^reguntó el marqués. 

— Que eres un bello modelo de sentimentalismo. 

— Te burlas de mí ! 

— Líbreme el diablo. 

— Oh ! biírlate cuánto quieras' que lo merezco, . 
y mucho. Lo que acabo de oir, si no es la obra 
de una infame calumnia, que sabré castigar, me 
arranca la última ilusión y me entrega sin piedad 
á los azotes del ridículo. Yo casi le habia perdo- 
nado sus desdenes, mientras creia que emanaban 
de su pureza ; pero si es otro amor el que la escu- 
da. .. . mide mi humillación, y no prolongues 
])ov más tiempo la duda, escarneciendo la verdad. 

— Con que realmente te ha herido el corazón esa 
hermosa condesa ! exclamó Borelo sin j)oder domi- 
na^^la cortante entonación de sus sarcasmos. Cuán- 
ta felicidad sin que yo lo supiera ! 

— ISTo te comi)rendo, dijo Sforzzi tratando de 
sondear con su mirada penetrante el alma del 
abate. 

— Oh! yo creia que todo el aparato de tu afec- 
to por ella, no era sino la obra de un cai)richo • 
pasajero, pero jamás el resultado de una pasión 
tan formidable como la que demuestras. Créemelo,,- 



EN FERRARA. 23 



si se llegara á sospechar que has abandonado 
nuestros buenos inlncipios por seguir la escuela 
de Platón, tendrían de sobra tus amigos con qué 
reir á tus exi)ensas. 

— Eres inij)lacable ; pero guárdate de esgrimir 
contra mí armas semejantes. • 

— ^Perfectamente ! ahora me amenazas, contes- . 
tó riéndose el abate. 

—Te doi simplemente un consejo. 

— Que no cuadra bien á los que como yo saben 
reirse de este miuido y del otro. Sin embargo, 
guardaré el secreto que me confías, y en obsequio 
á tu aire de amante desgraciado, trataré de com- 
placerte, sin que por ello creas que me intimiden en 
algo, los cuatro rivales importunos y otros tantos 
necios que has enviado al infierno. 

—Y bien ? dijo el marqués reprimiendo su in- 
dignación. Aun no has dicho nada. 

— -Qué quieres saber í 

— La verdad, la verdad sin embozo, de cuanto 
acabo de oir respecto á la condesa. 

— Pues sábelo de un golpe, exclamó el abate 
estremeciéndose : Guido Salvi es su amante. 

El marqués oi^rimió con fuerza el brazo de Bo- 
relo, y deteniéndose de súbito, exclamó mordien- 
do las palabras que articulaba : 

— Si mientes, me pondrás en el caso de arran- 
carte la lengua. 

— Poco ganarlas si lo hicieras, contestó con des- 
den el abate, porque otros en mi ausencia grita- 
rían hasta aturdirte, que no siempre al halcón toca 
la mejor presa. 

— ^Me exasperas, abate. 



24 UNA NOCHE 



— ísTo es otro mi deseo. 

— Con qué objeto ? exclamó el marqués fuera 
de sí. 

—Para no tener que avergonzarme elisio ade- 
lante de haber sido tu amigo. 

—Oh ! i3Íerde cuidado ! quedarás satisfecho. 

— Bravo, marqués ! danos una trajedia en toda 
regia y te i^erdono hasta 

— Silencio ! dijo Sforzzi. La curiosidad de nues- 
tros comj)añeros está alerta. 

La conversación volvió á hacerse jeneral ; pero 
antes de llegar á la taberna de Maese Carpinetto, 
el marqués, que caminaba como por sobre ascuas, 
halló un pretexto plausible i)ara separarse momen- 
táneamente de sus amigos ; y haciendo un j)ru- 
dente rodeo para alejar toda sospecha, se dirijió á 
los Teatinos. 



EN FERRARA. 25 




©;% cíA^^-^ ^^^—^ 





IV. 



UX ESPÍA TERRIBLE. 



Xada habia de censurable en que la condesa de 
San Germano, reconocida como una de las más 
piadosas damas de Ferrara, asistiera á las vísperas 
de los Teatinos ; ni habia motivo algmio autoriza- 
do que pudiera malear esta muestra de devoción 
no extraña á los antecedentes de tan noble señora. 
Pero el misterio de que en esta ocasión se habia 
rodeado ; la inquietud que traicionaban sus movi- 
mientos ; su andar acelerado, incierto, y la mane- 
ra furtiva, puede decirse así, de escurrirse entre la 
multitud, daban motivo á suponer que algo grave 
y desusado la acontecía ; y para ojos inquisidores 
como los del marqués y de sus íntimos habia bas- 
tante para, formular todo un x)roceso á la iníiuieta 



20 UNA NOCHE 



devota, y de sobra cou que excitar la curiosidad 
de un corazón mordido i)or los zelos. 

La condesa ^tox su parte, aunque llena de tiu-ba- 
cion al deslizarse entre la multitud que invadía la 
plaza de San Gaetano, no dejó de notar el grupo 
que la espiaba^ y de reconocer sus x^eligrosas indi- 
vidualidades ; por lo que acelerando el i)aso cuan- 
to le fué posible, trató de conjurar el i^eligro de 
ser reconocida, ox>oniendo á la perspicacia del 
inarqués y de sus favoritos el velo de la distancia. 

Alarmada y recelosa aun después de alejarse de 
ellos y de asegm-arse de que no era seguida, llegó 
á las puertas de la iglesia ; atravesó una de sus 
naves con la misma rapidez con que habia atrave- 
sado la plaza ; escojió para arrodillarse la parte 
más oscura del temiólo, á la que daban doble som- 
bra los negros tabiques de un moniunental confe- 
sionario, vacante á la sazón, de la sotana que de 
ordinario lo ocupaba ; y abriendo un libro de ora- 
ciones, quedó sumida en mudo y relijioso arroba- 
miento. 

'No era tampoco de extrañarse la predilección 
que dispensaba la condesa á las sombrías naves 
de los Teatinos, sise atiende á que, para ciertas 
aluiaSí, el recojimiento es una necesidad^ y la ora- 
ción, lejos del ruido y de la fiebre de la vida, en el 
misterio de pobre y oscura capilla, ala luz me- 
lancólica, de una lámpara que agoniza, y al com- 
pás monótono de una camx^ana que de lo alto de 
una torre lanza á lo lejos sus clamores, brota del 
corazón con más fervor que á la esj)lendente cla- 
ridad de esas basílicas suntuosas engalanadas por 
el arte, donde el orgullo humano, que cree alean- 



EN FERRAHA. 



zario todo, y que insensato mide la grandeza divi- 
na por la linmana soberbia, pretende estar mas 
cerca del Dios á quien adora. 

A medida que las campanas repetían sus tañi- 
dos, la iglesia, basta entonces desierta, filé lle- 
nándose de devotos, encendiéronse los cirios, 
poblóse el coro de monjes, y xíríncii)iaron las vís- 
peras, sin que de todo ello se diera cuenta la 
condesa, quien, siunida en extática meditación, 
tampoco babia sentido el ruido que bicieron al 
abrirse las x)uertas del confesionario jiara dar 
entrada á lui bombre. 

Tanta era su inmovilidad, que á no distinguirse 
bajo el velo de encajes que la cubría, el estreme- 
cimiento angustioso de su seno, se la bábria po- 
dido tomar |)or la estatua del recojimiento velan- 
do sobre el sepulcro de la muerta esperanza. 

Fijos los ojos en el libro que sostenían inmóvi- 
les sus míanos, debian leer mui despacio ó no 
ver lio que en él estaba escrito, porque ni una 
sola vez diúante media bora, babia \^ielto mía 
pajina ni levantado la mirada. 

Al observador menos prevenido que en aquel 
instante bubiera fijado en ella la atención, no 
habría dejado de sorprenderlo la inmovilidad de 
aquellas bellas formas, que j)arecian haberse pe- 
trificado en el momento de abrir al cielo lui cora- 
zón Heno de amarguras, y sin más pruebas habría 
deducido que, en el fondo de aquella alma tan 
entregada al acetismo, debia existir una falta mui 
grande i)ara que con tanta contrición tratara de 
hacérsela perdonar. 

Después de largos salmos y repetidos cánticos 



28 UNA NOCHE 



las vísperas tocaban á su fin, sin qne hasta enton- 
ces se hubiera revelado en aquella mujer la mas pe- 
queña notación de vida ; cuando de súbito y como 
■si despertara de improviso de un profundo letargo, 
se estremeció violentameiite al sentir á su espal- 
da los i)asos vacilantes de lui hombre, en quien 
Borelo habría reconocido á Guido Salvi, y que pá- 
lido y conmovido se detuvo junto á ella, buscan- 
do en el sombrío confesionario un apoyo á su 
frente. 

El libro de oraciones, mal seguro entre las ma- 
nos que lo sostenían, se deslizó de ellas hasta caer 
sobre las baldosas del pavimiento ; un lijero ru- 
bor, cual un matiz crepuscular, se extendió con 
rapidez sobre las blancas mejillas de la devota, 
quien haciendo un brusco movimiento como para 
jurar de un golpe las tempestuosas emociones que 
ajitaban su seno, sacudió los encajes que sombrea- 
ban su rostro, levantó la cabeza iluminada por lui 
rayo de inefable esperanza, y sus grandes ojos 
negros, húmedos, suplicantes se fijaron en Guido, 
con tal expresión de amor y reconocimiento, que 
para resistn al lioder fascinador de esta mirada, 
tímida á la vez que radiante, tuvo aquel que apo- 
yarse de nuevo en las molduras del confesionario, 
de donde con eco cavernoso acababa d^e escapar- 
se un rujido. 

— Oh ! bien lo sabes, Dios mió, que aún no ha- 
bla desesperado, murmuró la condesa elevando al 
cielo sus bellos ojos inundados de lágrimas. 

Las planchas del confesionario crujieron. 

El conmovido galán vaciló un instante, luego 
haciendo un doloroso esfuerzo, dio hacia, ella dos 



EN FERRARA. 29 



pasos, y trémulo de emoción dejó caer jimto al 
libro de oraciones una lioja de papel mal doblada 
y escrita de lijero. 

Detenida por ese poderoso instinto de las almas 
apasionadas, que las bace adivinar lo que los senti- 
dos ni aún siquiera perciben, fluctuó algún tiempo 
la condesa en recojer aquellas líneas cuya i>roximi- 
dad, como la de las llamas de un incendio, le abrasa- 
ban el corazón ; pero decidiéndose de pronto, en 
un arranque de desesjieracion, recojió el papel, 
é inclinándose hacia la zona iluminada i)or mi 
cirio, devoró aquellas líneas que apenas podían 
traducirse así : 

" Leonora : Después de dos semanas de absolu- 
ta reclusión y de íntimos y suj)remos combates, no 
sé aim dónde bailar la enerjía que me falta, para 
mostrarte mi desgarrado corazón. Hoi, como ayer, 
como si emigre que trato de rebelarme contra la 
embriaguez á que por nuestro amor se abandona 
mi espíritu, me abruma la debilidad del i)ecado ; 
arrastrado por ella y i)or tus lágrimas, que 
bien sabes que me son irresistibles, me encuentro 
de' nuevo en tu presencia: es decir, antes esas 
lágrimas que be tratado de no ver, i)or temor de 
faltar á los repetidos jiu'amentos con que en 
mi desesperación he pretendido fortalecer mi fla- 
queza. 

"Heme aquí como siempre, débil y cobarde 
ante el deber, que reclaman de mí el honor y la 
conciencia. Sé tú la fuente ; devuélveme el valor 
que me falta. 

" La lucha en que vivimos hace ya tanto tiem- 
"i^6Í tore Ik austeridad exijida píor-él más sagra- 



30 UNA NOCHE 



do délos deberes, y el delirio de • im amor tan im- 
petuoso como insensato, acabará por deseqmlibrar 
mi razón. En vano pido al cielo fuerzas que 
oponer al más dulce y j>eligToso de los dos senti- 
mientos que combaten en mi alma ; y á mi vicia- 
da debilidad, siquiera un argumento, una excusa, 
que atenúe i)or lo menos los reproches de lacon- 
ciencia ; i)ero esta súplica no ha sido oída; acaso 
porque el cielo haya cerrado sus i)uertas á las i)re- 
ces de los imi^enitentes. Oh ! nada me escuda, v 
Por lo menos, ten piedad de mi alma que es tuya ; 
no abandones nuestra suerte futura á mi exhausta 
enerjía ; á esta vacilación constante en que mi espí- 
ritu se ajita sin rei)oso. 

"Ya que juntos luchamos, ayudémonos mutua- 
mente. 

"De hoi mas, evítame Leonora, como á tu 
demonio tentador; acúsame ante Dios y los 
hombres por todos los dolores que he llevado á tu 
alma, y deja que para siempre me aleje de ti, del 
conde, de aquellas íntimas veladas de familia, en 
que nuestras almas apasionadas sabian mentir con 
los labios para besarse con los ojos. Que no vuel- 
van esas horas de intimidad y de abandono de que 
tanto hemos abusado: en ellas, como en todos 
los instantes en que el amor inieda unirnos de nue- 
vo, surjirán siempre entre tu mirada seductora y 
mi alma apasionada, los blancos cabellos de un an- 
ciano respetable cuyo recuerdo aún me llena de 
vergüenza y me abruma de remordimientos. 

" Es demasiado tentar á Dios, Leonora ; salvé- 
monos, si aún es i)osible, del abismo á donde he- 
mos deseeadido. Pero ám^ime siempre, siempre! 



EN fERRAKA. 31 



Til ámór é*s para mí la vida, en el remordimiento 
ésVéi'dad; pero hai infiernos que no se cambian 
ni auli\)0í elmismo cielo : mío de ellos, Leonora, 
es este en el que hoi se debate tu — güido." 

Al terniinal* lalecüu'a de esta carta, l¿i condesa 
inclinó, abrumada, la cabeza, como si los remordi- 
mientos de su amante al caer sobre su corazón 
lo Imbieran rebozado. Sus convulsas manos se 
jmitafoii suplicantes, y dos giTiesas lágrimas, des- 
prendiéndose de sus ojos, corrieron dilijentes á 
apagar aquellas líneas de fuego. 

Tras un ])reve silencio, el órgano tornó á dejar 
oir sus i)ostreros acordes, como si el cielo lleno de 
induljeucia i)ara nuestras miserias, tratarji por 
este medio misterioso de ofrendar su i)erdon al 
sincero arrepentimiento. Guido sintió penetrar 
en su alma el l)álsamo consolador de aquellas 
celestiales armonías ; con paso vacilante volvió á 
apoyarse en el confesionario, de cuyo seno tene- 
broso brotaban sordos y confusos ruidos ; é incli- 
nando á su vez la cabeza como quien ha agotado 
en un supremo esfuerzo toda la eneijía del espí- 
ritu, trató de confortar en la oración su alma 
atribulada ; pero sus labios se mostraron rebel- 
des, miu'uiurando tan solo el nombre de Leonora. 

Las líltimas vibraciones del órgano se aiíagaron 
al fin; los cánticos cesaron ; monjes y legos con 
mensurado andar, juntas las manos y bajas la ca- 
l)ucbas, ñieron dejando el coro, donde aún reso- 
naban sus austeros acentos. La miütitud se alejó 
silenciosa ; la iglesia quedó desierta, y el mona- 
.guillo de servicio apagaba los últimos cirios que 
jaún humeaban, cuando la condesa hasta entonces 



33 UNA NOCHE 



abismada en sus penas, notó el silencio del tem- 
iólo y la oscuridad que la rodeaba. Un e^xtraño 
sentimiento de temor se apoderó de su ánimo ; con 
nerviosa rapidez recojió el libro de oraciones ; y 
poniéndose de pié en medio de las sombras, á las 
que apenas diputaba su imperio . una mezquina 
lamparilla que ardia frente á un altar, se dirijió al 
confesionario. 

— Yen, ven, murmuró suplicante, apoyando en 
el hombro de Guido su mano helada y tembloro- 
sa ; será la última vez, te lo prometo. 

—Oh ! j>iedad, exclamó Guido estremeciéndose 
al contacto de aquella mano adorada, á la que 
tantas veces había acariciado con sus labios. 

— Piedad me x)ides ! | la tienes tii de mí ! 

— Leonora 

IJna blasfemia mal reprimida brotó i)or las reji- 
llas del confesionario. 

— Además, i)rosíguió la condesa con profundo 
abatimiento, esta será mi última súplica. 

— Y los juramentos hechos? y mis remordi- 
mientos '! exclamó Guido con desesperación. 

— Y mi amor y mi felicidad y mi martirio para 
ti nada valen? 

— Leonora, Leonora mia, abusas de tu j^oder 
fascinador. 

— Y tú, mi única dicha y mi sola esperanza, 
habrás de abandonarme así, sin el último adiós f 

— Dios mío, Dios mió ! exclamó Guido elevando 
al cielo sus manos suplicantes ; tú lo sabes. Señor, 
(lue no x)uedo resistir á sus lágrimas ; que todos 
losvotos de mi arrej)entimiento no bastan á con- 
jiu'ar la seducción, (le sii palabra. 



EN FERRARA. 33 



La condesa, soriírendida por el tono angustioso 
de su amante, se detuvo cortada ; pero venciendo 
luego esta primera timidez, se acercó al oído de 
Guido, y envolviéndolo en la onda embriagadora 
de su aliento, miu'mm-ó diücemente : 

— Y bien, irás ? me lo i)rometes ! 

— ^Me abrumas, exclamó Guido, dominado por la 
suprema seducción de Leonora. Y haciendo un 
esfuerzo, no ya i^ara vencer el encanto que enlo- 
(juecia su alma, sino para ronii)er los sagrados 
lazos que le ataban al deber, añadió delirante: Sí, 
iré : iré aimque el cielo me maldiga y me trague 
el infierno. 

Un rujido i)roñuido, acompañado de sacrilega 
imiu-ecacion, resonó en la nave solitaria, y mi hom- 
bre cuyas facciones no era posible distinguir en- 
tre las sombras que le rodeaban, apareció de impro- 
viso á las puertas del confesionario que se abrieron 
con estrépito. 

La condesa aterra<la dejó escapar un grito. Sij. 
amante, no menos sorprendido, se interpuso como 
para protejerla, entre ella y la mirada rencorosa del 
terrible aparecido ; y el monaguillo qiie ai)agaba 
los cirios, sin darse cuenta de tan extraños ruidos, 
huyó veloz á la apartada sacristía, creyendo, en sus 
adentros, haber oído al diablo solazarse en los Tea- 
tinos. 

ün silencio angustioso se siguió á la apariciou 
del singular testigo de tan i)eügrosas intimidades: 
ó inmóvil, como si la sorpresa los hubiera i)etriñca- 
do á entrambos, la condesa y su amante contem- 
plaron á aquel siniestro ijersonaje, que les arreba- 

(2).— IMPRENTA í'KPERAL. 



34 TJNÁ NOCHE 



taba el secreto dé sus amores, con esa fijeza tenaz 
del que no quede creer lo que miran los ojos. 

Pero una sospecha más espantosa aun que el 
sombrío aparecido, embargó de súbito el alma de 
Leonora. Aquel hombre que se babia ocultado para 
espiarla y que luego se mostraba airado reprochán- 
dole sus faltas, debia tener derecho para hacerlo ; 
y ese derecho no podia reconocerlo ella en otro que 
en el conde. Esta reflexión la dejó exánime ; sus 
l)iés flaquearon, y con el rubor en la frente iba 
á caer de rodillas imi)lorando perdón para su cóm- 
plice, cuando Gruido, á quien no habia asaltado 
la sospecha que anonadaba á la condesa, exclamó 
lleno de indignación : 

—Quienquiera que seáis, sois un miserable. 

^Cuidado ! articuló con voz amenazante el 
misterioso fantasma, presentando al imjj^tuoso 
joven la punta de una espada. 

Leonora respiró ; no era aquella la voz de San 
Germano. 

— Sois im infame, prosiguió Guido con creciente 
exaltación, que pagareis con la vida el secreto que 
nos habéis robado. 

— Tendrás cuanto deseas, mortal afortunado, 
X>ues que te hallas en vena de que nada te niegue 
la fortuna, le contestó el desconocido ; ,y volviéndose 
á la condesa que á una señal de Guido se alejaba, 
añadió con el mismo sarcasmo, lanzando sobre 
ella como el postrer insulto, el pañuelo que des- 
trozaba en sus crispadas ínanos : Y vos, bella 
devota, cubrios mejor el rostro, no vaya á trai- 
cionaros vuestro eterno candor. 

La presencia de algunos monjes á quienes el 



EN FBREAKA. 



supersticioso monaguillo habia alarmado y que 
en aquel momento se aprestaban á recorrer la 
iglesia, armados de hizopos y de cruces, coiituTO á 
Guido que ebrio de cólera se lanzaba sobre el 
desconocido á arrancarle la lengua. 

— Vade retro, Satanás, exclamó en coro la co- 
miminad frailima, ajitando los hisopos y presen- 
tando las cruces, pero sin atreverse á descender 
las gradas del presbiterio ; Vade retro. 

Una extridente carcajada, diabólica y cortante 
cual si realmente fuera Satanás quien la hubiera 
arrojado, resonó siniestra^ en los vacios ámbitos 
del templo ; y embozándose en sti capa como entre 
nube sombría, el desconocido dio dos pasos para 
alejarse. Guido lo detuvo mostrándole el i)añue- 
lo que habia recojido del suelo, y refrenando la 
ira que lo ahogaba, exclamó^ con voz sorda: 

— Mirad, lo acepto como prenda de vuestro 
infame proceder, para devolvéroslo mañana eiu'o- 
jecido en vuestra sangre. 

— ^o siempre ha de sonrreirte la fortuna, contes- 
tó, el desconocido. 

-^]íío importa, pero ya que conozco tu alma, 
(püero saber tu nombre y mirarte la cara. 

— Eres mui curioso. 

— Aléjate, demonio, repetían los monjes agitan- 
do indignados los hizopos y las cruces, aléjate. 

— Oye, prosiguió Guido sintiendo agotarse su 
paciencia : si ellos te han reconocido, yo también 
quiero hacerlo, ven ! Y tomando del brazo al som- 
brío aparecido que se prestó á dejarse conducir, 
se dirijió con él hacia la humilde lamparilla que 
iluminaba el inmediato altar. 



36 UNA NOCHE 



— Heme aquí, dijo desembozándose el misterio- 
so desconocido al acercarse á la luz ; heme aquí, 
y cuidado, no vayas á morirte de espanto. 

— Sforzzi ! exclamó Guido retrocediendo. 

— Y bien, ¿ qué más deseas í replicó desdeñosa- 
mente el marqués. 

— Oh ! después de vuestro nombre, vuestra vida. 

— Esa segunda parte es menos fácil, porque 
para llegar á ella, hai que tropezar primero con la 
punta de una espada. 

— Llegaré, estad seguro. 

— Lo veremos. 

— Mañana. 

— Guando gustéis. 
, — A las seis. 

— Convenido. 

— Tras los miu'os deí cimenterio. 

— Enhorabuena, allí estaremos más cerca de la 
muerte. 

Y cambiando entre sí, una de esas miradas 
terribles y siniestras que sólo al odio le es dado 
caracterizar, se alejaron de los Teatinos. 



EN FERRABA. 37 



LxV TABEEXA DE LA DAGA DE HIEIÍIií). 



Todo en este mímelo nuestro tiene su razón de 
ser, razón más 6 menos justificada, más ó menos 
remota, oculta á veces, manifiesta de ordinario. 
siempre existente. Así pues, como todas las 
cosas, y más que muchas de las que defiende h\ 
perversión ó el extravío de nuestro limitado inte- 
lecto, la taberna de Maese Oarpinetto, el nnü ho- 
norable rex»ostero de Moi^iseñor, el cardenal Dele- 
gado, tenia justas razones para ostentar en su 
muestra una daga desenvainada ; á la que ei 
tiempo, la lluvia y los retoques del pincel de un 
refractario de la verdad artística, habían con^er- 
tido en jeroglífico, indescifrable, sin Ja ayuda del 
letrero explicativo que le servia de marco, y que 
dejaba entrever toda una historia ; historia que 
á dar fe al testimonio de más de mi anticuario, 
remontaba bien atrás en los anales de Ferrara. 

Pero esta historia, ignorada por irnos, mal sa- 



38 UNA NOCHE 



bidií por otroB y acaso despreciada por iiinclios, 
no daba en el año de gracia de 1769 más impor- 
tancia á la taberna de Maese Oari)inetto, que la 
(|ue xjndieran darle en nuestros dias los antiguos 
pergaminos de Enguerrand de Ooucy á un triste 
gana-pan. 

Lá protección que dispensaba Monseñor á las 
salsas y guisos de la Daga de hierro, pesaba con más 
fuerza en el ánimo de los comensales de la taber- 
na, que todas las historias y tradiciones y conse- 
jas que i)udiera encerrar en sus fastos. Y esto no 
es de extrañarse si se atiende, por luia parte, á 
que los capriclios de los poderosos, cualesquiera 
({ue aquellos sean, encuentran siempre imitadores 
entre los abonados á la bajeza cortesana ; y por la 
otra, á que los espíritus superficiales, que son los 
(|ue más abundan, pasan por sobre ciertos detalles 
sin concederles la menor atención. De donde resul- 
ta que ellos se encuentran á cada paso sorpren- 
didos por la causa ó la razón de un hecho cual- 
(juiera, cuando con despreciar un poco menos la 
aparente trivialidad de los matices, adivinarían 
lo que ignoran sin pasar por la pena de calificar 
de prodijios los fenómenos más naturales. 

Esto, (S cosa i^arecida, acontecía á los i^arroquia- 
nos de la Baga de hierro, quienes gustando de las 
salsas y j)aladeando el vino de la bodega, ponde- 
raban la lonjevidad de la taberna y la buena 
suerte de Maese Oarpinetto ; sin saber á qué pre- 
cio habia comprado este, la estabilidad y buena 
fama de su honrada profesión. . 

Hé aquí un punto á todas luces digno (Je ser 
esclarecido : ya por la enseñanza que d,e él se deri- 



EN FICERARA. 39 



?EE 



va, cnanto porque mtimamente ligada la taberna 
íí todas las peripecias que en el trascurso de seis 
siglos conmovieron el patrimonio de la casa de 
Este,era aquella, x)ara 1769, un verdadero monu- 
mento de ailtigüedad entre los pocos iniciados en 
su historia. 

Gran número de crónicas' liacian remontar al 
siglo XI la fundación de la taberna de la Baga de 
Jiierro, j con ella, la de la dinastía Carpinetto, 
(jue tras el vencimiento de los Torrelli, que hablan 
poseído á Ferrara desde 1080, apareció á la par 
de la casa triunfadora de Este, i^esando cada una 
á su manera en los destinos de aquel i)ueblo. 

A esto se anadia, lo que todos sabemos, pero 
-<iue tengo por oportuno repetir : que no es posible 
(pie jiuitos y en paz i)uedan viw dos soberanos 
en un mismo territorio ; mucho más, cuando difie- 
ren en principios y propósitos,y tienen por añadi- 
<hn'a, como en el caso á que nos referimos, la 
codiciada industria de esquilmar ese manso reba- 
ño que, andando el tiemj)o, se ha llamado pueblo. 
Como lójica consecuencia de esta similitud de 
industrias, la guerra no tg^rdó en estallar entre 
las nacientes dinastías ; solaj)ada y perseverante 
de parte de la menos ilustre ; violenta j cruel de 
la otra i)arte, la cual no ijodia tolerar que sus aha- 
dos, los señores, de lobos que eran se cambiasen 
en corderos, y fueran á su vez trasquilados al fre- 
cuentar la citada taberna. Agrégase á esto, que 
tan luego como la Itaha ftie dividida por la gran 
contienda suscitada entre el imperio y las ciuda- 
des cansadas de extranjera y larga dominación, 
los Carpinettos, encontrando á sus contrarios ya 



40 UNA N^HE 

afiliados en el partido güelfo, abrazaron por espí- 
ritu de antagonismo el opuesto bando que, vence- 
dor por entonces en algunos Estados, gracias á la 
victoria de Monte Aperto alcanzada por el terri- 
ble florentino Farinata de los Urzinos, dio por al- 
giui tiempo carta de x)ase á sus especulaciones 
financieras. 

Sin embargo, fácilmente se comprenderá, que no 
fué dulce la vida j)ara aquellos imprudentes taber- 
neros; y que á esta lucha desigual se debió 
en gran parte la rapidez con que por mucho tiempo 
y de padres á hijos, se sucedieron los infortunados 
Carpinettós, á quienes el destino parecía haber 
condenado de antemano á morir de una manera 
trájica y violenta. 

Eeputados ]3or eternos conspiradores, las cabe- 
zas de algimos de estos desgraciados rodaron so- 
bre el cadalzo entre los gritos y las imprecaciones 
de una estúpida turba que no comprendía ó finjia 
no comprender, que aquella sangre era la suya 
l)ropia. Esta fue la época del respeto á la dig- 
nidad individual; luego vino la del desprecio. 
Un Oarpinetto muere estrangulado en su taberna 
á manos de lui condottiero. Otro baja al sepulcro, 
compelido por lui íurioso puntapié que, á imita- 
ción de ISTeron, el hombre del puntapié monstruo, 
le aplica en el estómago un conde de Montefalco, 
de humor alegre y carácter jovial. Mas' tarde 
otro, por haber servido im vino no del agrado de 
sus exquisitos parroquianos, es condenado en el 
acto á tragarse un tonel de la sustancia rechaza- 
da; y hienos feliz que el duque de Olarence, á 
quien siquiera le dejaron elejir el malvacía, tuvo 



EN FEERARÁ. 41 



que aliogarse en el menos apetitoso de los produc- 
tos^ de su bodega. La enumeraciop de los que 
terminaban de una manera tan i)omposa, era lar- 
ga y- socorrida, sin contar con los que de modo 
menos noble morían debajo del mostrador ó en 
la cocina, atravesados por el mismo asador en (pie 
sus antecesores doraban las perdices con que se re- 
galaban delicados paladares. Pero esto valia 
poco, apenas si se notaban tales bechos,. que 
pasaban como exuberancias de buen hiunor. Los 
Oarpinettos insistian, y, fieles á las tradiciones 
de familia y de raza, tras el Oarpinetto muerto^, 
el Oarj)inetto vivo abria de nuevo la taberna con 
las sacramentales de lei en las deftmciones de los 
herederos de San Luis : "El rei ha muerto ! viva 
el rei. " 

Sucedía á v^ces, que al Oarpinetto (pie hereda- 
ba al difimto, se le ocurrían algunas travesiu'as, 
y que en descargo y homenaje á su finado antece- 
sor, mezclaba en el vino ó en los manjares ({ue 
hablan de confortar á luio ó más parroquianos 
escojidos, ciertos polvos (') gotas prodijiosas (pie 
tenian por resultado llevav en breve i^lazo al ce- 
menterio la salud mas recomendable. 

En medio de todo esto y en el curso de esta lu- 
cha encarnizada, la taberna continuaba llamán- 
dose " Le Delisie della amicizia, " que era su pri- 
mitivo nombre ; y fuerte en el empeño de sucum- 
bir antes que doblegarse, la dinastía Oarpinetto- 
atravesaba los siglos, sin que ijudieran destronarla 
la rivalidad de sus cofrades en oficio ni la rudeza 
de los golpes que recibía. 

Pero llegó un dia, dia menguado como les llega 



42 UNA NOCHE 



á los pueblos, en el que, perdida la fe en ia causa 
que defienden y con ella la nativa Tirilidad y hasta 
el criterio, extraviado por la opresión, se arrodi- 
llan cobardes ante la tiranía que los abruma, 
para no provocar ni aún con la física arrogancia 
las insensatas iras del opresor. 

Uii Oarpinetto, filósofo á su manera, ó á la de 
aquellos que estiman i3or filosofía dar al traste con el 
bonor, siemiwe- que de ello reporten inmediata 
utilidad, vino á ocuijar el trono que dejara vacan- 
te la muerte desastrosa del último de aquello^ 
incontrastables caracteres que por mas de tres 
siglos se habían mantenido firmes, sin cejar jamás 
iinte el absolutismo ó la desgracia ; y como está 
probado que toda innovación ha menester de un 
filósofo que la conciba y que luego la encamine 
á los fines x)roi3uestos, el filósofo apareció cuando 
menos era de esperarse. 

Alfonso I de Ferrara, unido por el papa Ale- 
jandro YI á la viuda de Juan Sforzza, señor de 
Pesaro, de Alfonso de Aragón y de otro afortuna- 
do cuyo nombre no recuerdo, festejaba conpúbli 
eos y espléndidos regocijos su alianza con los Bor- 
gias, precisamente en la época en que Gaetano 
XVII, ó lo que es lo mismo, el cuadrajésimp Oar- 
pinetto, presidia, ya entrado en años, la taberna de 
" Las delicias de la amistad. " Las fiestas á que 
Ferrara se entregó en honor de la nueva duquesa 
fueron, como hemos dicho, espléndidas, y de con- 
siguiente, turbulentas las veladas de la taberna 
de Maese Oarpinetto. Ocho días hacia que el 
sueño había huido de los ojos del digno t-abemero, 
á quien toda su actividad no bastaba en aquellos 



EN FERliARA. 4o 



momentos para satisfacer cumplidamente las exi- 
gencias de los innumerables parroquianc^s que inva- 
dian la taberna. El vino corria como de fuente 
inagotable ; nobles y plebeyos lo apuraban con 
exceso ; la noclie extendía su manto, saludada 
con gritos de embriaguez ; y el tlia nacia en el bori- 
-zonte, festejado por vocerías de júbilo, agudos 
lamentos, é iracmidas exclamaciones que, cual 
inmenso y discordante coro, se escapaban por las 
ventanas y claraboyas de " Las delicias de la amis- 
tad "; mientras que el dilijente tabernero, en pié 
"y de guardia, como experto piloto enmedio de la 
borrasca, esquivaba hábilmente los escollos que 
á cada sacudimiento de aquella mar ajitada, ame- 
nazaban destrozar su frájil nave. 

A pesar de tanta habilidad como prudencia, 
Maese Oarpinetto, excitado por ocultas simijatías 
j por los odios de su raza, se dejaba arrastrar á 
veces hasta ejecutar las peUgTosas evoluciones 
que le valieron en Montiel una corona á Trastamara. 

Pero i)or muchos que fueran siis amaños, no 
tardó en descubrirse que la manera con que Mae- 
se Oarpinetto hacia mediar su justicia, era de su- 
yo apasionada, pues que á los más (iltos señores 
siempre les tocaba el honor de ser tratados como 
al rey Don Pedro, mientras que sus contrarios, 
les asistiera ó no razón, de vencidos se trocaban 
en vencedores, de víctimas en victimarios. 

Este juego, peligroso para cualquiera otro me- 
nos sospechado de parcialidad, que el conocido 
tabernero, aceleró la caída de Gaetano XYII. 
Un marqués de carácter violento, poco acomoda- 
ticio con la equidad justiciera de Maese Carpine- 



44 XTNA NOCHE 



tto, fué el escojido por la fatalidad para poner 
definitivamente punto á la gloriosa época de 
aquella orguUosa dinastía. 

En el último dia de las fiestas consagradas á la 
nueva duquesa, la media noclie sorprendió á la 
taberna, convertida en verdadero campo de bata- 
lla; mesas, botellas, vasos, bancos y taburetes, 
capas de terciopelo y jubones de lana rodaban 
confundidos por el suelo, de donde se levantaba,^ 
como inmenso clamor, aturdidora vocería cargada 
de impx'ecaciones y juramentos. La riña se liabia 
hecho jeneral, y sin distinción de clase ni fortuna 
ilovian ])orrazos y se repartían estocadas. Maese 
Oarpinetto, como el jenio del desorden, presidia 
la resMega desde lo alto del mostrador, único 
mueble que no liabia perdido su aplomo ; y desde 
allí se lanzaba en son de mediador cada vez 
que tenia por conveniente prestar oculta ayuda 
á los jubones de lana, que con manos y bastones 
oponian débil resistencia á las espadas y dagas 
de sus contrarios, siempre agresores. 

Pero observando este manejo por el marqués, de 
jénio quisquilloso, tan luego como el triimfp se liubo 
declarado por las capas de terciopelo, imi)uso 
silencio á sus turbulentos camaradas ; y agarran- 
do i)or el coleto al tabernero, que rodó del mos- 
trador al suelo con toda la dignidad de una verda- 
dera testa coronada, exclamó hundiendo su daga 
en el pecho del desgraciado Oarpinetto : 

— Señores ! si habéis notado lo que yo, creo no 
ofenderos j libertándoos de semejante belitre. 

Y aplicando un imntapié al cadáver que .yacía 
á sus pies, añadió señalando con ademan terrible 



EN FERRAKA. 45 



los jubones de lana que, pálidos y consternados, 
se apresuraban á escaparse de la taberna : 

— Y tu, vil canalla, clávate en la memoria, que 
pisas esta casa por la última vez. 

El cadáver de Gaetano XVII con la daga del 
marqués clavada en el peclio, fué expuesto por 
tres dias en la sala de la taberna á donde todo 
Ferrara se apresui'ó á pagar el tributo debido á 
la curiosidad. Luego, el heredero del difunto 
obtuvo como única concesión á sus quejas, per- 
miso para dar sepultura á su mártii- x)rojenitor ; 
pero aiites de entregarlo á la madre commi, extra- 
jo el hierro homicida del pecho de su padre ; lim- 
pió la sangre que destilaba la ancha hoja de la 
daga, y guardó esta" cuidadosamente, como un re- 
cuerdo vivo que debia en lo adelante templar su 
alma en el fuego de la ve^iganza. 

Pero el incauto Oarpinetto no contaba ctm que 
liabia nacido filósofo y que á su ciencia estaba 
encomendada la reforma de aquellos viejos hábi- 
tos de inq)roductiva dignidad, que tantas desgra- 
cias hablan costado á su familia. 

Por primera vez después de cuatro siglos, la 
taberna estuvo cerrada algunos dias, durante los 
cuales profundas reflexiones mantuvieron ceñudo 
y caviloso al nuevo poseedor. La voz del egoís- 
mo, grito salvaje que ensordece en el alma los 
más noblps sentimientos, se sustituía á la firme 
entereza reclamada por el dolor. La escasez de 
fortuna ; las exijencias del oficio ; la familia, eu 
fin, esa urna sagrada en que guarda todo hom- 
bre ios tesoros,, de. su ternura y de; su hoiu*a, y que 
la ])erversion y la debilidad profanan al tomarla 



46 UNA NOCHE 



comí) pretexto y no pocas veces como inocente 
cómplice de ruindades cometidas, perturbaban 
el cerebro de Maese Oarpiuetto ; quien, cobarde 
para trillar á su vez el camino de sus abuelos, y 
ambicioso en demasía para conformarse con las 
j)recarias utilidades que la animadversión de sus 
contrarios permitía realizar á sü taberna, se esfor- 
zaba en bailar una salida á tan multiplicadas 
contrariedades. La filosofía utilitaria vino en su 
ayuda, y el oscuro camino en cuyas sombras per- 
día el tabernero la razón, se iluminó de súbito 
al claro resplandor de ese astro rutilante al que 
los empecinados llaman de atrás impudencia, y 
los utilitaristas, habilidad. 

Maese Oarpinetto babia pensado mucho ; algo 
muí extraordinario era de espe^aiTse que produje- 
ra su cerebro : los hechos no tardaron en justi- 
ficarlo plenamente. 

Al espirar el décimo quinto día de clausittar 
la taberna se abrió de nuevo ; pero esta vez, iñu- 
tada y retocada como i^ara una fiesta : los mue- 
bles rotos, habían sido reparados ; las caserolas, 
estañadas ; la bodega, siu'tida, y el suelo, sobre 
el cual había corrido tanta sangre, raspado, ence- 
rado y luego j)ulido como un espejo veneciano. 
Toda sombra del pasado había sido borrada ; toda 
reminsí cencía proscrita ; y para que . nada faltase 
á aquella obra de completa rejeneracion, el anti- 
guo lema de Las delicias de la amistad había sido 
sustituido por una nueva muestra, en cuyo cam- 
po rojo se ostentaba desnuda una daga de hierro- 

Esta fué la gran fórmula encontrada por Maese 
Carjñnetto, para conquistarse en el porvenir i)er- 



EN FEREARA. 47 



durables seguridades. La idea era profunda, ori- 
jinal y filosófica ; y en justicia mereció bien los 
aplausos de las generaciones posteriores el levan- 
tado injenio que pudo concebirla. 

Los años corrieron. Ferrara i3asó á manos de 
nuevos soberanos ; y, relegados los Este al duca- 
cado de Modena, fueron completamente olvida- 
dos, en tanto que la dinatía Oarpinetto, mas hábil 
ó mejor cimentada, conservó todavía por mucho 
tiempo el cetro de sus abuelos. Un Oarpinetto 
de línea directa poseía en 1769 la " Daga de 
hierro, " y fiel imitador del filósofo, su antepasado, 
que tan sabiamente había reformado los viejos 
procederes de su familia, mantenía el renombre 
de la taberna á ima altura recomendable. 



EN FERRARA. 49 



YI 



LAS TRAVESüllA.S DEL ABATE. 



Después de la aventm-a de los Teatiuos, el 
marqués de Sforzzi habia ido á reunirse con sus 
amigos en la Daga de hierro ; y sombrío en medio 
del aturdimiento que los humos del Asty y del 
Yelletri i)roducian en Borelo y sus alegres cama- 
radas, asistía indiferente á la cena suculenta con 
queMaese Oarxñnetto, mediante, bien entendido, 
un j)uñado de escudos, les regalaba en la sala 
princiiDal de su taberna. 

El último Oarpinetto era un hombre de media- 
na edad y de mediana talla ; rojo como un rábano ; 
■de cabellos negros y abundantes; de ojos vivos 
y de mirada astuta ; dilijente, inquieto, halagador, 
económico, osado, y acomodaticio. Sus narices 
siemi3re al viento como las de lui i3erro de caza, 
parecían buscar con ansia una pista perdida; 

(3). — IMPRKXTA FKDERAX. 



50 IJNA NOCHE 



mientras que su boca, de labios gruesos y sensua- 
les, se mantenía constantemente replegada por 
una eterna sonrisa. Un pantalón de pana color 
de castaña, una chaqueta de idéntica tela y color, 
zapatos con hebillas de plata, un gorro de algo- 
don , j un delantal tan blanco, como lo eran sus 
dientes, componían su equipo ordinario. 

Hacia ya mas de diez minutos que se halla- 
ban á la mesa los alegres convidados de Maese 
Oarjiinetto, sin que una sola palabra se le hubiera 
escai)ado al marqués, y sin que hubieran podido 
arrancarle una sonrisa las agudezas y excentrici- 
dades de sus festivos compañeros ; cuando la im- 
paciente curiosidad del abate, no satisfecha con 
el prolongado mutismo de su amigo, hizo explo- 
sión de súbito : 

— Oari)inetto, exclamó Borelo tras un sorbo de 
vino y después de haber deshuesado gartronómi- 
camente una perdiz de Oomacchio, hidrópica de 
hongos: mira si en tu bodega, cueva ó cava, 
como sea mas honroso llamarla, dejó olvidada 
Theodorico una botella de Falerno con que' resuci- 
tar á este i)obre marqués, que, como el rei ostro- 
godo, va á morir de melancolía. 

— Excelencia, dijo con i)rontitud Maese Carpi- 
netto, luciendo sus blancos dientes, siempre dis- 
puestos á quedar descubiertos ; el rei no dejó una 
gota, ni aquí, ni en otra parte, pero en cambio y 
si lo permitís, el noble vino de Troyes hará lo que 
esperabais del Falerno. 

Y esto diciendo, oyóse la sonora explosión 
de un alamb^'eado corcho ; y una mano maestra 



EN FERRABA. 51 



escanciando luia botella, llenó de blanca espuma 
y de Mrviente tox)acio la copa del marqués. 

Sforzzi mojó los labios en la espuma del cbam- 
paña, y sacudiendo la cabeza como i)ara arrojar 
de la memoria todo importuno recuerdo, exclamó 
volviéndose á Borelo : 

— Tienes razón, caro abate, preferible es atur- 
dirse ; y á fe mia que lo he de conseguir. 

Y de un sorbo dejó vacía la copa que Maese 
Caipinetto se apresuró á llenar sobre la marcha. 

— Si no deseas otra cosa, le repücó el abate, 
be]>amos una vez por cada una de tus conquistas 
y las mias ; y tendremos de sobra con que reven- 
tar diez veces. 

El marqués üiclinó la cabeza y luia nube som- 
bría se extendió de nuevo sobre su frente. 

— Principiemos, dijo Mansini ; pero por orden 
cronolójico. 

— Qué tliablo! exijes demasiado de nuestras 
memorias, rex)licó Borelo. Ya no recuerdo á pun- 
to fijo cuál ftié mi primer amor. 

— Y vos, marqués ? pregimtó Bonasorte, el mas 
joven de los convidados ; también habréis olvida- 
do quién os inspiró vuestra primera pasión i 

—A mí ! dijo Sforzzi levantando la cabeza y 
vaciando con rapidez la copa ; si mal no recuerdo, 
fué el diablo. , 

— Linda pareja ! exclamó riéndose Borelo. 

— Bebamos por ella, agregó Mansini. 

Maese Carj)inetto aplaudió con entusiasmo, y 
las coi)as se apuraron hasta la última gota. 

— Si me lo permitís, dijo á su tm'no el vecino 
de Bonasorte, yo os daré el nombre de la más 



52 UNA NOCHE 



iionrosa conquista de nuestro amigo el marqués. 

— ^Aqui todo es permitido, se apresuró á decir 
Borelo, menos pedir permiso y decir necedades. 

— Ego es hablar! exclamó Maese Carpinetto, 
para quien el abate era una verdadera autoridad. 

Sforzzi prestó atención. 

— La condesa de Novi ! añadió el que liabia 
ofrecido declararlo. 

Una estrepitosa carcajada estalló al oirse este 
nombre, y sobre el ruido que produjo, se oyó la 
voz del abate exclamar dominando el estrépito : 

—Eres un gran zopenco, mi carísimo Tadeani ; 
la ííovi era un astro eclipsado cuando el marqués 
la unció á su carro. 

— Pero no así la Stori, ni la Sarpi, dijo Sforzzi 
picado. 

-r-lS^o del todo, es verdad, le replicó Borelo , 
pero ya estaban en menguante. , 

— Bebamos por esas dos hermosas pues que al- 
guna luz tenían, exclamó Mansini, quien arrastra- 
do por una sed insaciable habría bebido con igual 
entusiasmo por el ínñerno y por la corte celestial. 

— Eres un impertinente, dijo Sforzzi alábate; 
amenguas á la Stori, por que no quiso admitir tus 
galanteos. 

— Oh! no creas que lo he olvidado; pero ten 
entendido que la culpa no fué suya. 

— Pues de quién, mala lengua? 

— De su cochero, que se le opuso abiertamente, 
replicó Borelo provocando unr nueva libación. 

— Viperina salida, dijo Almont ' contemplando 
al abate con desdeñoso jesto. 

—Oh! te había olvidado,, mi sempi'-^vno detrac- 



EN FEKRARA. 53 



tor, añadió Borelo lanzando á su interlocutor una 
mirada de profundo desprecio; no parece que 
recuperas el uso de la lengua sino para acariciar- 
me con ella. 

— Champaña ! Oarpinetto, champaña ! exclamó 
Mansini con violencia atrayendo sobre si la aten- 
ción jeneral : ¿ quieres hacerme morir de sed, gran 
belitre ? 

— Primero moriría yo de pena, excelencia, repli- 
có el tabernero ; y en la precipitación por servir 
á Mansini, trojjezó con un mueble, dirijió mal la 
botella y ima ola de champaña se desbordó como 
hirviente catarata sobre la cabeza del marqués. 

— Miserable ! exclamó Sforzzi aplicando á Maese 
Oarpinetto un terrible revés que hizo perder el 
equilibrio al tabernero y caer sobre una mesa car- 
gada de cristales que rodaron al suelo con estré- 
pito. 

— Golpe de maestro ! exclamaron algunas voces* 

— Peligro de hacer cabriolas, añadió Mansini. 

— Cuida de tus narices, mi querido Carj^inetto, 
agregó Borelo ! que aunque cortas y retorcidas, 
no son de despreciar. 

— Perdonad, excelencia, tartamudeó Carpinetto 
levantándose del suelo con el rostro amoratado, 
las narices sangrientas y una enorme protuberan- 
cia en medio de la frente, capaz de dar envidia á 
un unicornio : un paso mal dado es siempre una 
fatalidad. 

— Si no fuera porque te hace gracia ese hermoso 
chichón, dijo Mansini al tabernero, te exijiria que 
con él regalases mi apetito en una salsa de 
pepinos. 



54 UNA NOCHE 



— "Y para iní seria un verdadero honor, ijoderos 
complacer, excelencia, contestó el tabernero con 
dulzura ; pero es el caso que empiezo á cobrar 
cariño á este naciente cuerno, y ya no imedo con- 
formarme con la idea de perderlo. 

Y c-omo si nada hubiera acontecido, sirvió de 
nuevo el champaña, aunque con menos precipita- 
-cion, y corrió dilijente á la cocina en sohcitud 
de otros manjares que ofrecerá sus huéspedes. 
Pero apenas hubo salvado el quicio de su labo- 
ratorio culinario, fuera ya de la opresión que sobre 
él ejercían la altivez de sus «obles parroquianos 

Junto con las rudas libertades que con frecuen- 
cia se tomaban, la fisonomía de Maese Oarpi- 
netto sufrió notable cambio: sus ojos, de súbito 
enrojecidos como ascuas, se hundieron bajo 
la contracción violenta de las cejas ; los múscu- 
los maxilares, comprimidos por la ira, abultaron 
sus carrillos; y sus dientes, siempre exhibidos, 
desaparecieron tras dos gruesos labios, apretados 
como los de una serpiente. 

— Pronto, exclamó con voz terrible, pronto la 
galantina de faisán, ó les quemo los sesos en el 
horno . 

— Está lista, dijo con rapidez el cocinero. 

— A la mesa con ella y con mil rayos, añadió 
el terrible Oarpinetto tirando de la oreja con bru- 
tal desenfado á un desgraciado marmitón que tu- 
vo la osadía de mirarlo á la cara. ?B[as oído, beli- 
tre I 

Y como aquellas almas depravadas, que comer- 
cian hasta con la tolerancia do todos los ultrajes, 

«diafrazandí) de fidelidad ia cobardía, haciendo 



EN FERRARA. 



pasar por adhesión el indiferentismo peculiar á 
una innata vileza, y que de humildes con los fuer- 
tes, se convierten en crueles con los débiles, sobre 
los cuales vengan los ultrajes y las humillaciones 
que de otros reciben ; Maese Oarpinetto, el tipo más 
perfecto de esos hongos animados, repartió á dies- 
tro y siniestro entre los pinches y galopines de su 
cocina, improperios y punta-piés con la violencia 
de, un energúmeno; y abandonando luego el 
campo de sus fazañas, corrió á su aposento, abrió 
un antiguo armario y de una gaveta secreta, cuyo 
resorte hizo saltar con rapidez, sacó con mano 
trémula una daga de hierro que de padres á hijos 
se conservaba en su familia desde hacia muchos 
siglos. 

— Oh ! exclamó blandiendo aquella arma terri- 
ble que reflejó en su pulida hoja la torva mirada 
del tabernero ; quién me diera poder para mojar 
esta noche tu lengua en salsa roja ! Oreo que 
te daría tal cantidad, que tu apetito y el mió que- 
darían satisfechos. Pero qué me detiene ? quién 
lo estorba ? oh ! una vez por todas, véngate, Oar- 
pinetto ! 

Y poseído del vértigo de la venganza, corrió 
á la puerta donde, como petrificado, se detuvo 
de improviso al oir la voz de Mansini que gritaba 
desde la mesa : 

— Oarpinetto, alma de perro, ¿ donde has ido 
á esconderte ? ¿ se ha agotado el champaña de tu 
cueva, ó quieres que reviente de sed, gran tu- 
nante I ^ 

El miserable tabernero dejó caer la daga que 
empuñabaj y sus labios temblorosos murmuraron : 



56 UNA NOCHE 



— Sí, es la providencia quien me salva, no de- 
soigamos su voz ; la prudencia de diez jeneracio- 
nes no debe ser traicionada en un momento de- 
ofuscación. 

Luego, haciendo desaparecer, no sin trabajo, las- 
huellas que en su fisonomía habia impreso la ira, 
voló 'á satisfacer los deseos de Mansini. 

— Hermosa escena, marqués, decia Borelo 
cuando Maese Oarpinetto, repuesto como por en 
canto de sus ocultas iras, entró de nuevo en la 
sala. Si el resto de la aventura que acabas de 
contarnos, termina de una manera tan dramática 
como su comienzo en los Teatinos, mereces una 
corona de laurel y el aplauso de tus amigos. 

—Pero es el caso que hasta ahora hemos oído^ 
á secas esa historia por demás interesante, dijo 
tristemente Mansini, gracias á ese unicornio de 
Oarpinetto que nos ha abandonado cuando más 
le deseamos. 

— IsTecesidades imperiosas, excelencia, tartamu- 
deó Maese Oarpinetto luciendo á labios desplega- 
dos sus blancos dientes hasta entonces ocultos. 

— Oalla ! no tienes derecho á tener necesidades 
que nos priven de tus servicios, le replicó Mansi-^ 
ni, quien poniéndose de pié añadió con la pesadez 
de un cerebro alcoholizado : 

— Vamos, señores, es necesario hacer honor á 
nuestro amigo Sforzzi y á su estr;ella aventurera. 
Esta primera libación por el afortunado San Ger- 
mano. 

Las copas se chocaron entre vivos aplausos. 

— No he terminado, agregó Mansini después 
de presentar su copa á Oarpinetto q^ie la llenó- 



EN FERRARA. 57 



discretamente. Bebamos esta segunda por la 
bella Leonora, tan cruel para con unos, como 
piadosa para con otros. 

—Bravo, Mansini, estás inspirado, exclamaron 
algunas voces. 

— Dejadme terminar, prosigió el orador mante- 
niéndose de pié con dificultad ; los elojios extem- 
poráneos falsean el criterio más firme y 

— Los que falsean son tus piéS, agregó Bona- 
sorte interrumpiéndolo; y si quieres terminar 
con algo más picante que cuanto llevas dicho, 
alivíalos del peso de tu cabeza y de tu estómago. 

— Eres un mozo de provecho, mi querido Bona- 
sorte, contestó Mansini dejándose caer sobre su 
asiento ; en realidad estoi mas cómodo así, para 
b^ber como propongo hacerlo á vuestras seño- 
rías, por Guido Salvi, el dichoso amante déla con-^ 
desa. 

— No, no, exclamaron en coro todos los convi- 
dados menos Almonte ; ese honor toca al mra- 
qués. 

— Justicia seca! murmuró Maese Oarpinetta 
haciendo á su vez con la cabeza un signo afirma- 
tivo. 

— ^Nada hai perdido, replicó Mansini ; el orden 
del producto no altera los factores ; bebamos por 
el marqués. 

— ^De ninguna manera, exclamó Sforzzi con alta- 
nería, brindemos por Salvi que mañana cenará, 
con Pluton. 

— Eso es hablar ! agregó Carpinetto. 

— ^Este querido marqués es una joya inaprecia- 
ble, mis amigos, exclamó Borel© en cuyas móvi 



58 UNA NOCHE 



les facciones se pintaba una alegría feroz. ¿ Quién 
nos hubiera dicho esta mañana que nos estaba 
reservada esta cosecha de emociones ? Yo sien- 
to que mi espíritu renace y como en mejores tiem- 
pos torna á desplegar sus alas, gracias ni soplo de 
huracán con que las sacude esta dramática aven- 
tura ; no pongáis valla á su vuelo, y tendréis para 
reir, por lo que os resta de vida. 

— Supongo, caro abate, que tras de todo ese 
preámbulo hai una gran idea ? dijo Tadeani. 

— Si que la hai, le contestó Borelo, j)ero no va- 
yas á creer que la degrade hasta i)edir neciamen- 
te permiso j)ara hacértela conocer. 

— Silencio, señores, gritó Mansini ; Borelo tiene 
una idea. Oarpinetto, champaña! para mojar 
losLpensamientos del abate ; puesto que es suya, 
debe estar candente y hai necesidad de refrescarla. 
Venga, pues, el champaña; que venga, ó no escu- 
cho. 

— Por el contrario, agregó Tadeani ; vuélvete 
todo orejas que el abate va á proniuiciarnos un 
sermón de cuaresma. 

— Suelta á volar tu idea, caro abate, y que no 
haya mas interrupciones, exclamó impaciente Bo- 
nasorte. 

— Antes contestadme con franqueza, dijo llóre- 
lo dirijiéndo á sus aturdidos compañeros una mi- 
rada interrogadora : ¿ No exita vuestra curiosidad 
la dulce entrevista de la devota con su amante ? 

— Algo mas que curiosidad [siento yo removerse 
en mi alma, dijo Mansini ; pero deja que la apla- 
que. 



EN FERRARA. 59 



Y SUS labios sedientos se hundieron en la espu- 
ma que se desbordaba de la cop^. 

— Ese algo mas que sientes, es acaso envidia ? 
preguntaron algunos. 

— Me habéis ahorrado el trabajo de confesarlo, 
contestó Mansini. Pero veamos á donde quiere 
llegar este travieso abate. 

. — A proponeros. ó mejor dicho, agregó Bo- 
rdo cambiando de intención, á confesaros que se 
me ha ocurrido ser testigo de esa escena de amor. 

— Hasta allá no creo que pueda alcanzar tu 
ciencia prodijiosa. El palacio del conde es una 
fortaleza, y San Germano es un centinela que no 
duerme. 

— Y si sobornásemos al centinela, ¿ que dirías ? 

— Antes de todo, que estás loco de atar, cuando 
. se ;te ocurre semejante idea, contestó Mansini. 

— El abate ha perdido la chaveta, exclamó Ta- 
deani. 

— Sois todos unos ganzos, gritó Borelo impa- 
ciente. Sostengo que si queréis asistir conmigo á 
la entrevista de Guido con su amada, San Germa- 
no no se opondrá ; antes por el contrario, será de 
la partida. 

— Eso tiene sus muelas, dijo Mansini. 

— Te engañas: nada me parece tan sencillo. 
San Germano es mi hombre cortés y no sabrá 
negarse á la exijencia de unos cuantos caballeros 
como él, que por medio de una e»quela finamente 
redactada le pidan el permiso de asislm.' á tan apa- 
sionada entrevista. 

— Pero yo no toleraré semejante lociu'á, dijo 
Sforzzi con severidad. 



60 UNA NOCHE 



— ^^Semejante infamia! que es mas, -propia la 
calificación, agregó Almonte indignado. 

— Como parte ofendida, mi querido marqués,, 
contestó Borelo con irónica sonrisa, tienes dere- 
cho perfecto de abogar por tu contrario ; ya que 
abrigas el capricho de que sea tu mano y no una 
extraña, la que lo despache al infierno. Sin em- 
bargo, al proponer lo que has rechazado, creí sal- 
varte la vida. Pero en cuanto á este inbécil de 
Almonte, querría que alguien me dijera, con qué 
derecho se permite contrariar mis ideas. 

—Con el que le asiste á todo hombre honrado 
cuando se trata de impedir una infamia, exclamó 
Almonte poniéndose de pié, airado y amenazante. 

— Está visto que no terminaremos bien, dijo 
Borelo reprimiéndose con dificultad y mirando de 
soslayo á su interlocvitor. 

— 'No será mia la culpa, si el término á que te 
refieres no es inmediato, tornó á decir Almonte. 

Y pidiendo á Maese Carpinetto la capa y el 
sombrero que al entrar á la taberna habia entre- 
gado á su cuidado, añadió volviéndose á sus otros 
compañeros : 

— Vosotros todos, sin advertirlo, os dejais arras- 
trar por ese insensato hacia un abismo al que nin- 
gún hombre de honor puede acercarse sin retro- 
ceder espantado 

— Deten la lengua, Almonte, dijo Mansini inte- 
rrumpiéndolo. No hables asi del abate, de esa 
dulce criatura á quien yo, si fuera Ganganelli, ya 
habría canonizado. 

-^Piensa tú lo que quieras, prosigtdó Almonte,. 



EN FERBARA. 61 



que en cuanto á iñí lé conozco lo bastante para no 
servir de cóíuplicé á las itas de su envidia. 

—^Imbécil ! exclamó Borelo con desprecio. 

— ;!, Sabéis i3orqué abriga tanta zana contra Sal- 
vi t 'Yo oslo diré. 

— Cállate, gritó Borelo palideciendo, no apures 
mi paciencia. 

— Lo diré, repitió Almonte sin híicer caso de 
las amenazas del abate. Porque menos afortmia- 
do 

— Almonte ! exclamó Borelo cortándole con 
vehemencia la ijalabra. IsTo nie fuerces á cerrarte 
la boca. 

— Inténtalo si i)uedes, pero antes, es necesario 
qué todos seijan, que has pretendido á la condesa, 
y que fuiste despreciado i3or ella. 

Al oir esta terrible acusación, Borelo quedó 
por un momento como aturdido ; pero rex)onién- 
dose inmediatamente, cuando todos esperaban 
verle saltar como un tigre, se desplomó sobre su 
asiento arrojando una carcajada tan ñ-anca y tan 
estrepitosa, que el mismo Almonte, que no espe- 
raba esta salida, quedó desconcertado, 

— Hele ahí de relieve ! exclamó el abate ahoga- 
do por la risa. Lo he picado hasta hacerle arro- 
jar la última imbecilidad. Ecce stidtus ! ! 

— Seré cuanto se te antoje, menos tu cómplice 
farsante, contestó Almonte en son de retirada. 

— Que las sombras te traguen ! exclamó Bore- 
lo haciéndole una bm-lesca cortesía. 

— ISTo me abandones, Almonte, exclamó Mansi- 
ni deteniéndole. 'No consideras, ingrato amigo, 
qiie he menester en breve de tus buenos oficios ? 



62 UNA NOCHE 



—Oh ! no os vayáis 'íisí, agregó Síbrzzi, quien 
durante el altercado de sus dos compañeros no 
habia desplegado los labios. Juntos hemos ve- 
nido, y por mutuo decoro debemos salir juntos." 
Además de que tiempo sobrado habrá mañana 
para que dilucidéis con el abate lo que dejais pen- 
diente. 

Almonte no contestó una jialabra ; tiró á un. 
lado la capa y el sombrero, y fué á ocupar su 
asiento, felicitado por un aplauso jeneral. , 

Mañsini propuso beber incontinenti por la con- 
descendencia de aquel carácter tan altivo como 
complaciente. Bonasorte hizo un elojio pomposo 
de las sobresalientes cualidades que adornaban 
á Almonte ; Tadeani no quedó atrás ; proi)uso 
como homenaje á su amigo el marqués, la recon- 
ciliación inmediata de aquellos dos caracteres, 
que calificó enfáticamente de levantados ; y al 
acordado compás de los elojios, circulaba el cham- 
paña como una inmensa franja de bullidora espu- 
ma. 

En medio del ruido que jn-odujeron tan estre- 
pitosas manifestaciones, Borelo hizo á Maese 
Oarx3inetto luia señal de intelijencia, y so pretex- 
to de ir á escojer i)or sí mismo á la bodega el vino 
con que (pieria sellar la paz que en breve vendría 
á proponer á Almonte, abandonó la mesa. 

A la altura á que los humos del Astty, del Ye- 
lletri y del champaña hablan levantado los espíri- 
tus de los compañeros del marqués, era de temerse á 
cada momento una catástrofe ; i^or lo cual Maese 
Oari^inetto, que conocía por experiencia propia los 
peligros á que se expone siempre toda persona 



EN FERRARA. 63 



discreta entre aturdidos, vio como gracia del cie- 
lo la indicación que le hiciera el abate ; y toman- 
do una bujía, se apresuró á segaiirlo, lleno á la 
vez que de recelo, de invencible curiosidad. 

Como prático de la casa, Borelo se dirijió re- 
sueltamente á la bodega de la taberna ; i)ero alie- 
nas hubo interpuesto entre 'su real persona y sus 
acalorados camaradas, una gruesa puerta y toda 
una muralla de ladrillos, se detuvo, y volviéndose 
al tabernero, que inquieto le seguia, exclamó con 
el tono mas azucarado que pudo dar á su aguda 
vocecilla : 

— Carísimo Oarpinetto, si no has dejenerado de 
tu raza, se te presenta esta noche la ocasión de 
dar con una prueba de destreza, una dulce expan- 
sión á tu alma oi)rimida. 

— Por complaceros, excelencia, yo haré cuanto 
esté de mi parte, contestó el tabernero tratando 
de leer en los móviles ojos del abate la oculta 
intención de tan melifluo exordio. 

— Guarda tus zalamerías i)ara qiüen no te co 
nozca como yo, y contéstame francamente 

— Bien sabéis, señor abate, que la franqueza 
es mi debilidad. 

— Confiesa, pues, que tus dientes tienen ham- 
bre de morder algo esta noche ; y que seria iiara 
ti una ventura darles pasto abundante. 

— Exelencia. . . . 

— ^Nada de subterfujios ; es una justa represa- 
lia á la que tiene pleno derecho ese cuerno que te 
ha brotado de la frente como una exuberancia 
de intelectualidad, y que no quisiste regalar á 
Mansini. 



64 UNA NOCHE 



— Oh ! exclamó Carpinetto acariciándose el chi- 

clion ; fué recio él golpe. 

— Cómo no ? él marqués tiene la mano dura, 
jjero en cambio yo tengo blando el corazón ; y en 
prueba de ello, ya que no puedes pagar á Sforzzi 
en la, misma moneda, por no tener un cuño á tu 
disposición, yoi á proponerte el medio de desqui- 
tarte á tus anchas. 

La fi.^onomía del tabernero se ilumjnó de rojos 
resplandores, y mostrando sus blancos dientes 
<3on el jesto peculiar del dooldog dijo al abate cojii 
suavísima dulzura : 

—Señor abate, sois mui bueno. 
— Abandona ese tono, amigo" mió, que vas á en- 
ternecerme, exclamó Borelo ; tiemi^o tendrás de 
sobra para expresarme tu reconocimiento. Por 
•ahora, dime antes que otra cosa, si conoces el pa- 
lacio San Germano. 

— Como á mis manos, señor abate. 

— I Y seria posible, apoyándose en las molduras 
de la fachada, trepar al primer i)iso y ciuiosear 
I)or entre las rejas de un balcón lo que i^asa en el 
interior í 

— Ko lo sé á punto fijo, pero si lo queréis, puedo 
ensayarlo. 

— Eres un hombre precioso, Oarpinétto ; cuan- 
do yo sea obispo he de haceíte canónigo. 

— y cuando seáis papa, excelencia ? 

— Oh ! liara entonces cuenta con el capelo rojo. 
Ahora, dame con qué escribir cuatro letras. 

— Pasad á mi escritorio, monseñor. 

— ^o, aquí mismo ; es cosa de un instante. 

Y como el tabernero facilitase á Borelo lo que 



EN FERRAKA. G5 



le habia exijido, y este hubiera llenado toda una 
pájiua de una letra torcida y contrahecha, sin que 
una sílaba de escrito tan orijinal se le hubieríi 
escapado á Maese Carpinetto ; el digno tabernero, 
que emijezaba á ver claro el resultado de sus 
buenos oficios en la intriga á que lo afilialja el 
abate, exclamó al fin sin poder contener su 
emoción: 

— Oh! es una gran idea; y monseñor puede 
aspirar á algo mas alto que á la casulla y al bo- 
nete. 

— Verdad que serán de ver sus resultados ? 

— ^Ya lo creo, yo mismo siento ya las cosquillas 
<lel deseo. 

— Sibarita, dijo Borelo acariciando á Carpinetto 
•con una mirada afectuosa, los dos llegaremos á 
hacer grandes cosas. Y asiéndolo familiarmente 
13or el coleto, tomó d(i un estante la i)rimera bote- 
lla que le cayó á la mano, y en voz baja y de ca- 
mino á la sala del festin, expuso á su compinche 
el plan que debian observar. 

— Se hará cual monseñor lo desea, dijo el ta- 
bernero abriendo la puerta y entrando á la sala. 

— Convenido, contestó el abate, sé prudente 
y habrás ganado esta noche una pingüe canonjía, 
ó el sombrero de cardenal. 

Dispuesto siempre Maese Carpinetto, como toda 
naturaleza abyecta, á vengar, no importa sol)re 
quién, los rütraj es que recibía, saltó de gozo al 
reflexionar en la importancia del papel (pie il)a 
á desemi^eñar en aquella intriga á que el abate 
lo asociaba ; y sin esperar otras indicaciones (iife 

(4 y 5). — IJIPni'.XTA FKDKRAL. 



V 
66 ' UNA NOCHE 



acaso pudieran retardar el desarrollo de aventura 
tan interesante, partió á cumplir su cometido con 
la decisión que presta el entusiasmo. Mientras- 
tanto, Borelo liabia vuelto á ocupar en la mesa 
su puesto de costumbre, saludado por sus atur- 
didos compañeros con todas las resonancias hiper- 
bólicas, á que apela la embriaguez para expresar 
las concepciones de im cerebro incendiado. 
Pero el abate, como hombre de mundo, que lo 
era en demasía, no dio más importancia á cuan- 
to en su elojio propalaban sus amigos, que la 
que á su juicio pudiera merecer una cuadrilla 
de enajenados ; empero, j)ara ganar el tiempo que 
requería la ejecución de sus proyectos, propuso 
con el mayor desenfado, hacer las paces con Al- 
monte, mediante linicamente Iti prolnesa de no 
reñir jamás. 

Justo nos parece añadir en obsequio de Maese 
Oarj)inetto, que el digno tabernero 'se creia trans- 
portado aquella noche como en alas de un ánjel, 
al cielo de todas las venturanzas á que pudiera 
aspirar su corazón. De víctima perenne, habia 
encontrado el medio de convertirse en victimario : 
de enemigo de sus i)erseguidores, habia pasado á, 
ser su cómplice ; y X3ara que nada faltase á su 
felicidad, el champaña corría con profusión de 
los antros de su bodega, y " La Daga de Merro, " 
favorecida por la suerte, hacía pingües ganancias. 



EN FEREAKA. 67 



VII 



LA ULTIMA ESPEEAÍÍZA. 



Oiianclo Guido salió de los Teatinos, la iioclie 
babia sobrevenido : la ciudad estaba desierta, y 
el cielo tau sombrío, como una injnensa bóveda 
barnizada de negro. . • 

En las ventanas que daban á la plaza de San 
Gaetano, así como en la mayor ijarte de los bal- 
cones de lá calle de la Giovecca, brillaban algu- 
nas luces á despecho del viento que se esforzaba 
en apagarlas y que solo conseguía mantener dili- 
jentes á dueñas y doncellas, que, ocupadas como 
las sacerdotizas de Vesta, sostenían, no sin difi- 
cultad, el sacro fuego del regocijo publicó, conque 
la fidelísima Ferrara honraba al nuevo sucesor 
de San Pedro. Fuera de esta pálida demostra- 
ción de júbilo y de los gritos de entusiasmo que 
resonaban en algunas tabernas, entusiasmo tm*bu- 
lento y profano, en el que mas parte podia recia- 



68 UNA NOCHE 



mar Baco que el Pontífice, la ciudad ostentaba 
como siempre su habitual melancolía .. Pero por 
más profunda que esta fuese, podia pasar i)or luia 
fiesta, comparada con la tristeza que Guido ence- 
rraba en el alma. 

'Su amor i)or la condesa, tan j)iu-o é ideal como 
basta entonces habia sido, era juzgado, por su 
exaltada delicadeza, como un crimen horrible, 
del que ningún tribunal líodia absolverlo, ni para 
el que, á su iH'opio juicio, pudiera haber atenua- 
ción. Leonora era la esposa de su protector, del 
hombre jeneroso que le habia servido á él, huér- 
fano sin fortuna, de padre tierno y cariñoso ; á 
quien debia la educación que i)oseia, la posición 
social de que gozaba, y la mediana fortuna de 
que i)odia disponer. A mas de todo esto, la debi- 
lidad que hacia él tenia el conde, la solicitud 
j)aternal de que siempre habia sido objeto, y la 
confianza sin límites que le dispensaba, hacían 
airn mas terribles los cargos que debían pesar 
sobre el traidor de tantas consideraciones y el 
ingrato á tantos beneficios. 

Si para los corazones verdaderamente honrados, 
es un dolor la violación de toda leí moral, pueda 
esta violación emanar de ch'cunstancias ajenas 
á la voluntad, ó ser del número de esas debilidades 
que se conieteii bajo la ciega esclavitud de las 
pasiones, no debemos extrañar la ])rofunda triste- 
za que el joven Salvi eiicerraba en su alma. 

Guido era i)oseedor de una de esas natm'alezas 
in'ódigas en nobles sentimientos ; de una de esas 
almas levantadas, i)ara las que el deber es mía reli- 
jion,y el honor la leí suprfema: pero con todo ello, 



EN FEREABA. 69 



SU espíritu era esclavo ; y esclavo encadenado por 
la pasión mas exijente de cuantas inieden domi- 
nar el corazón humano. 

Luchar es fácil y vencer iDosihle, cuando se tie- 
nen por contrarios, ajena voluntad que ambiciona 
oprimii-, ideas falsas que nos toca esclarecer, ó 
principios antipáticos á los que íntimas conviccio- 
nes nos exijen derrocar ; i)ero cuan difícil de éxito 
favorable, cuan terrible es la lucha, cuando el 
enemigo que debemos combatir existe en nosotros 
mismos como una pnrte de nuestro ser, quizás co- 
mo la más vehemente aspiración del alma. Oh ! 
entonces, como en la brega desesperada entre el 
náufrago y las olas, entre mi j)oder sobrenatural 
y nuestras fuerzas limitadas, el temi)le de la ener- 
jía se pierde ; el alma desfallece ; todo esfuerzo 
l)or vencer, es un golpe que robota sobre nosotros 
mismos, y á cada herida que hacemos á la pasión 
ó al afecto que combatimos, el que se desangTa 
es nuestro proxúo corazón. 

Combate horrible, oculto, concentrado; donde 
no se oye el crujir de las armas, ni el estampido 
tempestuoso de las repetidas explosiones. Donde 
el silencio hace las veces del estrépito, y sostiene 
encendido el friego abrasador de^la conciencia. 
Batalla pavorosa, que da por j)rez al triunfador 
mustia corona ; maldiciones y amarguras eternas 
al vencido. En la que por sangre corren lágri- 
mas que se pierden sin ruido en los surcos abier- 
tos por el dolor, y en la que dejamos por despojos, 
laiu'os malditos, desencantos del alma y j>edazos 
del corazón. 

Después de dos años de aturdimiento y de febril 



70 UNA NOCHE 



deliíio, de íeacciones momentáneas, de abandono, 
y de punibles complacencias, Guido liabia desper- 
tado al fin como de un sueño angustioso, con el 
alma dolorida por el remordimiento ; y sin dejar 
de amar á la condesa, amándola i)or el contrario 
«oji mas vehemencia y mas ternura, midió aterra- 
do la profundidad del abismo sobre que estaba 
suspendida su honra, gracias á uno de esos iwodi- 
jios de la innata virtud que sostiene en el alma 
I)reponderante siemx^re el x>rincipio del bien, aun 
en medio del torbellino de las ijasiones y de la 
coacción de los sentidos. 

Espiantado de tanta debilidad, y más aun del 
crimen al que insensiblemente resbalaba ^ov la 
pendiente de un amor imijetuoso, Guido intentó el 
último y mas heroico esfuerzo que un corazón 
apasionado haya i)odido j^retender: huir de la 
mujer amada, é ir á buscar lejos, mui lejos, no la 
tranquilidad sino la muerte. 

Vana quimera, pretensión insensata ! que no 
se desarraigan en un dia y á nuestra voluntad, 
vicios inveterados y ijasiones exaltadas por deseos 
no satisfechos. 

Una lágrima, luia sola lágrima echó por tierra 
todos los iDropósitos de aquella alma jenerosa. 
Y ni la voz de la conciencia, ni el grito del deber 
conculcado, ni todos los jm^amentos hechos á Dios 
para fortalecer, con el respeto debido á la divini- 
dad, la flaqueza del corazón, bastaron á sostener- 
le, apesar de no ocultársele, que caer de nuevo 
bajo la seducción inmediata de Leonora, era. no 
sólo retroceder hacia el abismo que queria evitar, 
gino buscarlo para hundirse en su seno profundo ; 



EN FEEEARA. 71 



y que tentar una vez más los arrebatos de un amor 
ardiente, hasta entonces contenido por un reflejo 
de celestial cordura, era reincidir en una falta 
grave, imperdonable, después dé encontrarse aler- 
tado por la conciencia. 

I Pero qué sino miseria y debilidad es lo que 
constituye nuestra naturaleza 1 

Guido liabia ofrecido á la condesa ir á decirle 
.aquella noche el último adiós, y no tenia valor 
l)ara dejar de ciunplir esta promesa, quien faltaba 
por ella á los mas sagrados i)roT)ósitos. 

— Oh ! soi un miserable, exclamó deteniéndose 
de i)ronto, después de rej)asar en su mente todos 
los peligros á que le exponía esta postrer debili- 
dad ; un miserable á quien Dios no podrá perdo- 
nar. Pero Señor, añadió, volviendo al cielo los 
ojos suplicantes ; si es verdad que he delinquido 
como hombre, también lo es que he luchado como 
jigante para no consmnar una falta á que me 
arrastra el fuego que iDusiste en mi alma. Ella 
también ha sufrido ; ella también ha luchado, 
l)ero como yo, es débil, como yo, ama y no se 
Ijertenece. Yo, Señor, no puedo más, estol ven- 
'Cido ; y si tu poder no me sostiene, caeré esta vez, 
para levantarme execrado, 

Tras este iiltimo grito de desesperación, Guido 
inclinó abatido la cabeza. Gruesas gotas de su- 
dor himiedecian su rostro, y obedeciendo á un 
impulso maquinal fué á enjugarlas con el i)añue- 
lo que tenia en la mano ; pero apenas aquel pa- 
ñuelo hubo tocado su ñ-ente, cuando de súbito 
la sintió abrasada como por el contacto de ima 
llama invisible ; y un recuerdo chispeante, á la 



72 uníl noche 



vez que sangriento, cruzó las sombras que oscu- 
recían su memoria. 

— Sforzzi ! Sforzzi ! exclamó oprimiendo entre 
sus manos el j)añuelo que el marqués haMa arro- 
jado á la condesa y con el que inadvertidamente 
acababa de enjugarse ; eres mi única esperanza ! 

Y atiu'dido y medroso, como si de cada sombra' 
temiera ver surjir un airado fantasma, y en cada 
rayo de luz creyera tropezar con una mirada acu- 
sadora, atravesó la plaza, penetró en la Giovecca 
que luego abandonó i^ara tomar una estrecha 
callejuela y, i)asando de esta á una calle solitaria, 
desapareció tras la portada de un antiguo palacio. 

Era este, uno de aquellos pesados y pretenciosos 
edificios, semi conventos y casas señoriales, que 
durante muchos siglos se multiplicaron en Terra- 
ra como la mas preciada obra de los injenios 
arquitectónicos de la época, y que mas tarde 
quedaron eclipsados con la aparición de aquel 
estilo majestuoso y elegante, de que aún exMbe 
la abatida ciudad, como muestras soberbias de 
su pasada grandeza, los palacios Sagrati, Palla- 
vicini, Arredi-Tro tti, y el renombrado Yilla ó 
Diamante. 

Los jefes de la noble familia San Germano,, 
ocupados constantemente en guerrear al servicio 
de la Serenísima Eepública ó bajo las banderas 
de la Eoma pontificia, cuidaron i)OCO de hermo- 
sear aquella morada de sus abuelos, que sombría 
como un nido de buhos, llegó á poder del esposo 
de Leonora, no menos absorbido que sus anteces- 
sores en las contiendas de su éi>oca. 

En la noche á que nos venimos refiriendo hacia 



EN FERRABA. 



apenas cuatro años que el último conde de San 
Germano, tras largas y repetidas aucencias de la 
patria, habia tomado a habitar definitivamente 
la morada de sus projenitores. 

Fatigado de la vida ardiente de los combates 
y de las cortes, después de haber probado todas 
las amarguras de la ingratitud, y de haber espe- 
rimentado todas las veleidades de la fortuna, el 
viejo conde venia á buscar en el seno de la fami- 
lia el reposo que los años le exijian con instancia. 
Pero esta vez no venia solo ; acompañábale mía 
hermosa veneciana que apenas fi-izaba en los 
veinte años, y cuya mano habia obtenido el conde,, 
de los ambiciosos i)adres de Leonora, haciendo 
valer para con ellos las glorias de su nombre y 
su inmensa fortuna. 

Mas, como nada hai vedado i)ara la maledicen- 
cia, la desigualdad de este matrimonio y la belle- 
za deslumbradora de la condesa hacian correr 
entre las malas lenguas, que San Germano, ape- 
sar de su reputación caballeresca, de su inmensa 
fortuna y de las mil x)rendas morales que poseia, 
no habia obtenido de su esposa, á la que profesa- 
ba tanta solicitud como ternura, sino la i>asiva 
abnegación de un corazón resignado ; ni que otro 
móvil lo habia atraído á Ferrara, que el de escon- 
der entre los espesos muros de su antiguo palacio, 
aquel tesoro de hermosm'a, codiciado por tantos^ 
ojos, y para el que ningvma seguridad parecía 
brindar al poseedor la ^áda oi)ulenta y las seduc- 
ciones de Yenecia. 

Es posible que estas voces no anduvieran des- 
caminadas ; pero si en todo lo que se mm'muraba 



74 UNA NOCHE 



habia algo de verdad, esta verdad no habia tras- 
cendido á la calle, de nna manera evidente; y 
€ra cnerdo limitarse á creer ' que, cansado San 
Germano de cruzar el Adriático en las galeras 
de la Serenísima Eepública, y de dar caza en los 
mares del archipiélago á piratas arjelinos, ambi- 
cionara para sus viejos dias la tranquilidad del 
liogar y los dulces goces de la familia. 

A los sesenta y dos años el conde liabia amado 
por la primera vez, y con ese egoísmo de las na- 
cientes pasiones, no liabia titubeado en sacrificar á 
las exij encías de la desconocida ternura en que 
su alma rebosaba, á aquella entreabierta ñor, ante 
quien los risueños horizontes de la vida se dila- 
taban entre las nubes de nácar y los brillantes 
reflejos del cielo de la felicidad. 

Sin otro afecto hasta entonces en el mundo 
que el casi paternal que i)rofesaba á Giudo, San 
Germano no habió perdido con los años los teso- 
ros de sensibilidad que todo corazón levantado 
conserva aun en medio de las visisitudes de la exis- 
tencia. El amor encontró en su corazón campo 
fértil donde echar raíces, y feliz con la ventura 
que sus propios sentimientos le proporcionaban, 
compartía entre Guido y Leonora los líltimos la- 
tidos de su noble corazón. 

Como es fácil suponer, Guido Salvi vivía en la 
mas estrecha intimidad con el anciano conde y la 
joven condesa, y tan bien como ellos conocía el 
Ijalacio San Germano, en cuya sombría porta- 
da acababa de deslizarse, acosado por el febril 
delirio en que ardia su cabeza. Sin hacerse anun- 
ciar, ni menos hacer caso á los agasajos de im 



EN FERRARA. 75 



antiguo criado que encontró en la escalera, atra- 
vesó una antecámara de cuyas paredes colgaban 
algunos retratos de familia, entre los cuales y en 
medio de la ofuscación que trastornaba su cere- 
bro, creyó distinguir ceños contraídos, sonrisas 
<le desprecio, y miradas terribles, que cómo dar- 
dos encendidos iban á berirle el corazón. Acosa- 
do por la severidad de aquellos rostros airados 
y anií^azautes, dio algunos pasos en la inmedia- 
ta galería, triste y desierta en aquel momento 
como el alma del que la visitaba bajo tan i)enosas 
impresiones, donde tantas veces habia sido feliz, 
y de la que tantos recuerdos vinieron á agruj)ar- 
se á su mente. Por la soledad que reinaba en 
aquella estancia y en las vecinas babitaciones, de- 
dujo G-üido que las personas que buscaba, á no 
estar ausentes, debían hallarse aún en el comedor 
del palacio, á donde se dirijió con paso incierto, 
oiDrimido el corazón y presa el alma de abruma- 
doras emociones. Pero si basta entonces había 
podido sobreponerse á las oi)uestas fuerzas que 
combatían en su espíritu, al llegar á las puertas 
del comedor se encontró vencido, y su frente gol- 
peó los cristales, á través de los cuales, sus ojos 
atónitos contemplaron la palidez cadavérica que 
-se extendía sobre las facciones de Leonora. 

La condesa, sentada á la mesa frente á San 
Germano, disimulaba con dificultad los violentos 
latidos de sü ajitado corazón, que el confiado es- 
poso no veía estremecer, j)ero que Guido mas 
.suspicaz, oía i^alpitar distintamente, con la desor- 
denada rapidez de una campana echada á vuelo. 

Después de mil vanos esfuerzos por dominar 



76 ' UNA NOCHE 



la emoción que embargaba sus facultades, Guido 
creyó oir una voz interior que le gjritaba "aléjate !"' 
y cediendo á su pesar, á extraños y amenazadores- 
presentimientos, se disponía á no tentar de nuevo 
su debilidad, alejándose para siempre de aquella 
miijer i)or quien habria dado, sin hacer sacrificio, 
toda la sangre de sus venas ; cuando la i)uerta 
se abrió de improviso ijara dar paso á un criado, 
y sin que Guido lo esperase, se encontró frente al 
conde que lanzó al divisarlo un grito de agrada- 
ble sorpresa. 



EN FERRAUA. 77 



VIII 



EL FA]ííTASMA DE I'AIÍISIXA. 



— ^Al fin lias resucitado, exclamó el conde con 
manifiesta alegría, al ver ai)aTecer al joven Sal vi 
á la líuerta del comedor. Y por lo visto que esta- 
ba reservado este milagro á su santidad Clemen- 
te XIY. 

E indicándole una silla, en la que Guido se dc'jó 
caer como un reo sobre el banquillo en donde 
debiera ser ejecutado, i)rosigió con el mismo tono 
de afabilidad : 

— En cuanto á lo demás, llegas á tiemi)0 de 
acomi)añarnos á comer, lo que hacemos tarde hoi, 
contra nuestra costumbre, gracias á esta señora, 
dijo señíilando cariñosamente á la condesa, que 
ha resultado ser del iiartido vencedor en el último 
cónclave, y que tan luego como' circuló esta tar- 
de la noticia de la elección de Ganganelli, se mar- 



78 TJNA NOCHE 



chó á los Teatinos á dar gracias al cielo por el 
triunfo obtenido. 

Leonora, sin contestar una palabra, inclinó 
la cabeza para ocultar á su marido el rubor que 
repentinamente incendió sus mejillas, y para no- 
ver á su vez la turbación que se manifestaba en 
el rostro de su amante. 

— Pero qué diablo tienes esta noche ? exclamó 
alarmado San Germano, fijando sobre, Guido una 
mirada escrutadora, ¿ bas tenido algún percance ? 

— lío á fe mia, contestó Guido haciendo esfuer- 
zos iDor serenar su emoción. • 

— Pues estás hecho mi estafermo. 

— Es posible. 

—Ya se ve que sí, continuó el conde, pero- 
no debes extrañar mi ignorancia en lo que te^ 
acontece; tii has olvidado confiarme, como lo 
hacias en otros tiempos, tus alegrías y tus penas j 
te has hecho reservado ; quince dias hace hoi que 
no se te ve en esta casa, y cuando menos se te 
espera, te presentas con esa cara que da lástima 
ver. Por fortuna para ti, mi pobre Leonora 
á quien han indispuesto los malos aires de los 
Teatinos, no está de humor de hacer brillar á tus 
exi)ensas su verbo epigramático, que de lo contra- 
rio no saldrías bien librado. 

— Oh ! exclamó Guido sin saber lo que decia 
y cediendo tan sólo á las ocultas causas de su 
profundo abatimiento. Mi mal es incurable. 

— Simplezas, amigo mió, contestó San Germa- 
no con acento cariñoso ; á tu edad no hai males 
incurables ; algún amorcillo contrariado, que aca- 
so no vale la pena de preocuparte tanto ! Vamos, 



EN FERRABA. 79 



toma Tin poco de vino para abrir el apetito, prue- 
ba luego esta sopa no del todo desabrida desa- 
rruga el ceño y conversemos alegremente sobre 
tus proyectos, tus trabajos literarios, en fin, sobre 
todo cuanto se relacione con tu vida. 

— Como gustéis, dijo Guido, reponiéndose á 
favor de las miradas alentadoras que brotaban co- 
mo relámpagos de las negras pupilas de Leonora. 

— Oh ! no es otro mi deseo ; pero sabes una 
cosa ? añadió el conde cambiando el jiro de la 
frase que articulaba. 

—Cuál I 

— Que acabo de atinar en este momento con la 
causa del secreto que me ocultas. 

— Cómo ! exclamaron á un tiempo Guido y la 
condesa, profundamente alarmados. 

— Como lo oyen ustedes, prosigió tranquila- 
mente San Germano, sin advertir la turbación 
que se manifestaba en sus inquietos interlocuto- 
res ; y á fe, amigo mió, que pruebas, á mi juicio, 
poca enerjía y menos tenacidad. 

— ^o os comprendo, murmuró Guido mas y 
mas inmutado. 

— Porque dudas de mi penetración ; pero juzga 
si be acertado. La causa de cuanto experimen- 
tas, depende de la poca fe que tienes en tus fuer- 
zas intelectuales, para llevar á término la empre- 
sa por la cual vienes lucbando ba tantos años. 

— Guido y la condesa respiraron con libertad, 
é incorporándose el primero con la nerviosa rapi- 
dez de quien, arrastrado un momento por el ím- 
petu terrible de una ola irritada, trata en seguida 



80 UNA NOCHE 



de esqiiiN'ar los peligros que le rodean, exclamó 
con afectada injenuidad : 

— Paia ciertos seres, aspirar á la gloria es pre- 
tender imposibles. 

— Quién te ha sujerido semejante disparate ? 
contestó el conde con j)aternal severidad. La glo- 
ria es la aspiración natural de las almas levanta- 
das ; y si es verdad que no se adquieren fácilmente 
fama y renombre perdurables, también es cierto 
<iue el talento ayudado por la virtud y la cons- 
tancia, es el mas i^oderoso de los ajentes de que 
iniede disponer el hombre para adquirir celebri- 
dad. ISTo te desalientes, prosiguió San Germano ; 
sobrado injenio tienes x>ara quedarte á la mitad 
del camino, si eres perseverante ; i)ero lucha, que 
para vencer es necesario combatir : el triunfo es 
el premio del esfuerzo : las coronas que discierne 
la victoria, no ciñen sino las frentes de aquellos que 
han lidiado. Ten entendido que conquistarse 
una reputación no es la obra de un dia ; muchos 
por adquirirla luchan toda la vida y caen al fin 
Ijostrados, no dejando tras sí, después de afanes y 
desvelos infructuosos, sino una pálida estela, que 
desaparece tan pronto como nos olvidan los ami- 
gos que sobreviven. 

— Que sobreviven ! repitió Guido, con acento 
de dolor. 

El anciano continuó : 

— Mas no i)or eso debemos dar cabida al desa- 
liento ; todo lo contrario. El que siente en sí 
ese jérmen divino que levanta el espíritu sobre el 
nivel de las medianías, debe estar convencido, 
de que no se adquiere el esplendor supremo á 



EN FERRARA. 81 



que anhela toda iutelij encía, sino á costa de 
heroicos sacrificios : (lue es tan diu'a la labor, co- 
mo preciada la recompensa ; y que los caracteres 
enérjicos alcanzan de ordinario lo qne se les es- 
capa á los tímidos. 

— A los tímidos ! repitió maquinalmente Guido. 

— Voi á hacerte otra observación, amigo mío, ' 
que no debes olvidar: de todos los caminos 
que conducen á la inmortalidad, el de las letras 
es quizás el más diíícil de trillar ; jiero así mismo, 
la gloria que por él se alcanza, es la más duradera 
y satisfacctoria. Otras sendas hai más cortas, y 
aunque sembradas de escollos, en que á cada paso * 
podemos tropezar y desaparecer, son más fáciles 
de recorrer ; i)orque en ella ' se pasea la fortuna, 
deidad caprichosa bajo cuya protección se puede 
ascender en i)oco tiempo á prodijiosas alturas, 
donde jamás habríamos llegado sin su poderoso 
amx)aro ; ])evo en las <[ue sólo se detienen sus fa- 
vorecidos para deslmiibrar al mundo un instante 
con galas adquiridas al acaso. Un día, aoM la te- 
nacidad y la enerjía que me conoces, emprendí 
á mi vez la ardua empresa de conquistarme un 
nombre. Sin tus talentos literarios y sin ninguna 
ilustración científica, sólo jmde, como mis ante- 
pasados, optar á los azares de la guerra como ■ 
el único medio á mi alcance ; y cien veces en ellos 
ofrendé la vida, en cambio de una hoja de lam'el 
con que adornar mi frente. La fortuna no me 
fué hostil ; alcancé á su abrigo lo que otros, qni- 
z'cifi con dotes sui)eriores á las mias, muchas veces 
no logran, y en el deslumbramiento de mi grande- 

(6). — IMPRKXTA FEDERAL. 



82 UNA NOCHE 



za creí eterno lo que apenas iba á durar un ins- 
tante. 

San Germano se detuvo un momento, como ab- 
sorto en aquellos recuerdos. 

— Oh! prosiguió con amargura, dejando esca- 
ldar un suspiro, sólo se comi)rende cuan pasajeros 
son los triunfos alcanzados x^or la fuerza, cuando 
la embriaguez de la victoria ba desaparecido, y 
con ella el i)restijio inmediato que tras un éxito 
feliz adquiere el vencedor. Sin ir mas lejos, tienes 
en mí un ejemi^lo elocuente de esas glorias xiasa- 
jeras. Cuando á tu edad, fuerte y de pié sobre el 
bajel que sacudían las irritadas olas y los ímjíetus 
del huracán ; ya en medio de la borrasca ; ya con 
la bocina en los labios, dominando el fragor del 
combate, mandaba el abordaje sobre la escuadra 
jenovesa, y entre ráfagas de metralla, y envuelto 
X^or el humo en densa nube como en inmenso su- 
dario, sentía resonar en torno mió el estallido de 
las bombas, los crujidos del x^nente sobre el que 
rebotaban las balas que cortaban los inástiles 
como débiles cañas, y ese clamoi' inmenso que se 
levanta al cielo de en medio del estrépito de un 
combate naval ; mi esx)íritu se remontaba en alas 
del entusiasmo á la altura tentadora donde Sata- 
nás llevó á Jesús x^ara mostrarle su dilatado ím- 
X)erio. Ciego de orgullo, me creía grande y x>ode- 
roso como un dios ; imajinábame que los elemen- 
tos con sus voces discordantes y terribles me salu- 
daban como al jenio que x^reside las temx)estades, 
que desencadena los furores del huracán ; y mi 
sombra, que desde lo alto del alcázar de pox^a 
X)royectaban en el mar los relámpagos de la bata- 



EN FERRARA. 83 



Ha, crecía ante mis ojos, hasta tocar el horizonte, 
cual la silueta inmensa de un jigante. Extravío ! 
ilusión momentánea, que apenas dura lo que la 
espuma de las olas sobre las rocas en que aque- 
llas se romj)en ! La calma sucede luego á la tem- 
jjestad, el silencio al estrépito ; lo que uu dia fué 
fragor, y estruendo y rujido, apenas otro dia, y no 
distante, sólo es tenue murmurio ; y pasan ios 
años, y con ellos hasta el recuerdo de esas horas 
de ñehre y de embriaguez tenidas por inolvida- 
bk'w. El vigor juvenil desaparece ; la cabeza, 
antes erguida, se inclina abatida sobre el pecho ; 
el orgullo flaquea; la vanidad misma que comieuza 
l)or hablar bajo a nuestro oído, termina por callar; 
y el ruido que en el mundo i)rodujo nuestro nom- 
bre, cuando le servían de eco los estampidos del 
cañón, cesa de oírse en absoluto^, como se jiierde á 
larga distancia el resonar violento de atronadora 
catarata, que de cerca nos aturde j que de lejos no 
vse oye. , Oon muí pocas excei^ciones, la j enera li- 
dad de estos afortunados dé un instante, soles que 
apenas despiden un reflejo brillante para perderse 
luego en la profundidad de las sombras, vuelven 
cansados y sin ilusiones al punto de partida : la 
insignificancia primitiva; pagados tan solo con 
dos renglones escritos de líj ero j)or mano indife- 
rente, en el gran libro de la historia, (]ue perezo- 
samente abre sus pajinas á los hechos de aquellos 
que no tuvieron por norte en sus empresas una 
idea noble y jenerosa, y que felices se contarían 
aun si pudieran como yo, amparar bajo la ejida 
del amor y de la amistad, la parte del corazón (}ue 
hemos salvado de las borrascas de las pasiones. 



84 UNA NOCHE 



Mientras que así disertaba San Germano, la 
condesa liabia levantado de nuevo la cabeza ; y 
á j)esar de la angustia y de la inquietud que alte- 
raban su semblante, su lierrp.osura se ostentaba 
más que nunca deslumbradora bajo el velo de 
tristeza .extendido sobre sus pálidas facciones. 

Leonora de San Germano era una de esas 
bellezas singulares que fascinan á primera vista, 
y que examinadas luego con detención seducen 
basta el punto de enardecer los sentidos. En ella 
no se sabia que admirar más, si la jíureza de las 
líneas, que i)arecian copiadas de esas estatuas que 
Pbidias y Praxiteles legaron á la x)osteridad, ó la 
gracia y el encanto del conjmito, en que á la vo- 
luptuosidad i)agana iba hermanado el candor de 
las Madonnas de Eafael. 

Con inquieta emoción jjrestaba atento oído á 
las frases sentenciosas que brotaban sin afecta- 
ción de los labios del anciano ; al mismo tiempo 
que reanimaba con su mirada ardiente la postra- 
ción moral á que Guido se abandonaba. 

— ^Y bien! preguntó San Germano, después 
de una larga pausa, en la que en vano liabia espe- 
rado una respuesta de su preocupado sobrino. 
Jüíada tienes que observar á cuanto acabo de decii'? 

— 'Nada en realidad, contestó Guido suspirando, 
pero llegan tarde para mí vuestros consejos ; mis 
aspiraciones han muerto ; nada ambiciono ya. 

— ^Mi pobre Guido exclamó San Germano visi- 
blemente conmovido ; el estado de tu espíritu me 
alarma sobremanera, y si no fuera que presiento 
que una pasión de amor, no satisfecba, es la causa 
de todo el desaliento que llevas en el alma, 



EN FERRARA. 85 



yo no sabría que creer del cambio que riltimamen- 
te se ha operado en tu carácter. ' 

Guido se estremeció al oir revelada por los 
labios del conde, una parte de su secreto, j sin 
hallar una respuesta digna de la paternal solicitud 
de que era objeto, inclinó la frente sin contestar 
una i)alabra. 

San Geamano prosiguió : 

— Pero casi no es i^osible. concebii- que haya 
una sola mujer que no te ame y que no se crea 
feliz al poseer tu corazón . íío i)iensas como yo, 
Leonora! 

Fué esta vez la condesa quien experimentó el 
Ijrofundo sacudimiento que poco antes .habia con- 
movido á su amante ; i^ero con más dominio so- 
bre sí, como lo tienen de ordinario las mujeres 
en análogas circunstancias, se repuso con rai)idez ; 
y en vista del peligro quecorria de descubrirse, si no 
se armaba de entereza, exclamó tratando de des- 
viar la conversación del punto i)eligToso en que 
se sostenía. 

— 'No os ijreocupeis, señor ; las amargiu^as de 
Guido son como los i^esares de los niños, nubes 
pasajeras que á la menor brisa se disipan. 

Guido la contempló con asombro. 

— Defiéndete, defiéndete, exclamó San Genna- 
no, recuperando su primitivo buen humor, gracias 
al prestijio que tenia sobre su alma la voz arj en- 
tina de Leonora ; y alegremente añadió después 
de breve pausa : confieso que me has pillado con 
ese tono elejíaco de que te sirves esta noche j)ara 
disculpar el abandono en que nos tienes ; pero á 



SG UNA NOCHE 



Dios gracias, cuento con un aliado á quien no pue- 
des engañar fácilmente. 

— Si os lie mortificado .... 

— Kada, amigo mió, dijo el conde interrumpién- 
dole ; pmito por esta vez al sentimentalismo. Ha- 
blemos de otra cosa, y sirviendo á su mustio, con- 
vidado algunas confituras, añadió en el mismo 
tono de jovial agasajo : 

— Yamos, á qué altura te encuentras de tus tra- 
bajos liistóricos sobre el ducado de Ferrara ! 

— Muí al principio todavía, y ya me siento can- 
sado. 

— ^Debilidad es esa, de cpie no debes vanagloriar- 
te. No iiai carga i)esada x>ara liombros robustos, 
ni empresa difícil para claras intelijencias y enér-^ 
jicos corazones. 

— Precisamente porque no poseo lo que para 
empresas semejantes se requiere, es que me abru- 
ma el desaliento. 

— Supongo que no i)retendes arrancarnos con 
esa afectada modestia, todo un capítiüo de elojios ? 

— ^Líbreme Dios. 

— Entonces, entremos eu materia ; por más que 
hayas desx)erdiciado el tiempo, habrás llegado por 
lo menos al siglo XYI. 

— Absolutamente ; apenas he bosquejado la pe- 
regrinación á Eoma de Alberto de Este, y algunas 
av>recia('i<)]ies sobre su reinado. 

— l^^ntonces nadíi has adelantado ; tres meses 
lince (jiie do ]>asHS de ese jmnto, y ])or quien soi ! 
(pie iu> parece siiio que tienes miedo de eucontrar- 
te cara á carji con Nicolíis III, ó que temes verte 
seducido jxu' el infortunio de Parisina, hasta el 



EN FERRARA. 87 



! extremo de no tener valor i)ara tratarla con la 
.severidad á que se Mzo acreedora. 

La condesa y Guido x>alidecieron ; el nombre de 
Parisina proniuiciado ijor San Germano, resonaba 
para ellos como la voz aterradora de un anatema. 

— He carecido para entrar en esa época, de datos 
indisi)ensables, contestó Guido venciendo con 
dificultad la tiu'bacion que nuevamente se ajyo- 
deró de su ánimo. 

— Sin embargo, añadió San Germano, no faltan 
algunas crónicas de aquellos tiemi)os con las 
que pudieras ilustrar tu criterio. 

— Verdad es que no faltan esas crónicas; pero 
las más, ó no son claras ó se contradicen entre sí. 

— Exajeras, mi solícito historiador ; lo que en 
verdad me sorprende, por ser la exageración con- 
traria á tu carácter. Aiuique lejos ya de nuestros 
-dias, el fin trájico de la hija de Malatesta es uno 
de los episodios mas populares de nuestra histo- 
ria patria; y tan es así, que yo mismo i)uedo narrar- 
te esa triste aventm'a que sé desde la infancia, y 
que hasta hoi no han desmentido los cronistas de 
aquel tiempo, ni los posteriores al suceso. 

— Oh ! no os toméis j)or hoi ese trabajo, excla- 
mó Guido esforzándose por conservar su aparente 
serenidad. 

— Cómo ! té imajinas por ventura que cuando se 
trata de algo que debe interesarte, puedo callar sin 
faltar á ini deber ? ISTo lo creas. Además, continuó 
el conde dándose gTaciosamente los aires de mi 
profundo erudito : quiero probar ' al poeta mi so- 
brinO|^ que no carezco en absoluto de erudición 
histórica. , Dirás acaso que le rindo tributo á la 



88 UNA NOCHE 



más necia vanidad ? Sea : algunos cumplimientos 
debemos hacer de vez en cuando á esa vieja cor- 
tesana que solo se alimenta de requiebros. ... 

— Me abrumáis. 

— Déjate de exclamaciones. iÑ^ada mejor po- 
demos bacer después de un dia tan ruidoso como 
el qué acabamos de pasar, que entreg-arnos al re- 
cuerdo de aquellos antiguos tiemx)os, casi olvida- 
dos del todo, y de cuy^a corrupción apenas i)oílrian 
darnos al i^resente una idea, aunque débil y mez- 
quina, las torpes aventuras de ese marqués de 
Síbrzzi, que el cónclave en mala bora nos envia : 
las de su inseparable coadjutor, el abate Borelo, 
y la de los cuatro adlátbres que manejan : atur- 
didos y sensuales todos, como aquellos turbulentos 
señores de nuestra edad de hierro, que parecían 
haber venido al mundo con la misión exj)resa 
de revolver la sociedad con sus pasiones desorde- 
nadas, la espada siempre pronta i^ara hacer correr 
la sangre. Así, pues, déjame que te cuente como 
Dios me ayude ese terrible episodio, que tu sabrás 
al trasmitirlo á tu vez, darle todo el colorido que 
tu pincel de artista encuentra siempre en la ina- 
gotable x^aleta cíe tu imajinacion. 

San Germano hizo una pausa ; Guido y Leono- 
ra cambiaron entre sí una mirada profunda que 
solo á sus ajitados corazones les era dado inter- 
pretar ; y sin hallar como explicarse la insistencia 
del conde en aquel símil que sin querer estable- 
cía, entre el amor culpable de Parisina y el que 
ellos ocultaban en el fondo del alma, esi)eraron 
inquietos el término fatal de la hifítori* pro- 
metida. 



EN FEREAEA. 89 



— Mcolás, prosigió San Germano, bastardo 
lejitimado de Alberto, qne á su vez fué uno de los 
diez hijos natiu'ales de Obizzon III y de Fibppa 
i\íiosto, ó de la bella Lijjpa, como plugo calificar- 
la al poeta del mismo nombre, al cual envanecia 
tan ilustre jiarentezco, ñié un x)ríncipe terrible á 
quien las contiendas dinásticas siemj)re permanei]- 
tes entre los miembros de la familia Este, dieron 
sobrado campo para poner de relieve la ferocidad 
de su carácter y los odios reconcentrados en una 
alma desapiadada. 

— Pero que diablos! exclamó el conde interrum- 
piéndose, tenéis ambos los ojos tan abiertos que 
espantan ! Es que teméis por ventura, ver smjir de 
debajo de la mesa la sombra airada de Mcolás Illf 

— Líbrenos Dios, murmuró la condesa estreme- 
ciéndose. 

— La sorpresa nó seria pequeña, añadió Guido 
esforzándose por sonreírse. 

— Pues te aseguro, volvió á decir San Germano 
dirijiéndose á este, que tus ojos espantados van á 
darle pesadilla á mi pobre Leonora, no acostum- 
brada á tan terríficas manisfestaciones. 

La condesa quiso contestar algo para calmar á 
su marido, iiero le faltó aliento. 

El conde continuó ; mas esta vez exaltándose 
sin de ello darse cuenta, á medida que el trá- 
jico suceso que narraba se bacia más odioso á su 
alma. 

— ^IsTicolás, como no lo ignoras, casó en segundas, 
nupcias con una bija deMalatesta, señor de Eími-, 
ni ; joven hermosa y seductora, al decir de su» 
contemporáneos ; la cual apareció en la corte de 



90 UNA NOCHE 



Ferrara, por entonces sombría y cautelosa, como 
una estrella de vivos resplandores en medio de la 
oscuridad de una noche i)rofunda. Parisina fué 
la luz, la inspiración, el alma que reanimó y dio 
vida á aquella corte teneb;rosa ; en poco tiemijo 
gan^ó la estimación y el afecto de cuantos la ro- ' 
deaban ; fiestas y regocijos se sucedieron en su 
obsequio ; el mismo Meólas, de terrible que era, 
se Mzo tierno para agradarla, y todos los j)restijios 
qiie pueden embriagar el corazón de una mujer 
joven y apasionada, mecieron blandamente la 
existencia de Parisina. La felicidad la sonreía ; 
la vida no tenia para ella sino auroras de rosa, 
porque sus bellos ojos no hablan derramado aun 
sino aquellas lágrimas sin amargm'a, que no dejan 
siu'co en las mejillas, ni marchitan las piu*as ven- 
turanzas del alma. Presajios afortunados la pro- 
metían un ijorvenir sereno ; y i)erdurable hubie- 
ra sido su felicidad, sin la hora triste, que cual 
sombra fatídica, apareció en el cielo de tan ine- 
fables encantos. En medio de aquellos castos 
goces en que hasta entonces se habla deleitado 
su alma, los ojos de Parisina se fijaron un dia en 
la mirada ardiente y apasionada que, como des- 
tellos de un amor impetuoso, brotaban de las ne- 
.gras pupilas de'imo de los bastardos de Meólas III. 
Como Phedra, Parisina sintió palpitar su corazón 
con las temi^estuosas manifestaciones de un amor 
violento y criminal ; y sin virtud para ahogar 
en su seno aquel afecto imx)ui"o, se abandonó á la 
ardiente sensuahdad de Hugo, quien, aturdido y 
¿íin ñ'eno como todos los de su raza, hizo traición 
Á sus deberes de hijo, asi como ella violaba los 



EN FERRABA. 91 



juramentos de esiiosa ; y ambos á la vez rompie- 
ron para siempre los sagrados lazos que no era 
dado desatar sino á sus almas pervertidas. Pero 
ay ! el castigo de falta tan grave, como bochorno- 
sa, no se Mzo esperar. Por más oculto que el cri- 
men se deslice, deja una huella que lo vende, aler- 
ta ojos que lo siguen sin ijerderlo de vista en su 
marcha tenebrosa, y provoca delaciones que un 
dia se dejan oir con acento terrible. Ese dia 
llegó ; dia de luto y de sangre : la adúltera implo- 
ra de rodillas el i^erdon de su crimen sobre el 
cadáver ya mutilado de su cómplice : vana i)lega- 
ria ; la justicia humana la habia condenado como 
criminal ; el suplicio esj)eraba á la culpable. 

— Oh ! era inocente, era inocente ! exclamó 
Guido sin poder dominar su exaltación. 

— Eso lo sabe Dios ! replicó San Germano con 
severidad ; y goljíeando la mesa con el puño cer- 
rado, añadió con voz sorda : 

— El hacha levantada i)or el verdugo, cayó 
mordiendo el tajo con su afilado diente, y la cabe- 
za de Parisina, inocente ó culpable, rodó san- 
grienta y i)ali)itante. 

Un grito tenible, grito de horror y desesijera- 
cion, se le escapó á la condesa, y como herida por 
el rayo, cayó sin sentido sobre el respaldo del 
sillón que ocupaba. 

Guido quedó atónito. 

— Qué acontece f qué tienes ? exclamó alarnia- 
dcy San Germano apresurándose á dar auxilio á 
su esposa. Leonora ! mi jjobre Leonora ! Qué 
te i)asa t habla, dime ? 

— Ah ! no es mi sueño. murmuró la condesa 



92 UNA NOCHE 



aspirando el i)omo de sales qne la mano trémula 
del conde le ai^licaba. He creído morir mo- 
rir como ella como ella, Dios mió ! 

— Confieso que he sido mi insensato, mi mons- 
truo, decia y volvia á repetir San Germano sin 
fijarse en las traidoras expansiones' de aquel cora- 
zón desgarrado, y tratando por todoí^ los medios 
que se le ocurrían de reanimar á su esposa : pobre 
amiga, anadia, perdóname aunque no lo merezco ; 
y culpa más que íi mí de lo que sufres, á este 
tonto de Guido que me lia - inducido á relatar tan 
espantosa historia. 

— Vive, vive volvió á decir Leonora, pero 

esta vez con extraña exaltación ; y abriendo los 
ojos inundados, de lágrimas, lanzó á Guido una 
mirada que le bastó para reconocer la inminencia 
del peligro que corrían, y la necesidad en que se 
■hallaban de poner término á tan embarazosa si- 
tuación. 

— 'No ha sido nada, exclamó incorx3orándose ; un 
accidente que me viene amagando desde esta 
mañana, y del que un ijoco de reposo me repondrá 
enteramente. 

Y sin mas auxiliar en que apoyarse, que en la 
jn'opia inspiración, la condesa hizo un esfuerzo 
para dominar su espíritu abatido ; y dejando caer 
una j)ulsera como por efecto de la casualidad, se 
puso de pié resueltamente.- 

— ^Yas á retirarte ? preguntó San Germano con 
afectuosa solicitud. 

— Si me lo permitís 1 

— Cómo no, cómo no ; el sueño es el remedio^ 
contra las exaltaciones nerviosas. 



EN FERRABA. 93 



Y mieiitras que el conde se inclinaba j)ara reco- 
jer la pulsera que habia rodado sobre el pavi- 
mento, Leonora estreclió con ternura la mano 
helada que Guido le tendia ; y más que con la 
voz, con el aliento, le dijo con rapidez : 

— Quiero vette, quiero liablarts sin testigos una 
vez esta noche ; después nos separaremos para 
siempre. 

Y saludando á San Germano, desapareció de- 
trás de las (nortinas de la inmediata galería, como 
se desvanecen los vai)orosos fantasmas que en sus 
delirios íbija la imajinacion. 

El conde la acompañó hasta la i)uerta del co- 
medor ; y volviéndose á Guido, que á su vez se 
disponía á retirarse, exclamó deteniéndolo : 

— Amigo mió, no i)uedo negarlo ; soi feliz, pero 
la felicidad ami no me ha hecho egoísta. Esa 
tristeza cuya razón me ocultas, me hace daño. 

— No os preocupéis |)or ello, contestó Guido, 
creo haber encontrado el medio de desterrarla de 
mi alma. 

— :Y por (pié lio lo iiones en práctica al mo- 
mento f 

— El jirinier paso está dado ; y Guido liizo im 
esfuerzo para terminar la frase que brotó de sus 
labios 'como mi alarido : mañana dejo á Ferrara 
para siempre. 

— Cómo ! exclamó 8aii Germano sori)rendido, 
partes mañaua sin habernos prevenido antes ? 
sin decirme á dónde vas f y es así, con esa calma, 
que me lo participas á estas horas ? Yo no te creia 
ingrato, pero te aseguro que semejante proceder. . 

^-Oh ! no soi ingrato, no lo creáis nunca, nunca, 



04 UNA NOCHE 



exclamó Giiido abandonándose á su pesar á todas 
las visibles manifestaciones del dolor y de la del 
sesperacion. Un deber imperioso, sagrado, ine- 
ludible, me obliga con la fuerza de un mandato 
del cielo á abandonar esta tierra .para siemi)re. 

-T-Es posible ! ! ! 

— 1^0 me pidáis explicaciones, no me exijáis 
que os revele mi secreto ; dejadme huir y olvidad- 
me si i)odeis. 

— Pobre alma, exclamó San Grerniano enterne- 
cido. Y enjugando dos lágrimas que corrían 
por sus mejillas, añadió tratando de ocultarían 
manifiesta debilidad : tranquilízate ; tn corazón 
da bandazos sin concierto como un barco sin ti- 
món. A qué aflijirse í yo no quiero saber la cau- 
sa de tu i)artida ; guarda i)ara ti ese secreto ; pero 
ya que ^s forzoso abandonar á Ferrara, liagásmolo 
juntos 

— Qué decís ! exclamó Guido inteiTumpiéiulolo. 

- — Lo (pie oyes ; estoi seguro de que Leonora no 
se oijondrá á liacernos compañía. ]S^os lijaremos 
en Francia, en Alemania, donde tu elijas, (pie 
para mí la píitria será siempre el país en que tú 
y mi Leonora puedan vivir á mi lado. 

— Olí ! exclamó Guido, aturdido por tanta ce- 
guedad como afecto. Eso es imijosible, imi)osible ! 

— Ilepite esa palabra cuantas veces se te ocurra; 
l)ero no hablemos mas del caso, contestó el conde, 
y tendiéndole la mano añíidió con traiupiila y fir- 
me ]"esolucion : mañana, partiremos y no ha de 
ser el cielo el que lo impida. 

Luego, (?(m paso lento se dirijió á su habitación 
dejando á Guido atónito. 



EN FERRAKA. 95 



Largo rato trascurrió sin que este hiciera uii 
solo movimiento, ni dejara notar en su fisonomía 
una sola manifestación que no fuera la de un do- 
lor intenso sin esperanza* de consuelo. 

Los minutos se sucedieron, el péndulo que col- 
gaba de una de las paredes del comedor dio las 
once . Su agudo timbre debió herir de una mane- 
ra extraña los oídos de Guido, i)orque abriendo 
los ojos con espanto y volviendo á todos lados su 
mirada extraviada, exclamó como enajenado diri- 
jiéudose apresuradamente á la inmediata galería 
para ganar la escalera : 

— El cielo me ha cerrado sus puertas, y, maldi- 
to por Dios, sólo me esperan los tormentos del 
infierno. 

— "No ! te engañas, exclamó una voz interrum- 
piéndole, si i)ara alguien el cielo estará siemj)re 
abierto, es para ti, mi ijobre Guido. 

— Leonora ! exclamó el joven retrocediendo. 

— Silencio, murmiu'ó á su oído la condesa. 

Y sin que Salvi iludiera darse cuenta de cuanto 
le pasaba, se encontró en el ajiasento de Leonora, 
á donde jamás se habia permido penetrar. 



EN FERRARA. 97 



IX. 



SOMBSAS. 



Proñindaineiite conmovido ijor los extraños in- 
cidentes de aquella íntima velada, San Germano 
se dirijió á su apovsento, sintiendo ])ov la immera 
vez después de mnclios años de imperturbable 
calma, una inquietud inexplicable en el ánimo, y 
algo, semejante á una jnano de plomo, pesar 
sobre su corazón. 

Las habitaciones del conde, así como las de su 
esposa, estaban situadas en el cuerpo inincipal 
•del ijalacio, pero separadas entre sí por el i)arén- 
tesis de ima antecámara, cuyos balcones como los 
<le ambas babitaciones, daban á la misma calle. 

Sin iiensar en desvestirse, el conde se dejó caer 
^n un sillón apenas llegó á su aposento ; y por al- 
gunos minutos x)ermaneció absorto en muda y 
^concentrada meditación. 

(7 ). — IJIPKKXTA l'KDKRAL. 



98 UNA NOCHE 



— Pobre Guido ! exclamó luego suspirando, 
cuánto debe suñir ! Pero por qué guardar conmi- 
go tal reserva ? no be merecido siempre su con- 
fianza ? 

Y poniéndose de pié se acercó á la cabecera de 
la (3ama, tiró del cordón de una campanilla y co- 
menzó á' recorrer el aposento del uiio al otro ex- 
tremo, hablando siempre; en alta voz, ])evo con 
acento dolorido : 

— Mi c&,beza se i)ierde en conjetiu^as. Qué pue- 
de motivar en él tanto abatimiento y tal congoja? 
Qué misterio es ese tan profundo que no se atreve 
á revelar ? En fin, ya que se niega esta vez á con- 
fiarme sus secretos, lo que casi me parece una in- 
gratitud, respetemos su silencio que de seguro se 
lo impone un noble sentimiento. 

— Ya estaba en el tercer sueño, dijo cortando la 
palabra á San Germano, un vejete soñoliento, que 
abriendo suavemente la puerta entró restregándo- 
se los ojos y rascándose la cabeza. 

— Te be incomodado, Martino, dijo el conde 
volviéndose al viejo dormilón, que entre otras 
funciones, bacia mas de medio siglo que desempe- 
ñaba el honorable cargo de mayordomo del pala- 
cio ; porque es necesario que te aj)resures á liacer 
esta misma nocbe mi equipaje y á prepararlo todo 
para partir mañana. 

— Para partir mañana '¡ repitió Martino abrien- 
do tamaños ojos. 

— Si á ello no se opone la condesa, contestó 
San Germano, mañana dejamos á Ferrara; alís- 
tate á tu vez porque partes conmigo ; aliora dame 



EN FEHRARA. 99 



un i)eílazo de papel para pedir algún dinero á mi 
banquero. 

— Es cosa decidida ? 

— Decidida, si á ello como ya te lo lie diclio no 
se opone la condesa. 

—Y á donde vamos, señor conde, ó mejor dicho, 
á donde me lleváis, si no es mía impertinencia 
de mi liarte tratar de averiguarlo ! 

— 1^0 lo sé, amigo mió. 

— No lo sabéis ! exclamó el criado con extrañe- 
za y como dudando de liaber oído bien. 

—No. 

— Hé aquí pues, una <le esas cosas que yo nun- 
ca lie podido comiirender, dijo asombrado Martino, 
y por las que mas de una vez me Labeis llamado 
cabeza dura, gruñón, empecinado, mala. ... 

— Sí, sí ; ya entiendo, y todo lo demás «pie Dios 
permita que no se te ocurra repetir, dijo el conde 
con imi)aciencia, cortando al yíq^o la i)alabi'a. 
Sin embargo, esta vez no liabria razón x)ara cali- 
ficarte tan duramente. 

— Pues señor, de mal en i)eor ; no comi)rendo 
como es posible que. ... 

— Ya comprenderás, mi viejo iimigo, cuando 
sei)as, si te lo dejas decir, que Guido parte maña- 
na y que nosotros le seguimos. 

— Pero el señorito sabrá al menos donde ya, 
que de lo contrario se me desvanece la cabeza y 
me dan calofríos de pensar que vamos á no se que 
parte, ni x)or no se que camino, ni á no se qué. . . . 

— En ese punto lo creo tan adelantado como tú, 
agregó San Germano con benevolencia ó imiii- 
diendo á Martino dar soltura á la lengua ; pero 



100 UNA NOCHE 



no te inquietes por eso, ya en el camino, lo menos 
difícil será elejir donde llegar. 

— Sin embargo 

— Oh ! no insistas ; dame recado de escribir. 
Y sentándose junto á una mesa, á la que 
Martino se apresuró á traer lo que le babian exiji- 
do, San Germano volvió á caer de nuevo en su 
interrumpida i)reocui)acion, olvidando completa- 
mente la presencia del criado ; mientras que 
éste á su vez, conteniendo á duras penas los ím- 
petus de su charlatanismo, se desahogaba hacien- 
do muecas y jesticulaciones, como quien sostiene 
consigo mismo ó con invisible interlocutor aca- 
lorada discusión. 

— ^En realidad, decia el conde cavilando en voz 
alta, la conducta de Guido, de dos años acá, ha 
debido impresionarme antes de ahora. Su carácter 
se ha modificado ; hace tiemi)o que no le veo reir, 
lo que es tanto mas extraño, cuanto que »era tan 
festivo antes, como hbi se muestra reservado é 
hipocondriaco. • Qué causa puede haber cambiado 
de esa manera su bella índole y las francas expan- 
siones de su alma ? Por qué no hacer uso del eré-, 
dito ilimitado que le he abierto en casa de mis 
banqueros ? Ayer. ... sí, ayer nada menos, me 
decia Fiori asombrado, que hace dos años que 
Guido no toma mi ducado de la caja de su banco. 
Esto es incomprensible; casi es esa la misma 
fecha que hacevino á Ferrara, después de termi- 
nar sus estudios y de dar punto á sus viajes. De 
donde diablos puede i^rovenir tan exaj erada deli- 
cadeza ? habrá creído, porque me encontró casado 
cuando vino, que no tenia derecho como antes, á 



EN FERRARA. 101 



todo lo que es mió ? no sabe por ventura, también 
como yo lo sé, que soi suficientemente rico para 
los dos ? no lie sido para con él un verdadero 
padre f Todo esto no pasa de ser una solemne 
tontería. Pero vamos, añadió escribiendo algu- 
nas líneas, no podrá recbazar sin tener antes con- 
migo una seria explicación, esta letra de cuarenta 
mil francos que le baré entregar mañana. 

— Eealmente, señor conde, exclamó Martino, 
sin poder dominar por mas tiemi^o la lengua, lia 
meses que vengo notando triste al señorito. 

—Tú también lo bas notado f 

— Cómo no, si eso se deja comprender al primer 
golpe ; esta nocbe por ejemiilo, cuando le vi entrar 
al palacio, corrí á la escalera para saludarlo y reñir- 
le á la vez j)or su larga ausencia de esta casa; pero 
en vano le bice cortesías y amonestaciones y aga- 
sajos ; iierdí todo mi latin : ni siquiera se dignó 
contestarme, y eso, que ya sabéis el cariño que le 
tengo desde que era i)equeñito, y las pruebas de 
afecto que le be dado, y los sudores que me ba 
becbo pasai\ y lo que mis pobres piernas ban su- 
frido corriendo tras él por el jardín, y la muerte de 
mi cotorra del Brasil abogada en el estanque, y 
mis rebquias de la Tierra Santa que enterró para 
santificar el buerto, y 

— Sé todo «so, Martino, dijo el conde con bene- 
volencia é interrumpiendo al viejo cbarlador : 
pero ni tú ni yó sabemos basta abora la causa de 
su tristeza. 

— ^Perdonad, señor conde, yo sé que 

— ^Basta, bien ! tú lo sabes todo y no sabes nada. 

— Pero es. insistió el viejo. 



102 UNA TÍOOHE 



—Qué! 

— Que iiie duele ver triste al señorito. 

— Tienes razón, á^nií me sucede otro tanto. Yo 
liabria deseado que nos hubiera salido mas pala- 
vera, aunque sus lociu'as le hubieran inducido á 
deriíochar mi fortuna. Pero no debe uno quejarse : 
lo que Dios ha hecho, está bien hecho,' agregó 
levíintándose ; y si son simples cai)richos y necias 
preocupaciones las que hoi le i)ertm'ban, dia 
vendrá en que todo se aclare, y entonces á cara 
descubierta habrá oportunidad para reñirle. 

El conde despidió á Martino, quien en vano insis- 
tía 1)0]' dai- sueltíi (x líi lengua, y que, corrido, salió 
gruñendo como un perro regañón ; luego escribió" 
algunas cartas, volvió á pasearse de nuevo i)reo- 
cuj)ado, y sin i)oder tranquilizar su espu'itu, se 
dirijió á uno de los balcones para^ aspirar el aire 
fresco de la noche. 

Al abrir el balcón, San Germano notó con ex- 
trañeza que uno de los vidrios habia sido roto 
como i)or la acción de un proyectil lanzado desde 
la calle, i^ero sin dar mayor importancia á este 
accidente, que la que á primera vista pudiera me- 
recer, fué á apoyarse de codos en la torneada ba- 
laustrada, y sus miradas se perdieron en la osciui- 
dad de aquella noche negra y profunda, como la 
boca inmensa de un antro misterioso. 

A medida (pie el conde recibía las aromadas 
emanaciones de los jardines cercanos, que una 
brisa sutil ajital)a con sus tijeras alas ; sus ojos va- 
gaban inciertos en ineílio de a(iuel piélago de som- 
bras, donde nada resaltaba, donde no lucia 
un so] o rastro luminoso,; donde todo parecía 



EN FERRARA. 103 



haberse fundido en las tinieblas, y donde no 
se producía una sola manlíestacion que no fue- 
ra la del quietismo mas absoluto, unido á la 
oscuridad mas com]ileta. En el cielo, ni una 
pálida estrella, ni siquiera una nube aploma- 
da : todo negro crespón. En la tierra, ni mía 
fosforescencia, ni matiz algmio que i}udiera 
revelar la vida : todo sombras. El reflejo mismo 
de la bujía que ardia en el aposento, no alcanzaba 
á la calle, detenido como estaba i)or la espesa pan- 
talla de las cortinas. Las sombras vencedoras 
extendían por doquiera su inmenso manto fú- 
nebre. 

En vano trató San Germano de habituar sus 
X)ui)ilas á aquel indeciso y profundo horizonte, que 
se extendía ante ellas como la eternidad, sin j)rin- 
«ipio ni fln ; que atraia sus miradas con la vertiji- 
nosa atracción del abismo ; y que despertaba en 
su alma una de esas misteriosas inquietudes, espe- 
cie de alucinaciones supersticiosas, que á veces 
traducimos por funestos x^resentimientos. Des- 
pués de larga lucha entre sus ojos y la inmensidad 
de aquel pavoroso y aparente vacío, el conde se 
disponía á dejar el balcón, abrumado como estaba 
con el peso de sus propios pesares, y por la con- 
templación de tan triste espectáculo; cuando á 
falta de luz, oyó en la calle pasos que se acerca- 
ban, y que al fln se detuvieron bajo los balcones 
del aposento de la condesa. 

Un reloj lejano dejó oir, en aquel momento, al- 
gunas confusas campanadas que se perdieron sin 
eco en la lóbrega quietud de la noche; y casi al 
mismo tiempo, y en la dirección en que los iDasos 



lOá UNA NOCHE 



se liabiaii detenido, chispeó im j)ederual con in- 
tervalos repetidos hasta encender una pajuela que 
brilló cual rojo meteoro en medio de la oscu- 
ridad, y á cuya luz mezquina divisó San Germa- 
no dos hombres embosados, que consultaban en 
un reloj de bolsillo la hora que habia sonado á lo 
lejos. Luego las sombras se tragaron la débil 
luz de la pajuela, y todo volvió de nuevo á las 
tinieblas. 

Una viva inquietud se opoderó del conde ; la 
escena de que habia sido testigo, aunque sencilla 
de por sí, dejó en su imajinacion un rastro fan- 
tástico difícil de borrar. Eej)entinamente recor- 
dó el vidrio roto del balcón, como tratando de 
relacionar aquel extraño accidente, con la presen- 
cia de aquellos desconocidos que se hablan dete- 
nido bajo los balcones del aposento de Leonora ;; 
y doblemente preocupado, se esforzaba en i^ene- 
trar la oscuridad, cuando un murmullo semejante 
al de una voz que se cuida de no dejarse oir, llegó 
confusamente á sus oídos. San Germano redo- 
bló la atención sin alcansar á j)ercibir de una 
manera intelijible lo que tan misteriosos interlo- 
cutores platicaban en la calle, é inmóvil, y con- 
teniendo la respiración, como si estuviera i)róxi- 
mo á descubrir mi secreto que anhelaba saber, 
permaneció en el balcón presa el alma de indeci- 
ble emoción. 

Los dos embosados por su parte, no creyéndose- 
espiados, ni menos descubiertos, en una noche- 
como aquella, tan propicia al misterio, se hablan 
acercado á la fachada del i^alacio, y en voz baja 
pero clara, aunque no tanto como para llegar hástát 



EN FEEEABA. 105 



el conde, dijo aquel de los dos que parecía tener 
mayor autoridad : 

— ^Despacliémonos. La carta está ya adentro f 

— Sí, monseñor. 

— Tienes seguridad completa I 

— La iñedra á que iba atada, subió como estaba 
convenido, rompió los vidrios que oí estallar cla- 
ramente, y no volvió á caer. 

— Está bien. Cómo se hace abora la ascensión ? 

— De la. manera mas cómoda que os podéis ima- 
jinar, señor abate. Cómo ya lo he in-acticado i>or 
via de ensayo, trepo amoldándome en estas gnie- 
sar molduras, que no parece sino que fueron 
hechas con el laudable objeto de permitir escalar 
fácilmente los balcones de este iDalacio. Dios 
tenga en su santa gracia á tan inj enloso arqui- 
tecto. 

— Sé que has trepado x)or esa pared como si 
fueras lui lagarto, y que volverás á subir sin difi- 
cultad ; mas por lo que á mí hace 

— ^íí'otad, excelencia, que los balcones no son 
altos ; apenas si se elevan veinticinco palmos del 
suelo. 

— ^Ya lo veo, agregó Borelo tratando de medir 
con los ojos la distancia indicada ; ¿ pero cómo 
diablos te imajinas que puedo yo subir ? 

— ^Descuidad, que eso corre de mi cuenta. 

— ^A menos que no quieras poner á prueba mi 
ajilidad, y en peligro mi futura grandeza, no se 
me ocurre, cómo podrás vencer esa dificultad á 
que mis piernas, y sobre ítodo mis manos, añadió 
el abate acariciándoselas, se resisten desde luego. 

— ^Monseñor va á salir déla duda, dijo Maese 



106 UNA NOCHE 



Carpiíietto, sacando de debajo de la capa un paque- 
te de cuerdas que presentó al abate con ademan 
de triiuifo. 

— Esperaba que se te hubiera ocurrido algo se- 
mejante, contestó Borelo ; pero te advierto que no 
expondré mis pobres manos, á trex)ai' como las de 
^saltimbanquis, por una cuerda semejante. 

— Eeparad que no es una simjile cuerda lo qtie 
os ofrezco, contestó el tabernero, sino una es- 
cala en toda regla, sólida y cómoda, como para 
trepar los mismos ánjeles al cielo, si no tuvieran 
alas. 

— Confieso que eres lui prodijio de injenio, mi 
querido Oarpinetto, exclamó Borelo examinando 
la escala : no liai más que desear. 

— AJiora, señor abate, agregó el tabernero, ha- 
cemos la siguiente operación. Yo subo como ya 
os lo he explicado, apoyándome en las molduras 
de la i)ared ; ato en los hierros del balcón uno de 
los extremos de la escala ; bajo por ella para ga- 
nar tiempo, y entonces sostengo el extremo flo- 
tante, para que suba vuestra señoría con más co- 
moflidad. 

— Convenido : se hará como lo dices, dijo Bore- 
lo frotándose las manos con nerviosa alegría; 
pero dime antes de ascender á mi palco : estarán 
ya los actores en escena? 

— Hace un cuarto de hora que se oye platicar 
tiernamente detrás de esas cortinas. 

— Entonces, manos á la obra, mi carísimo Car- 
l)inetto. Cuida de no romi)erte la crisma, y ya 
tendrás i)ara reir por todo el resto de tu vida. 



EN FERKAlíA. ' 101 



— 'Nó liai cuidado, monseñor, el camino del 
cielo se me ha hecho familiar. 

Y tomando en los dientes uno de los extreu^os 
de la escala, Maese Carpinetto se disponía á tre- 
par por las moldm'as, cuando de improviso se 
sintió agarrado por el cuello con ^dolenta rudeza. 

— Qué acontece ? exclamó el tabernero soq^ren- 
flido. 

— Esliera lui momento, dijo Borelo con voz 
sorda j sujetando siempre á Carpinetto. 

— Falta alguna i)recaucion por tomar, exce- 
lencia ? 

— 1^0, contestó secamente Borelo ; pero esliera. 

Y acaso por la i)rimera vez, la frente del abate 
.se inchnó líensativa, y del fondo de aquel cora- 
.'zoii empedernido i)or el libertinaje hasta adquirir 

con la diu"eza del granito, la Maldad del témi)ano 
de hielo, brotó un relámxiago de sensibilidad que, 
mas que un destello de la conciencia, fué la pos- 
trera manifestación de la hidalguía de la sangre 
al rebelarse contra aquel cobarde proceder. Pero 
este rayo luminoso, esta chispa brillante, dm*ó 
apenas un momento : el alma pervertida del abate 
volvió de nuevo á las tinieblas, en que, para siem- 
X)re habia de estar siuuida ; Borelo irgió de inievo 
la cabeza, y arrojando un formidable jm'amento, 
apuntalado entre las ásperas cadencias de una 
risa satánica y burlona, exclamó indignado con- 
tra sí mismo : 

— Que se desi)lome el cielo y caiga si le place. 

— Teméis, señor abate, (pie no sea fuerte la 
^^escala ? preguntó Carpinetto. 



108 UNA NOCHE 



— Yo nada temo, nada, exclamó Borelo con 
amenazante entonación, 

—Entonces ? agregó el tabernero. 

— Arriba y que el diablo cargue contigo. 

— Descuidad, monseñor, lo que es á él no le 
temo, dijo Oarpinetto trepando con asombrosa 
ajilidad i)or las molduras de la pared ; y no le 
temo, desde que tuve la fortmia de colocarme 
bajo vuestro patrocinio. 

Por toda respuesta, Borelo Mzo chispear de 
nuevo el i)edernal y encendió la pajuela, para dar 
á sus ojos el cm'ioso espectáculo de las acrobáticas 
contorsiones que i>onia en juego el tabernero 
para escalar el balcón. 

Y el jigantesco lagarto fué ascendiendo lenta- 
mente, con gran satisfacción de parte del abate, y 
grande asombro de i)arte de San Germano, quien, 
dudando de sus ojos, quedó por algunos instantes 
como i)etrificado. 



EN FERRAT^A. 109 



X. 



FATALIDAD. 



Mientras acoutecia en las liabitaciones de San 
Germano y bajo los balcones del palacio, cuanto 
acabamos de referir, una escena comi)letamente 
opuesta á aquellas, y (pie podria estimarse como 
la verdadera antítesis de las ya bosquejadas, te- 
nia lugar en el aposento de la condesa . 

Dos almas embriagadas de amor y de felicidad, 
oMdaban en medio de los arrebatos de su mutua 
terniu'a, la lei inexorable que pesaba sobre ellas : 
la que en breve liabriíi de separarlas, y que en 
dolor acerbo y desesperación, vendría á trocar la 
sux)rema expansión de sus afectos, la dulce ventu- 
ranza de aquel divino éxtasis,- alcanzado por el 
amor sobre el duelo del corazón.' 

¡ ¡ Cuántos ai:canos encierra el corazón de hom- 
bre ! ! qué fuerza oculta, qué dualidad misteriosa 
se desarrolla en él i)ara sentir; j)ara sentir á ve- 



lio UNA NOCHE 



ees, inundados los ojos de lágrimas amargas, tras- 
I)ortamientos de infinita ventura, que ganan en 
intensidad lo que aparentemente menguan las 
manifestaciones del sufrimiento. 

¡ ¡ Dolor ! ! por mas negro que seas, por mas 
hondo gue j)uedas lierir el corazón, tu poder no 
avasalla jamás en absoluto esa íntima aspiración 
áT)ios, que es la esperanza ; y que cual luz ines- 
tinguible alienta á los infortimados, quienes del 
seno mismo de sus profundas congojas, ven des- 
i^untar radiante la aurora de la inmortalidad. 

Enlazados en casto y convulsivo abrazo la con- 
desa y su amante, uuian á sus lágrimas, caricias- 
llenas de ternura, juramentos de fidelidad, y con 
soladoras esperanzas cifradas en el mas allá de la 
existencia. 

El amor con sus ími)etus ai)asionados, parecía 
haber borrado de sus almas, con el recuerdo de 
todos los dolores hasta entonces sufridos, la i)ena 
aun mas amarga i)or que hablan de i)asar. 

Pero cuan rápidos se deslizan los instantes en 
que líi felicidad nos acaricia con su aliento embal- 
samado ! qué cortos i)arecen los momentos en que 
nuestras almas desjjrendidas de los lazos terrena- 
les ascienden, como en alas de jenios invisibles, á 
esas jL'ejiones venturosas de los dulces arrobamien- 
tos, y de las inefables exi)ansiones ! 

^\.l)enas para aquellas dos almas, esos instantes 
duraron lo que dura mi suspiro en exhalarse; , lo 
que uníi pulsación del corazón, en suceder í'i otra^ 
de las del mesurado ritmo de lo latidos invisil)]es. 

Como el verdugo (?n d(?maiida de la víctima, 
el rcuerdo del infortunio vino de súbito á la me- 



EN FERRAKA. 111 



moria de Leonora á cortar de raiz aquellas pláci- 
das emociones de su alma enamorada. Un grito 
desgarrador se escai3Ó á la condesa, y despren- 
diéndose de los brazos de Guido, exclamó fuera 
de sí : 

— ¡ Qué horrible fatalidad, Dios mió ! Qué sue- 
ño ! Qué despertar ! Guido, mi Adorado Guido! 
por qué nacimos, si est.aba prohibido á nuestras 
almas reconocerse como hermanas y amarse como 
esposas. Ah ! j)rosigió la condesa soUosando, y 
no sernos permitido ni aun siquiera morir juntos ! 
Si nuestra existencia hasta hoi ha sido un sueño, 
de hoi en adelante no será sino eterno suijlicio. 

— Oh ! tú no debes morir, tú no te perteneces, 
exclamó Guido con profiuida amargura ; deja á 
mí solo la expiación, que contigo, ánjel de amor y 
de virtud, será clemente el cielo 

— No, esa clemencia seria ijara mí el mayor de 
los castigos. 

— Que sufrirás siendo inocente 1 cuando el ver- 
dadero culi)able he sido yo ? Yo que te he arras- 
trado á la desesperación, después de haberte roba- 
do á la ventura eterna á que estabas destinada. 

— 'No, Guido, no blasfemes así de nuestro amor; 
no mancilles con recriminaciones, hijas solo del 
despecho, el altar que levantaste en mi alma, y 
en el que eres adorado como un dios. 

—Leonora, esa soblime ternura acrecienta los 
remordimientos que me devoran ; yo daría toda 
mi sangre por enjugar una sola de esas lágrimas 
que te arranca el dolor. 

— Y en cambio, amigo mió, yo las bendigo y no 
de ahora. Cuando tus ojos incendiaron mi alma 



112 UNA NOCHE 



y fué tii>:a toda entera, no se me ocultaron, ni en 
el primer momento, las hondas pesadumbres que 
un (lia, por nuestro amor tendría que ijadecer ; y 
de antemano bendije las lágrimas que ^ov ti pu- 
diera derramar, como bol bendigo el acerbo dolor 
que experimento. 

— Exajeras liara consolarme. 

— Te engañas ; si en cambio de una de esas 
horas de inefables dulzuras, en qué juntos hemos 
soñado con un cielo vedado á nuestras almas, me 
ofrecieran de nuevo los tormentos que suñ-o, y 
iiuu mayores, si es posible que existan ; yo corre- 
rla ii abrazarlos, y destrozado luego el corazón 
por ellos, te diria como ahora : los amo y los ben- 
digo porque vinieron de tu amor. 

— Calla, no hables así que vas á enloquecerme. 
Mi espíritu se abrasa en las llamas de un infierno 
que forman en mi alma mil pasiones opuestas y 
encontradas. Siento la voz del egoísmo gxitar 
más alto que el reclamo de la conciencia. Leono- 
ra ! no creo tener ya fuerzas para abandonarte. 
Y por qué abandonarte? exclamó Guido con 
enérjica y despechada resolución; ¿no eres mia 
como mi propio corazón f i)uedo acaso arrancar-, 
meló del pecho y destrozarlo sin pasar i>or un 
monstruo abominable ? ISío ; nada es capaz de 
autorizarlo ; ní> hai una lei tan bárbara que nos 
condene al suicidio. 

— Qué pretendes entonces? exclamó alarmada 
la condesa. 

— Puedo saberlo ? puedo i)reveer lo qué el des- 
tino nos haya reservado 1 Leonora, Leonora mia ! 
Yivir lejos de ti es un suplicio al que mi alma se 



EN FERKAlíA. 113 



resisfe indignada. Mentir, engañar, haper trai- 
ción á mis deberes, sufocar el clamor de la con- 
ciencia, arrastrarme en el fango de la ignominia, 
y con esas faltas, todas las miserias y todos los 
crímenes que de ellas se derivan, y que hasta hoi lie 
rechazado con la entereza de la virtud, me i)are- 
ceii mas fáciles de realizar en este instante, que 
el decirte para siempre adiós. 

— Guido ! no eres tu quien me habla ! exclamó 
la condesa asombrad». Tu razón se extravía; 
lo <}ue xireteiides es horrible. Yo no te amarla 
así i)tíro no, miento, miento, añadió Leono- 
ra ahogada por el llanto. Plasta envilecido, mi 
alma no sabría sino amarte ; pero serias tú enton- 
ces (pilen no podrías amar á quien así te amase. 

— Entonces á morir ! dijo Guido con acento 

sonibrío. 

— Ah ! lo había olvidado, tornó á exclamar 
Leonora palideciendo de terror. 

— j!^o me queda otro camino. 

— Oh ! no lo repitavs si no <piieres que muera de 
desesi)eracion. Ese duelo es imposible ; tú no 
jiuedes batirte, por que no tienes derecho á expo- 
ner una vida que no te pertenece. Separémonos, 
Guido, huye de mí, aléjate, pero ^^'ive, vive 
para yo vivir. La idea de l;i muerte me aterra, 
sus misterios me espantan ; sólo á tu lado y arro- 
jando en tu seno el último suspiro, tendría valor 
para esperarla con resignación. Pero sola, aban- 
donada, sin tu i)resencia (pie me dé valor, es 
horrible, espantosa. Ten piedad de tu x^obre 
Leonora. 

(8).— IMIMÍIÍXTA ]'j:de«al. 



114 UNA NOCHE 



Y por sus jjálidas mejillas corrieron nuvas 
lágrimas. 

— Mi honor está emj)eñado, contestó Guido 
esquivando el líoder fascinador de aquellas lágri 
mas que surcaban el rostro de su amada. 
. —Di mas bien que te ciega el orgullo. 

— Leonora 

— Y que á él me sacrificas sin compasión y sin 
remordimiento. 

— Piedad ; mi cabeza se incendia ; mi corazón 
va á estallar en jpedazos. ¡ Qué tormento y qué 
lucha tan horrible ! 

— ^Es demasiado tentar á Dios, amigo mió ; no 
insistamos en esa via de culpables extravíos. Sea- 
mos fuertes hasta cumplir el sacrificio que nos 
hemos impuesto ; que nuevos remordimientos no 
turben de hoi en más la serenidad de muestras 
almas depm^adas por el martirio. Como última 
gracia al amor inmenso que rebosa en mi ser, 
concédeme tu vida ; sé jeneroso, desoye los recla- 
mos de un orgullo insensato, piensa én mi tran- 
quilidad, y no agregues nuevas llenas á quien 
vive con tu vida y siente con tu alma. La sepa- 
ración para nosotros no es lui obstáculo á la feli- 
cidad ; si nuestros cuerpos van á estar separados, 
nuestras almas, por el contrario, vivirán sienijire 
juntas ; los ensueños del espíritu llenarán el vacío 
de las largas horas de la ausencia, la esperanza 
alimentará constantemente nuestros corazones, y 
puede que llegue un dia, en que, apiadado el Se- 
ñor, de nuestras a.margiKas, nos sea lícito acercar- 
nos de nuevo, para no separarnos jamás. 



EN FERRARA. 115 



— Eres un áujel de resignación, mi adorada 
Leonora, pero mi suerte está ya decidida. 

— Cruel ! 

— Perdóname ! perdóname ! ^o sé lo (pie digo ni 
menos lo que j)ienso : mi razón vacila, estoi loco : 
sí, loco, pero no liasta el punto de dejar de com- 
l)render, que de ese duelo que te esfuerzas en im- 
l^edir, depende tu futura tranquilidad. Sforzzi 
conoce nuestro secreto ; ese , secreto que no nos 
habria arrancado la tortura, y que hoi va á divul- 
garse si no logro que el marqués enmudezca x)ara 
siemi)re. 

— Oh ! no hablará ; mi corazón lue dice que éi 
tendrá i)iedad de nuestras penas. 

— Te engañas ! Él se vengará de tus desdenes 
condenándote á la deshonra. Y i)uedo tolerarlo ? 
exclamó Guido indignado con tal suposición. Im- 
l)osible ! Ese hombre debe callar, ó yo morir. 

— ITo, no lo repitas ; por tu vida no hai sacri- 
ficio á que no esté dispuesta; deja que me calimi- 
nie, que arrastre mi nombre por el fango 

— ^Deliras, Leonora, exclamó Guido interrum- 
I)iéndola ; yo seria un miserable si i)ermitiera seme- 
jante i^osibilidad. Ese hombre habrá muerto ma- 
ñana. Así i)odi'ás esperar el i)oryenir, si no tran- 
quila, i)or lo menos resignada ; de lo contrario tu 
misma tendiias derefcho x>ara maldecirme y recha- 
zarme de tu lado como indigno de tu amor. Adiós! 

— Júrame antes que no te bathás, exclamó la 
condesa poseída de violenta desesperación. 

— Tu honra reclama lo contrario, de lo que 
piden tus labios. 

—Mi honra ? 



lio UNA NOCHE 



—Sí. 

— Oh ! yo la desprecio y la maldigo si ha de 
costarte la existencia. 

— Leonora, no piensas lo que dices ; el nombre 
que llevas es sagrado para mí, y por no verlo 
escarnecido, seria cajjaz de todos los sacrificios y 
aun de todos los crímenes. 

— Oomiu'endo que tú sientas así, exclamó la 
condesa en el i)aroxisnio del dolor ; i^ero yo na 
puedo conformarme con la idea de que puedes 
morir en ese duelo. Piensa que me volverla loca ; 
que en el extravío de mi razón le , diría al conde 
lo que liasta hoi le hemos ocultado, y que para 
no dejarme en el j)orvenir una sola esperanza de 
sociego, me calumniaría hasta gritar ante mis 
l)adres : despreciad á vuestra hija, por que está 
deshonrada. 

— Callaos, desdichada ! ! exclamó San Germano . 
arrojando un alarido- desgarrador desde la inme- 
diata estancia, á tiemi)o que un cuerpo j)esado 
golpeaba la i)uerta del aposento de la condesa.. 

Leonora lanzó un grito de supremo terror ;: 
y trémula de espanto fué á caer en los brazos de 
Guido, yerto y atónito a su vez, cual si mi rayo lo 
hubiera anonadado. 

— Abrid, señora, abrid ! i)rosiguió San Germano 
con acento terrible, sacudiendo la puerta con vio- 
lencia. 

Pero como si realmente el terror los hubiera 
convertido en estatuas, ni Leonora ni Guido hi- 
cieron un movimiento que traicionase alguna vida 
en el fondo de sus corazones paralizados ; y con 
los ojos fijos é inmóviles en a(|uella imerta que 



EN FEBKABA. 117 



íiúii los separaba de la última vergüenza y de la 
justa venganza de San Germano, oyeron de nuevo 
la voz ahogada del conde que repetía golpeando 
la puerta con los i)iés y las manos : 

— Abrid, abrid, señora, ó hago que los criados 
vengan á ser testigos de vuestra infamia y de mi 
-deshonra. 

— Oh ! El infierno se ha abierto al fin bajo mis 
pies, murmiu'ó Guido derramando una lágrima , 
lágrima ardiente que semejante á una gota de 
lava, cayó abrasando la ñ'ente de Leonora. • 

La coiidesa exi)eriment6 un violento sacudi- 
miento al contacto de aquella lágTima, y poseída 
del innato sentimiento de la conservación, corrió 
-ú echar nuevos cerrojos á la puerta que cedia. 

— En vano tratarás de x)ponerte á la justicia 
divina, dijo Guido cuya extremada palidez lo ase- 
mejaba á un cadáver. Abre más bien la puerta y 
que nuestro destino se cumpla. 

— ^Antes es necesario que huyas, que te ocultes, 
(lue desaparezcas de este aposento, le contestó la 
condesa con esa verbosidad inconsciente, que pro- 
duce el terror, cuando no i)araliza la circulación y 
amordaza la lengua. 

— Huir ! ! dijo Guido con desdeñoso asombro, 
I sabes lo que me propones ? Orees por ventura 
que sea tan miserable que esquive la responsabili- 
dad después de haber causado el daño? 

—Pero, j)iensa, insensato, que no debe hallarte 
^quí, exclamaba la condesa, esforzándose en per- 
suadir á Guido. Este es mi dormitorio, un hom- 
bre en él á estas horas es la evidencia del delito, y 
yo no soi tan culpable! 



118 UNA NOCHE 



— Abrid, repetía iraciinda la voz de San Ger- 
mano. 

Y violentas sacudidas liacian crujir la ]3uerta, 
que resistía con la tenacidad denni cómplice pa- 
gado á peso de oro. 

'- — Leonora, volvió á decirla Guido, esta escena 
no xjuede prolongarsií por más tiemj)o. Si tú no 
abres, yo lo liaré. 

— Oh ! no lo intentes, exclamó Leonora detenién- 
dolo, si no quieres verme morir de vergüenza á 
sus i)iés. 

— Miestra última hora lia llegado. 

— Sálvame, Guido, sálvame ! Si en el fondo de 
tu alma queda aun para esta mujer abandonada 
un resto de piedad, no me entregues á su despre- 
cio en tu iiresencia ; yo te lo suplico de rodillas, 
por nuestro amor y por mis lágrimas. 

Y la desventurada cayó ante Guido de hinojos, 
los brazos extendidos, ó inundados los ojos de 
amargas y copiosas lágrimas. 

— Leonora ! exclamó Guido levantándola. 

— Además, prosiguió la condesa, con creciente 
exaltación, él no debe saber nunca que eres tú el 
hombre por quien yo lo he traicionado ; tú no po- 
drás tampoco soportar su mirada acusadora, y 
sobre todo, Güidó, seria horrible y cruel de tu 
parte, presentarme tú mismo como culpable de 
una falta mayor en apariencia!, de lo que es en 
realidad. 

Dominado i>or el dolor y la desesperación de 
Leonora, Guido se detuvo, y sus ojos recorrieron 
el aposento como buscando una solución á aquella 
escena desgarradora. 



EN FEREAKA. 119 



Entre tanto ki condesa con la respiración conte- 
nida y el corazón i)aralizado, como el que espera 
la liltima i^alabra de. vida ó muerte, x^endiente de 
los labios de nn juez inapelable, lo contemx)laba 
con esa angustiosa y hinguida mirada con que 
las víctimas en el último trance suelen volverse al 
cielo. 

Esta escena muda, de sui^remo dolor y de ínti- 
ma agonía, calma más espantosa ami que los 
rujidos del huracán y , (}ue la voz terrible de la 
venganza, .duró apenas el tiempo que tardaron los 
ojos espantados de Guido en recorrer el aposento. 
Y de en medio de las imi)recaciones que i)roferia 
San Germano desde la vecina estancia, y entre el 
ruido de los golpes violentos que rebotaban sobre 
la puerta, la condesa oyó de súbito un grito aho- 
gado escaparse del pecho de su amante. 

— I Qué esperas ? Qué tienes ? x^i'^&^^i^^ó Leono- 
ra estremeciéndose de espanto. La puerta va á 
ceder ; se ha roto ya imo de los cerrojos ; va á en- 
contrarte aquí. Sálvame ! sálvame ! 

— Cálmate, contestó Guido con acento x)rofiui- 
do, fijando en el balcón del aposento una mirada 
de suprema meloncolía. 

— Pero si ya va á entrar ! ! 

-— ÍTo ! tornó á decir el joven sin apartar los 
ojos del balcón : aim no está todo perdido, pues 
que me quedas tú, sombra de las sombras, lóbre- 
ga eternidad, para ocultar mi vergüenza. 

— Qué me quieres decir ? Me muero de terror ! 
articuló débilmente la condesa. 

— Por el contrario, vive ; prosiguió Guido tro- 
cándose su aparente calma en desesperación* 



120 UNA NOCHE 



Vive Leonora para protestarle mi virtud, para 
significarle que lie sido fuerte en la lucha y que 
muero por salvarle el lionor. 

Y atrayendo á sus brazos en un i)ostrer arran- 
que de apasionada ternura, á aquella mujer tan 
ardientemente amada, depositó en su i)álida fren- 
te im beso cuyo eco remedó una i)iegaria. 

Luego, con voz cortada por el llanto, la dijo 
recliazíiudola de súbito, y corriendo atmxlido al 
abismo que le ofrecía ]a altura del balcón : 

— Adiós, adiós, hasta la eternidad! 

La condesa lanzó un grito. 

Gruido cerró los ojos, y fu^á lanzarse al abismo. 

Pero un hombre, que á horcajadas sobre la 
balaustrada del balcón, trataba en aquel momento 
de atar ti ella el cabo de una escala, detuvo 
sin quererlo la im])etuosa resolución de Guido. 
El choque fue violento ; la sori)resa de ambos^ 
• indecible. Dos gritos resonaron á un tiempo, y 
una lucha encarnizada se trabó entre los dos. 

Oarpinetto defendía su vida con la eneijía que 
presta la desesperación. Guido ansiaba la nmer- 
te, y líugnaba con la tenacidad de la locura, i)or 
arrastrar consigo hacia el abismo, á aquel impor- 
tuno testigo de su doloi' y su agonía. Al fin ven- 
ció la muerte; las rejas del balcón retembhiron 
al desprenderse de ellas con violencia las crispa- 
das manos del tabernero, que ensangrentadas por 
la lucha se asian á los balaustres con desespera- 
ción ; y dos cuerpos enlazados entre sí con las 
nerviosas crisi)atm*as de la agonía, rodaron al 
abismo, a tiempo^ que una estrepitosa carcajada 
resonaba en la calle,, y, que saltando en pedazos 



EN FERRARA. 121 



la puerta del ai)osento de la condesa, aparecia 
.San Germano. 

Si la muerte obedeciera al reclamo de nuestra 
voluntad, como obedecen al instinto muchas de 
las acciones espontánes del hombre, Leonora ha- 
bría muerto de súbito al ver aparecer á su mari- 
do, quien, violento como una ráfaga de temx)es- 
tad, se i^recipitó en el aposento dando visibles 
muestras de la mas terrible exaltación. 

Con los vestidos en desorden, pálido el rostro 
y descomiDuesto, vacilante el andar, y armado de 
una desnuda espada que en su trénnüa mano se 
mantenía vibrante, San Germano recorre el apo- 
sento con la avidez del tigre que, i)erdida la 
pista de la i)resa que persigue, se encarniza en 
descubrir las huellas que no encuentra, i)ero que 
deben existir allí donde las busca. Muebles, tai)i- 
cerías, cortinas, todo lo palpa, todo lo rejistra en 
silencio, con anhelante insistencia. Sus ojos, co- 
mo carbunclos inflamados, desi)iden rojas llamas. 
La condesa inmóvil y aterida de pavor lo ve pa- 
sar.y repasar junto á ella como el airado fantas- 
ma de la venganza y de la muerte. San Germa- 
no se detiene á veces para lanzarle, miradas terri- 
bles y siniestras, capaces de i^enetrar hasta en las 
entrañas de una roca. Luego torna á jirar como 
insensato, hasta que acercándose al balcón, su 
pecho deja oir un rujido^ y arrancando las corti- 
; tinas que arroja en jirones á los pies de Leonora, 
su mirada torva va á hundirse en las i)rofundida- 
des de aquella noche negra y pavorosa como el 
encono en que rebosa su alma. 

El conde interrogó la impenetrable oscuridad 



122 UNA NOCHE 



que, cual un manto fúnebre desprendido del cielo, 
se extendía sobre la tierra. Pero en vano busca 
un indicio palpable de la perfidia de Leonora; 
en vano fatiga sus oídos por ijercibir rumores ex- 
teriores que el viento flnje sin engañarle. ííada 
responde á su solicitud ; la eneijía que sostiene la 
ira, lo abandona ; el dolor se sobrej)one á los vio- 
lentos sentimientos que le animan, y agoviado 
bajo el |)eso de su inmenso infortunio, deja caer 
su noble frente sobre la balaustrada del balcón, 
como rinde el toro, cansado de bregar sin suceso, 
la enhiesta cerviz al matador. 

Cuántos recuerdos pasaron entonces por su 
mente ! qué de sentidas quejas murmuraron con- 
vulsivos sus- labios ! Todos los liecbos de su vida, 
dignos y honorables todos, reaparecieron á la me- 
moria, pero esta vez manchados por la traición y 
la perfidia. 

Si lágrimas pueden llamarse esas gotas de lava 
que la indignación hace brotar de nuestros ojos, 
como escorias y fuego vomitan los volcanes cuan- 
do están en eru]3cion ; el CM^nde derramó coj)ioso 
llanto sobre la tumba de su honor mancillado, y 
sobre los manchados cendales de aquel amor in- 
menso, que en los postreros años de su vida habia 
llenado su alma. 

Leonora para él, más que una esposa, habia 
sido hasta entonces el anjel protector de su feli- 
cidad. Sospechar de su virtud lo habría estima- 
do íiomo dudar de Dios y del honor. De qué 
altura tenia pues que descender su alma, para 
llegar á la sospecha ! ! A qué infierno bajar, para 
creer en la perfidia de la esposa adorada ! ! 



EN FERRABA. 123 



La duda era mas fácil de ser aceptada j)or su 
espíritu, que la evidencia misma de aquella abru- 
madora realidad. 

San Germano dudó ; y por un instante, á des- 
X3eclio de los celos, una vaga esperanza hizo latir 
su corazón. 

Esta muda concentración del conde, y aquella 
alternabilidad de relámpagos y sombras, que se 
sucedían en su alma con vertijinosa rapidez, duró 
lo que los labios de la condesa tardaron en mur- 
murar una oración. Sin embargo, Leonora con- 
taba los minutos por siglos, y si aun vivia ]3or un 
capricbo del organismo, su espíritu se cernía en 
el vacío. 

De pronto San Germano levantó la cabeza y, 
entrando de nuevo al aposento, sus ojos volvieron 
á encontrar la puerta destrozada por los golpes 
que él le babia prodigado ; sintió en su mano el 
puño de la espada, de la que poco antes se babia 
armado loara vengar su bonra ; y perplejo, con- 
fundido, dudando de la rectitud de su cerebro, 
bajólos ojos para no ver la palidez y el terror que 
se pintaban en el rostro de Leonora. 

Luego, avergonzado de haberse dejado arras- 
trar por la violencia de sus pasiones, el conde se 
dirijió á pedir á la ofendida esposa, una explica- 
ción satisfactoria de cuanto había pasa-do. Pero 
esta al verle aparecer de nuevo, retrocedió aterra- 
da ; y lanzando un alarido desgarrador, exclamó 
indicando con ademan terrible la frente del an- 
ciano: 

— ¡ ¡ Sangre ! ! ¡ ¡ Sangre ! ! ¡ ¡ Miradl ! Lo habéis 
asesinado. 



124 UNA NOCHE 



Y como se abate la palmera, arrancada de raíz 
l)or la acción violenta del huracán, la condesa 
■cayó inerte á los pies de San Germano. 

Por un movimiento maquinal el conde llevó las 
manos á su frente extrañamente humedecida, y á 
su vez horrorizado, las retiró manchadas de sanare 

Sin detenerse fué á tomar una bujía ; corrió 
íil balcón y examinó el lugar donde habla 
apoyado su frente. En la x^í^^rte superior de la 
balaustrada lucían algunas gotas de sangre, y 
entre las rejas divisó lui i)añuelo blanco cubierto 
también de rojas manchas. 

El conde lanzó un grito de rabia ; se apoderó 
del i)afiuelo, cuyo perfume, como las perniciosas 
emanaciones de esas plantas mortíferas que enve- 
nenan al aspirarlas, incendió de nuevo su cerebro; 
y examinando el pañuelo á la luz de la bujía, sus 
■ojos descubrieron dos iniciales acusadoras de la 
evidencia de su deshonra. 

San Germano inclinó abatido sobre el pecho su 
cabeza blanca y resi)etable, y abrumado de dolor 
se acercó á la condesa que yacia sin sentido sobre 
el pavimento. 

— Cuan mal has pagado mi cariño! exclamó 
contemplándola con indecible exi)resion de des- 
X)recio y de lástima. Miserable criatura ! 

Y oprimiendo contra el seno el pañuelo acusa- 
dor, como habría hecho un avaro para iirotejer de 
mirada envidiosa lui tesoro adquirido de imj)rovi- 
so, salió del aposento dejando abandonada á la 
condesa. 



EN FERRABA. 125 



XI. 



ECOS. 



La mañana que sigiüo á aquella noche de fu- 
nestos recuerdos, nació pálida y triste de las pasa- 
das sombras, como esas criaturas enfermizas, po- 
bres de sangi-e j aun más pobres de infantil ale- 
gTÍa, que heredan de sus i)adres con la vida el 
veneno que acortará sus dias, y los dolores que 
amargarán las inciertas horas de su existencia. 

Sobre nubes de plomo sin trasparencia ni risue- 
ños matices, el sol apareció cual un fastasma, en- 
vuelto enti'e flotantes y pardas vestiduras. 8us 
rayos embotados en la inmensa pantalla que los 
aislaba de la tierra, apenas alcanzaban á esparcir 
iuia mezquina luz crepuscular, melancólica y llena 
de- misterios, como el emblema de la incierta espe- 
ranza y de las frustradas alegrías del corazón. 

Eemlsa la naturaleza en despertarse, no sintien- 
do en su seno los abrasados besos del astro fecun- 



126 UNA NOCHE 



<lante, parecía dormir á la ])eñumbra de aquel 
esquivo resplandor que remedaba el dia, como si 
aun se encontrase arrullada en los brazos de la 
noche. 

Pejo apesar del desusado manto de espesas 
brumas que le ocultaban su cielo azul y los mil 
cambiantes de la aurora, Ferrara amaneció empa- 
vesada como para una de sus antiguas fiestas. 
Banderas y gallardetes de variados colores fla- 
meaban sobre las torres y camj)anarios de sus 
templos, en las almenas del castillo ducal y en 
los balcones y ventanas de sus barrios principales. 

Extrañas galas que el subdelegado romano 
imponía á la abatida ciudad en honor del nuevo 
Papa, y que contrastaban de una manera repug- 
nante con la profunda tristeza de aquel i^ueblo 
humillado y descreído, y con la no menos visible 
melancolía de la natm'aleza. 

Con la docilidad de esas esclavas orientales, en- 
vilecidas por el sistema administrativo de la cimi- 
tarra otomana, Ferrara se prestaba á aquel dis- 
fraz, ridículo á su propio criterio, que le imponía la 
fuerza, como se habría prestado á cualquiera otro 
cai)richo de su exíjente soberano. Mas no por eso 
la aparente alegría de la cautiva pontificia, hala- 
gaba menos el orgullo de monseñor, el cardenal 
subdelegado, quien desde lo alto de su exaj erada 
vanidad, no podía estimar debidamente los fenó-, 
menos del entusiasmo popular. 

En los pueblos oprimidos, los regocijos j)úbli- 
cos, si es que así j^ueden llamarse las manifesta- 
ciones de aparente alegría arrancadas por la fuer- 
za, son en lo jeneral el termómetro mas seguro 



EN FERRAKA. 127 



para medir el grado de desaliento y de miseria á 
que ágviellos se encuentran reducidos. El entu- 
siasmo, patriótica embriaguez que solo experimen- 
tan los corazones libres, no es de fácil finjimiento. 
Los Víctores de los jíueblos, conquistados por Syla, 
apenas se dejaban oir mientras duraba el desfile 
de las picas del triunfador ; ni tenian otro eco que 
el de la voz desfallecida de los cobardes en las 
lucbas que sostiene la dignidad individual contra 
la corrupción de la tiranía. 

Entre todos aquellos temi)los y palacios emi)a- 
vesados con los colores j)ontiñcios, se notaba siii- 
embargo una casa de mediana apariencia, en cu- 
yos cerrados balcones no lucia una sola demostra- 
ción del regocijo (lue finjian sus vecinas. A pri- 
mera vista x>a^i'6cia que aquella falta de adhesión 
al nuevo soberano á (piien festejaba la ciudad, la 
motivaba el largo sueño de los aj)áticos moradores 
de aquel tranquilo hogar ; pero penetrando en su 
interior i)or la entornada i)uerta que así dejara un 
criado al escurrirse á la calle, se habría tenido 
que recurrir á otro motivo que al sui)uesto i)ara 
excusar tamaño desacato. 

En una de las estancias ijrincipales, débilmente 
iluminada por la escasa claridad del dia, y junto 
á una mesa cargada de libros y manuscritos en 
desorden, sobre los que derramaba una lámpara, 
ya próxima á extinguirse, inciertos y agonizantes 
resplandores, se hallaba un hombre sentado en un 
sitial antiguo, aj)oyado de codos sobre el borde 
de la mesa y sosteniendo entre sus manos, cual 
un pesado fardo, su cabeza abatida. Con esa 
inmovilidad con que encadenan la materia las 



128 UNA NOCHE 



abstraciones del espíritu, aquel hombre se mante- 
nía á veces absorto por largos y repetidos inter- 
valos ; luego levantaba la frente surcada por esas 
arrugas proftindas que, cual olas del pensamiento 
I)etriflcadas por el dolor, acusan la intensidad del 
sufrimiento que las produce; entonces la mano pa- 
ralizada volvía á tomar la abandonada x)luma que 
de nuevo corría sobre el i)apel con rapidez nervio- 
sa, y que no tarde volvia á dejar caer con desa- 
liento, para tornar á su i^esar á las sombría's diva- 
gaciones del pensamiento. 

Este hombre era Guido, Gruido salvado de la 
muerte i)or el cuerpo de Cari)inetto que le habia 
servido de elástico cojin en la caída del balcón, 
y que, acaso menos feliz que el tabernero, exento 
ya de nuevas j)esadumbres, saboreaba todavía el 
amargo cáliz del martirio. 

Por lo quebrantado y x^álido de su semblante, 
en que sus ojos negros resaltaban rodeados de esa 
azulada sombra que sirve como de aureola á aque- 
llos párpados que han prodigado el llanto en de- 
masía, fácil era adivinar cuánto su alma habia su- 
frido en aquella noche de desesperación, de insom- 
nio, de dolor acerbo y de lento suplicio. 

Eechazíido de la tumba, á la (pie voluntaria- 
mente habia ocurrido á refujiarse, huyendo de la 
mirada acusadora de San Germano, como se apre- 
sura el i)udor á ocultar de mirada indiscreta, la des- 
nudez en que nos deja la encarnizada lucha de las 
pasiones, Guido se encontraba de nuevo en la esfe- 
ra de la iñüi, más fúnebre á sus ojos <|ue las 
eterníis tinieblas que no habían (luerido recibirle. 



EIí FERBAKA. 120 



¡ Qué triste y qué apesadumbrada debe encon- 
trarse- el aluia, cuando ciíVa el alivio de sus pade- 
cimientos en lo que más aterra á los mortales ! 
cuando la vida ha i>erdido para ella encantos y 
^esperanzas, y sólo anhela i)or dormir tranquila el 
sueño de la eternidad ! 

Como esos monomaniacos á quienes solo alienta 
una idea fija y persistente, lampo de fuego que 
calcina la materia y deslumhra el espíritu, Guido 
habia i)asado el resto de aquella noche de lágri- 
mas, buscando la manera de hacerse recibir en el 
mundo de los muertos, sin reincidú' en el expe- 
diente del suicidio ([ue rechazaban de su alma sus 
•^creencias cristianas. 

Pero hasta morir es una dificultad para los co- 
razones enaltecidos por el respeto á Dios y á la 
proi)ia conciencia. 

Sinembargo, desi)ués de jii'ar sin tregua -^ni 
descanso en el estrecho círculo á que estaban re- 
ducidas las que aun i)odian calificarse de aspira- 
ciones de su alma, Guido adoptó al fin un medio, 
permitido á su juicio, de conciliar con sus creen- , 
cias relijiosas aquella necesidad imi)rescindible de 
abandonar la vida. Sforzzi tenia en su mano la 
llave misteriosa que él buscaba j)ara abrirse con 
ella las puertas del infinito, y era al marqués á 
quien correrla á pedirle, como gracia suprema, 
■que le franqueara el paso á las rejiones del olvido. 

No obstante que decidido á llevar á término 
semejante resolución, Guido no disfrutaba de esa 
completa calma, de esa tranquilidad ^(|flb^ica, que 
lleva al ánimo la adoiicion fria y razonílda/de un 

(9). — UrPRKXTA FKDERAt. ' -^ 



130 UNA NOCHE 



I)roi)ósito inquebrantable ; antes imv el contrario, 
su inqviietud era extrema: de la cita que para la 
tarde de ^quel dia habia dado al marqués, le pare- 
cía que aun lo separaba todo un siglo ; la tardan- 
za se le hacia intolerable ; la agonía, lenta, y el 
ti^npo, desesperadamente largo para quien como 
ól cifraba todas sus esperanzas en no poder medir- 
lo en adelante. 

A i)roporcion que escribía i)ara luatar aquellas 
lloras de agonía y rendir al amor el último tributo 
de sensibilidad reservado á su alma, sus ojos se 
humedecían de ternura ; mas pronto tornaban á 
secarse, como si -el consuelo de las lágrimas le 
estuviese vedado. Una sonrisa amarga plegaba 
sus labios descoloridos, y suspiros i)rofundos estre- 
mecian su pecho. 

La emoción que á veces le dominaba, tomaba 
tal intensidad, que su trémula mano se yeia obli- 
gada á detenerse en medio de una frase comenza- 
da ; la pluma cala pesada de sus crispados dedos, 
y los renglones que dejaba trazados parecían bo- 
rrarse del papel que surcaban, como desai)arecian 
de su alma, combatida por el dolor, la resignación 
y la enerjía que le venían sosteniendo. 

He aquí lo que su i)luma, á pesar de tan repeti- 
das interrujíciones, dejaba escrito sobre el papel 
que humedecían tantas lágrimas: 

" Leonora: 

" OomOvte^iS'*^ irrecusable de tu desesperación, 
vive en mi alma el recuerdo latente de esta últi- 
ma noche de duelo y i)esadumbre. 



EN FERRARA. 131 



"El jenio del misterio, unestro cómplice, á 
quien confiamos el secreto de nuestra inquieta 
felicidad, nos volvió al fin la espalda, arrepentido 
acaso de haber i)rot ejido con su velo de sombras 
nuestro amor criminal. 

" El cielo se ha vengado, mas no creas que lo 
maldiga ; nada más justo que el terrible castigo 
que me imiíone. Yo liabria dudado de la divina 
justicia, sin las torturas en que boi se destroza mi 
alma ; pero lo que acrecienta mi dolor, lo que me 
arranca amargas quejas y redobla mi desespera- 
ción, es que el golpe que me abate, te alcance á ti, 
víctima inocente, cuando el verdadero culpable 
be sido únicamente yo. Yo, que no be tenido su- 
ficiente enerjía para detenerme en la pendiente 
del abismo á que nos bemos precipitado. Yo, que 
te be seducido basta tinjirte rosas las esi)inas que 
brotan en la senda del crimen ; y que con mas 
deberes que tú para con el conde, te be dado el 
ejemplo de la traición y de la infamia. 

"Maldíceme, Leonora, maldíceme por baberte 
robado del cielo de la tranquila y l)ien bailada 
dicba, para arrojarte luego al infierno de la culpa 
y del remordimiento. 

" Ob ! ciián distante me siento de merecer ese 
afecto abnegado, esa ternura sin límites que de 
tu alma pura se ba elevado bácia mi, cual celes- 
tial perfume : tanto amor i^ara quien por un exeso 
de refinado egoísmo quiso cortar las alas al ánjel 
de tu pureza, es casi inconcebible. 

" Olvídame,, olvídame ijara siemi)re ! (jue mi 
recuerdo no vaya á turbar la paz que acaso un 
4ia pi:iedas gozar de nuevo sobre la tierra ; que no 



13Í2 UNA NOCHE 



Heve al sepulcro, abierto ya á mis iñés para reci- 
bir el mezquino desj^ojo de mi ser, mi único asilo 
y mi sola esperanza, el consuelo de que tus ora- 
ciones y tus lágrimas puedan ir á aplacar la jus- 
ticia de Dios. 

" Abandóname, escárneseme, olvídame ; asi se- 
rá mayor la expiación de mi falta. . . . Pero no. . . . 

no me oigas,. yo deliro. Perdóname, Leo-' 

nOra, perdóname; estoi loco. ¡, Cómo puedo exi- 
jirte lo que el cielo con todo su poder no podria 
desterrar de tu espíritu, sin aparecer inconsecuen- 
te en sus obras mas perfectas? Cómo esperar 
que tu alma, que es más mia que la que ailn me 
alienta, se vengue del amor en su afecto más pu- 
ro f Y en fin, como pretender arrancar de tu már- 
tir corazón el dardo que le hirió i)ara siempre? 

"Delirio, delirio inexcusable! Verdad es que 
cuando el alma se deja arrebatar i)or el dolor, 
siente un placer amargo en herirse á sí misma en 
los afectos que le son más caros, sin reparar, po- 
seída del vértigo á que la arrastra el sufrimiento, 
que cada fibra que se arranca, puede tener en otro 
corazón un eco doloroso. 

" Perdona mi extravío ! Cuanto te he amado, 
y cuanto te amo todavía ; hoi más que nunca es 
que i)uedo medir la intensidad de tan dulce sen- 
timiento. Si á él debo mi martirio, bendito sea ! 
tú me enseñaste á bendecirlo, y yo no lo he olvi- 
dado. 

"Pero á qué más sombríos pensamientos, si 
ellos tendrán no tarde, vasto campo donde exten- 
der sus tétricos crespones ? Que por última vez se 
me permita abandonarme á tu solo recuerdo. Ya 



B]íí FBBKAEA. 133 



meílio liundido eii el ^epiücro, seáme lícito evocar 
tu luemoria, con toda la teriiiira del qne va acari- 
ciar' su única dicliapor la postrera vez. 

" Entre las sombras de la muerte, cuando todo 
lo que nos lia lialagado va á desaj)arecer ; cuando 
la vida aun noii alienta, por que la mano que la 
va á detener tarda al trazar estas lineas, en tocar 
á las puertas de la eternidad; iiai un secreto en- 
canto en volver los ojos al pasado, y tratar de 
descubrir en el incierto horizonte que se desvane- 
ce á lo lejos, el indeciso resplandor que iluminó 
nuestra felicidad. 

" Oh ! Cómo es grato á la vez que doloroso, 
detenerse un momento á las puertas del alcázar 
sombrío, y volar con el alma, antes de que la en- 
vuelva para siempre la onda del olvido, á esas 
rejiones ventiu'osas, á esos campos de amor y ju- 
ventud, donde cada hoja que la brisa estrénese, 
simboliza un recuerdo, así como cada rosa que se 
abre á la mañana,, un beso ijerfumado. 

f'Esta será mi última falta; la imajinacioii 
en, su postrer destello se vuelve á esas horas di- 
chosas para recojer todas las impresiones que la re- 
crearon en tiem]30s mas felices, y engalanar con 
ellas la eterna duración del gran sueño. 

"Tú leerás estas imjínas que escribo para ti, 
mi adorada Leonera ; ellas quizá te . s,ervirán de 
excusa ante el severo tribunal de tu conciencia. 

" Hasta hoi he creído vivir, sólo he soñado ; y 
soñando cambiaré de forma é iré á admirar las 
maravillas de lo Alto. Tú me buscarás, estoi se- 
guro, en esas rejiones de la inmortahdad, cuando 
llegue i)ara ti la hora de abandonar esta bola de 



134 UNA NOCHE 



tierra, cuyas profundas cavidades han recojido 
una á una las lágrimas del hombre, hasta conver- 
tir en océanos las grietas del planeta. En ese mar 
tempestuoso, alimentado i)or el dolor de infinitas 
generaciones, naufraga nuestra felicidad; por 
tuerza habríamos de morir ahogados por las lá- 
grimas. * ' 

" Antes que ai)ure la última gota de llanto que 
siento desprenderse de mis ojos, permíteme susti- 
tuir al acíbar de nuestra i^resente desventura, el 
néctar de los recuerdos de aquellos dias dichosos, 
en que á nuestras almas sonreía la esperanza y en- 
loquecía el amor. 

" Oh ! cómo se agolpan á mi memoria esos ca- 
ros recuerdos ! deja que los coordine ; pero, 

qué confusión ! todos vienen á la vez á acariciar- 
me, como sí temieran que en los cortos instantes 
que me restan de vida, no tuviera tiemj)o suficien- 
te para desi3edirme de todos y de cada uno. Oh ! 
ya siento sus besos ! todos vienen i)erfumados 
con el aroma de tu aliento, todos repiten tu nom- 
bre, todos me hablan de tu amor ! 

" ¡ Queridos recuerdos ! únicos amigos que me 
alentáis en mi última hora, cómo i)odré abando- 
naros ? La vida sin vosotros me habría sido 

indiferente ; arrullado por vuestras tiernas alas, 
casi me veo intentado á amarla todavía Leo- 
nora ! tú eres digna de ellos y de la tempestad 
que levantan en mi seno. 

" íío he olvidado imo solo. Mí alma fué tuya 
desde aquella tarde en que por la vez primera nos 
encontramos en Venecía, sobre las mórbidas ondas 
del gran canal. Ouán bella estabas ! y cuánto 



EN FERRABA. 135 



fué mi asombro al recojer en mis pupilas tu mira- 
da lánguida y seductora. Bajo los balcones del 
palacio Barbarigo, fué que se cruzaron nuestras 
góndolas; yo tenia veintitrés años ; acababa de ter- 
minar en Padua mis estudios ; mi abna no habia 
amado todavía. 

" Después me lias dicho muchas veces, que al 
encontrarnos exj)erimentaste una extraña emo- 
ción. ¿ Seria un presentimiento ? 

" — Seguid esa góndola que pasa, dije con ra- 
l)idez á mi sorprendido gondolero, arrojando á sus 
l)iés todo el oro que llevaba conmigo : seguidla y 
no la perdáis de vista. 

" Antes de que mi barca hubiera tenido tiempo 
de jirar, dos veces volviste hacia mí tus negTos 
ojos, y otras tantas sentí palpitar mi corazón con 
inusitada rapidez. 

" Hacia aireñas diez dias que me hallaba en 
Venecia ; la reina del Adriático recojia las prime- 
ras impresiones de aquel largo viaje que me orde- 
naba hacer el conde, x>ara complementar mi edu- 
cación. .^ 

" Más de una vez su historia, cuando yo era 
niño, habia exaltado mi alma soñadora. Aquella 
tarde en que nos vimos, me dirijia á contemplar, á 
los postreros resplandores del crepúsculo, al león 
terrible de San Marcos. Tu encuentro me hizo 
«amblar de rumbo ; los prestijios de la poesía his- 
tórica se ecliíjsaron á tu sola j)resencia ; seguí la 
blanca estela que dejaba tu góndola, como obede- 
<ie el deseo á la seducción de un sueño encanta- 
dor; y oí resonar en mi oído tu voz vibrante y 
melodiosa, tu risa franca y, aij entina, y las gra- 



136 UNA' NOCHE 



ciosa^s plátieaí} que entretenia.s con tus alegres 
compañeras. 

" Varias veces dejaste el gran caíiaal jyk éín^bl- 
viste tte nuevo 5 xm sentimiento doloroso me opri- 
mía el corazón ; creia qiie buscabas el medio de 
esqiüvar mi importuna . insistencia ; mas no por 
eso dejó de persistir en mi propósito. Una fuerza 
extraña me arrastraba bácia ti con poderosa atrac- 
ción ! 

" Más tarde me has asegurado, (pie aquellos ro- 
deos improvisados, sólo tenian por objeto probar 
mi perseverancia, y que á cada vuelta en que 
creias que te babia abandonado, te arrepentías de 
no baber seguido una dirección decidida. 

" Qué instantes aquellos! Mi alma, como esas 
flores que se espanden al recibir los besos de la 
aiu'ora, se abria toda entera al fuego de tus mia- 
das y exbalaba dichosa los x>rimeros perfumes del 
amor¿ 

"Oon! cuánto misterio se hundió el sol tras el 
arco del Eialto, y sobrevino la noche con su 
astro de plata,y sus fantásticas trasi^arencias. 

"Yo te seguía sin j)erderte de vista. ' 

"Como im cisne de ébano entre reflejos nacara- 
dos, tu góndola se mecia blandamente sobre las 
ondulaciones del canal. Esta fué para mi la últi- 
ma visión de aquella noche de inefables encantos; 
desapareciste luego, y quedé sumerjido largo 
tiemi)0 en esa misteriosa vaguedad que precede 
al completo despertar de un sueño seductor. 

" En vano te busqué después ; los remos de mi 
góndola fatigaron en vano las turbias aguas de 
Venecia. Cada góndola que encontraba me pa- 



EN FiJRKABA. 137 



recia sei* la tuya ; eada estela que se dibnjíiba á 
lo lejos tras la rápida barca que cortaba las Ondas, 
me' atriaia feoitio'iiiiau misterioso; pero Diugun 
rumor lejano de femenino acento llegó á engañar 
mi oído, donde el eco de tu voz no interrmni)ido 
resonaba como el susi^iro tenue de un ánjel in- 
visible. 

" Mis ojos no volvieron a verte, ijero tu imájen 
seductora embriagaba mi alma con la dulce sonri- 
sa de tus labios de rosa, y los juiros destellos de 
tus ojos de fuego. 

"Perdida la esperanza de encontrarte de nuevo, 
empecé á creer que habia sido el juguete de una 
alucinación de mi fantasía, exaltada por la dulce 
embriaguez con que arroban el espíritu,- los mis- 
terios tantas veces poetizados de aquella ciudad 
encantadora. 

" A mi alma enamorada, aparecías entonces 
como un meteoro resplandeciente, que las brisas 
de las lagunas llevaban en sus alas lijeras : á la 
par que volabas, volaba mi anhelo y mi esperan- 
za ; y cuando mis manos, engañadas, creían al- 
canzar el foco ardiente que huía rápido de ellas, 
la luz desapareció cíe improviso, y me encontré 
envuelto ^n las tinieblas. 

" Entonces, abatido, como si ya tuviera un desen- 
gaño que llorar, decidí continuar mi viaje inte- 
rrumpido. Tomó pasaje para Trieste con inten- 
ción de ir á verme de paso con mi tío que desem- 
IDcñaba en la corte de Viena una misión diplomá- 
tica del gobierno veneciano ; y ya posaba el pié 
sobre el bajel que debía conducirme, cuando reci- 
bí una carta del conde, en la que me ordenaba le 



138 UNA NOCHE 



esperase en Venecia para un asunto de la mayor 
importancia. 

" Fatalidad ! ! .. Leonora ; sin aquella orden que 
no i)odia desobedecer, otra quizá habria sido tu 
suerte. En mi memoria liabria quedado tu re- 
cuerdo como el símbolo de la más pura y seduc-^ 
tora idealidad con que puede soñar el alma á los 
veinte años; y aunque menos feliz de lo que he 
sido, lioi no me roerla el remordimiento de haber- 
te hecho desgraciada. 

" El destino, al sonreirme, te condenaba al mar- 
tirio : crueldad inexplicable á que no eras acre- 
dora. 

" La decisión del conde me j)rodujo una extra- 
ña satisfacción ; como por efecto de un conjuro, 
la perdiáa esperanza tornó de nuevo á confor- 
tarme ; el encanto de aquel primer destello de 
tus ojos, casi perdido entre las sombras de la alu- 
cinación, volvió de súbito á apoderarse de mi al- 
ma y á cobrar mayor imperio sobre sus nacientes 
espansiones. 

" A mi imajinacion se agruparon á un tiempo 
todos los detalles de tu hermosura, y todas las 
escenas seductoras de aquella tarde en que nos 
vimos. — ^o es una ilusión, me decia á cada 
instante ; ella existe y yo debo encontrarla. 

" Mi góndola, como un ave marina, afanada en 
buscar á su perdida compañera, volvió á cruzar 
de nuevo y sin descanso los innumerables estre- 
chos de la inmensa laguna. Cinco veces bajó el 
puente del Eiálto, mecido i3or las ondas y evocan- 
do tu seductora imájen, me sorprendieron los j)á- 
lidos reflejos de la luna, que veía rielar en torno 



EN FEBRASA. 139 



mió con profundo abatimiento, mientras mi com- 
placiente gondolero tarareaba con cadencioso rit- 
mo las octavas del Tasso. 

" El conde, entre tanto, liabia llegado á Yene- 
cia, y se ocupaba en obtener i)ara mí, del gobier- 
no de la Eepública, una jilaza de agregado á la 
legación acreditada en la cort« de Francia. Dada 
la influencia que gozaba mi tio, este modesto 
cargo no fué difícil de concedérseme; pero á la 
vez que lo obtenía, se me iba a hacer portador 
de pliegos reservados ijara el ministro veneciano 
residente en París, y aquellos pliegos tardaban en 
llegar á mis manos. 

" Yo no te olvidaba un instante ; con una per- 
severancia inquebrantable te buscaba nocbe y 
día, y como aquellos echizados por los antiguos 
dioses, tomaba y retornaba al lugar donde el en- 
canto se había apoderado de mi alma. 

" Una mañana recibí i)or fin, con una esquela 
de invitación para un baile que se daba esa noche 
en obsequio del conde, los despachos que espera- 
ba, y la orden de i)artir al día siguiente sin pér- 
dida de tiempo. 

" Ilío puedes imajinarte con cuanta tristeza vi 
iicercarse el momento de abandonar mis esperan- 
-zas ; me había habituado hasta tal punto á aquel 
vivir soñando, á aquella persecución constante de 
ima ilusión que se alejaba sonriéndome á me- 
nuda que á ella creía acercarme, que la sola 
idea de volver é la vida ordinaria, me causaba 
verdadera amargm'a. 

" Profundo desaliento se apoderó de mi ánimo 
al verme obligado á abandonar, acaso para siem- 



140. UNA laOCHE 



prejrniií primea? Hiieño de aiBior.; «teo que llegaió á 
laaMeeiiMaM destino, y á tratar de oíaei y despia- 
dada la voluntad que me forzaba á romper el en- 
canto de aquel prolongado éxtasis en que se ador- 
mecía mi existencia . 

"Más con el ánimo de ir á darte mi postrer 
adiós, en medio de aquellas aguas testigos silen- 
ciosos dé mi primer amor, que con la esj)eranza, 
ya tantas veces frustrada, de encontrarte de nue- 
vo, remonté aquella última tarde el gran <íanal, 
á la llora de costumbre. 

" El sol inclinaba su disco reftújente sobre la 
incierta línea del horizonte ; la doble cúj)ula de 
Santa María deJla Salute brillaba como entre las 
llamas de un incendio ; cien góndolas cortaban 
el canal al compás de sus remos que hacían chis- 
l>ear las adormecidas aguas, cual un brasero in- 
menso removido por innmnerables tenazas. 

"A pesar de la animación que reinaba ^ii tomo 
mió, en medio de aquella hermosa tarde resplan- 
deciente deeluzíyde pomposa majestad, una pro- 
funda melancolía se había apoderado de mi alma<;; 
é indiferente á cuanto pudiera halagar la imaji« 
nación, con los prestijios siempre nuevos de la 
l>óética laguna, recorrí lentamente la primera cur- 
va del canal, é hice detener mi góndola bajo los 
balcones del palacio Barbarigo, donde te había 
encontrado la primera vez. 

" Siempre que me acercaba á aquel lugar inol- 
vidable,' acrecía mi emoción 5 á cada instante me 
parecía que llegabas á mí en tu líjera góndola, ó 
que surjias del seno de las aguas como la dios^i 
I)rotectora de aquella rejion de inefables encan- 



EN FlERBAEA. 141 



tos ; pero estk vez, como otras tantas, vanas fue- 
ron mis esperanzas, y paseando en toriio mió una 
mirada de supremo desaliento, torné á seguir mi 
liabítual itiuera,rio hasta el «roo del ptiente, donde 
desi)ués de infructuosas pesquizas, liabia ya mu- 
clios dias que veia morir el sol y levantarse la 
luna, tan melancólica siempre como mi alma. 

" Eepentinamente experimenté mía extraña in- 
(püetud ; en la brisa que i)asaba ajitando mis ca- 
bellos, me x)areció notar un seductor x)erfume. 

" Adelante ! dije á mi pasivo gondolero, ({ue 
inteiitalfa detenerse bajo el puente. 

" Sia di Ihiujo ! gritó este», para advertir .su paso 
á las barcas que veniaii y cruzaban el arco. 

" Pero apenas liabia tenido tiemi)o de abarcar 
con la mirada la nueva cm*va del canal, cuando 
un grito de indecible alegría se escapó de mi 
pecho. Una góndola se desprendía lijera del es- 
trecho muelle de un iialacio, y al lado de un 
anciano, mis ojos admirados te encontraron de 
nuevo. 

" Apenas veinte brazas nos separaban ; mi voz 
llegó á tu oído poi"que instantáneamente volviste 
la cabeza, para fijar en mí tus ojos sorprendidos ; 
ebrio de amor creí notar en tus labios una sonrisa 
de infinita dulziu'a; me hablas reconocido; mi 
pecho suspiró de placer. 

" íí^o detenido como la vez primera por exaiera- 
da timidez, te seguí mas de cerca. Mi alma rebo- 
saba de emoción;' sin cuidarme del anciano (pie te 
acompañaba, y que mas tarde supe erk tu padre, 
navegaron tan unidas nuestras barcas, que la 



142 UNA NOCHE 



espuma que ajitaban los remos de la tuya, á veces 
me salpicaba el rostro: 

" En cambio mis ojos no te abandonaban : ab- 
sorbía por ellos él fluido embriagador que exhala- 
ban tus brillantes pupilas. Vanamente te §sfor- 
zab^jS en esquivar tanta audacia ; en vano vol- 
vías hacia otro lado tu hechicera cabeza ; en vano 
para ocultarme tu emoción hundías tus rojos labios 
en el follaje de un ramillete de violetas que tus 
manos acariciaban, y cuyo i^erfume delicado, cual 
si fuera el hálito abrasado de tu aliento, exaltaba 
mis sentidos. Yo insistía en admirarte, -y tú no 
te enojabas. 

" Todos los ensueños y todos los encantos pro- 
vocados por tu májica hermosiu'a, que guardaba 
mi memoria como el mayor de los tesoros, palide- 
cieron ante la suj)íema seducción de tu belleza 
anjelical. 

" El x^aseo de aquella tarde fué mui corto ; diez 
minutos hacia apenas que te seguía, cuando tu 
góndola, acercándose lentamente á la ribera, se 
detuvo de pronto frente á la embocadura de una 
calle desierta. Yo imitó su movimiento, y casi al 
mismo tiempo atracaron imestras barcas. 

" Apoyada en el brazo del anciano, te internas- 
te en seguida por la desierta callejuela ; te seguí á 
l)ocos pasos de distancia, y más de una vez te \á 
volver el i*ostro con disimulada insistencia. 

" Así llegamos á una plaza desconocida i)ara mí, 
que atravesamos en dirección á una iglesia de 
mediana aiH|uitectura, levaritada en uno de sus 
ángulos. Los últimos fuegos del crepúsculo ilu- 
minnl)an aun las naves solitarias de aquel tem])lo; 



EN FERRABA. 14£ 



mas no vencían las sombras de una oscura capilM 
donde fuiste A arrodillarte al lado de tu padre, 
junto á un sepulcro de mármol. Detenido á la 
puerta de aquel santuario de tu culto, por respeto 
al altar que tu fervor habia escojido para elevar 
sus preces, me postró en aquel sitio como tú lo 
liabias hecbo en el interior de la capilla, y ma- 
quinalmente murmuré una oración por la paz de 
los restos qué encerraba aquella tumba. 

" Eran los de tu madre. Después de mu- 
clios años, tu piedad filial iba á rendirles diaria- 
mente homenaje de respeto y de lágrimas. Aque- 
lla tarde, otra i)legaria no menos sentida que la 
tuya, subió al cielo por ella : la inspiraba el amor 
que babias despertado en mi alma. 

" Trascurrió media hora ; yo habia dejado de 
orar : soñaba despierto. Una de esas fantasías 
ideales, sin -forma decidida : vaguedad misteriosa 
que deleita á la vez que entristece el espíritu, se 
habia apoderado de mi alma. 

" Sobre el mudo sepulcro que humedecían tus 
lágrimas, te vi deshojar una parte del ramillete de 
violetas que no habías abandonado ; luego besar 
el duro mármol con relijiosa piedad, y más tarde, 
volviendo á mí los ojos con indecible expresión de 
dulzura, levantarte y salir de la capilla. 

"Este último movimiento fué tan rápido, y esta- 
ba yo tan embebido en la enajenación de aquella 
escena conmovedora, que no me diste tiempo de 
ponerme de pió antes de (jue te hubieras alejado 
de la tumba. Para disimular la turbación que? me 
l)rodujo tu i>roximidad, oculté el rostro entre las 
manos, y cual si hubiera sido acariciado por el ala 



144 UNA. KOCHE 



de un áiijel^ seatí el roce de tiis vestidos á la vez 
que caiíni junto á mí los jireciosos restos de tu 
deshojado ramillete. 

" Oh Leonora ! cómo se extremeció todo mi ser 
al contacto de aquellas tiernas flores ! mis labios 
-sedientos se apresuraron á recojer en ellas el 
soplo de tu aliento que acrecentaba sus i^erfumes, 
y los besos que tus labios habian depositado entre 
las leves «hoj as. 

" Cuando llegué á la plaza era de nqche ; apo- 
yada en el brazo de tu padre te dirijias de nuevo 
hacia el canal; tu góndola esperaba, y en ella te 
alejaste desi)ués de i)rodigaruie una mmida seduc- 
tora, que mis ojos supieron disputar á las som- 
bras. 

" Yo á mi vez liabia corrido en busca de mi bar- 
ca y con profunda desesperación advertí que me 
habia abandonado. En vano llamé á voces lui 
gondolero que i3asaba ; no quiso oirme : en vano 
grité desesperado á los barqueros que cruzaban 
j>or la opuesta ribera ; ninguno vino á mí ; y 
entre las brumas del canal, primero como un cisne 
y luego como un punto, te vi de nuevo desa- 
parecer. 

" Solo Dios sabe lo que sufrí en aquel instante. 
Por la primera vez experimenté entonces la atrac- 
ción misteriosa de la muerte ; me parecía (pie el 
canal, que dormía bajo mis pies, se hundía lenta- 
mente haciéndose cada vez ma» proftmdo, y que 
desde su seno de tinieblas me ofrecía sus turbias 
aguas como remedio á mis quebrantos. 

"lüío sé por cuanto tiempo acariciaron mi alma 
tan lúgubres visiones. 



EX FERRARA. 145 



" El conde nié esperaba cou impaciencia ; yo 
debia acompañarle á aquella fiesta con que le ob- 
sequiaban sus amigos ; imposible fué excusarme, 
y maquinalmeüte ine dejé conducir al sarao, como 
me hubiera dejado conducir al suplicio. 

" Por toda realidad de aquel sueño de amor, 
poseia tu ramillete de violetas, que mis labios no 
se cansaban de acariciar, pero cuyo aroma no 
alcanzaba á confortar mi corazón. 

"Cuando llegamos al palacio (Irimani, eran las 
once, la fiesta aun no liabia comenzado ; i)ero 
apenas se i)resentó mi tio, la orquesta dejó oir sus 
alegres armonías y las cuadrillas princii)iaron. 
Esquivando las exijencias de la sociedad en que 
me hallaba, me diriji auno de los balcones que se 
abrian sobre el canal; y mientras mis, ojos volvie- 
ron á fijarse en aquellas aguas donde te habia 
perdido, tornó mi alma á los esi^acios misteriosos 
en que la tuya debia vagar mecida i)or mil sueños 
de amor. 

" De i)ronto, al t jrminar la lirimer cuadrilla, 
sentí un rumor inusitado entre las personas que 
llenaban el salón. IMotivaba tal ruido y movi- 
miento la llegada de un nuevo convidado cuyo 
nombre, para mí desconocido, oí anunciar, con 
extraña emoción. ~^o sé exxjlicarme aun lo (pie 
pasó por mí ; el corazón me palpitó con rajíidez, 
y cediendo á una invencible curiosidad, levanté 
las cortinas (pie ine ocultaban. El singular ru- 
mor que me habia imi)resionado, era debido al 
asombro que entre mas de cien mujeres verdade- 
ramente hermosas, producía tu l)elleza deslum- 

(10). — ^EtfPREXTA FEDEUAX,. 



146 UNA NOCHE 



bradora. El nombre que habia oído, era el nom- 
bre de tu padre. 

" La sorpresa y la felicidad me dejaron cortado 
y sin aliento, Inego hice un esfuerzo para conju- 
rar mi turbación, y corrí al grupo de jóvenes 
señores que se disputaban el lionor de servirte de 
caballeros. 

" Tú debes recordar, mi adorada Leonora, la 
extremada emoción que embargaba mi alma 
cuando te fui i)resentado i)or mi amigo del conde, 
y no habrás olvidado, estol seguro, ia timidez con 
que me atreví á invitarte á bailar, y el temblor que 
extremeció mi mano cuando estrechó la tuya. 

" Ah ! tú también estabas tan conmovida como 
yo; tu seno se ajitaba con violencia; resj)i- 
rabas con dificultad ; tus ojos no se atrevían á 
levantarse de la 'alfombra en que tus i)iés' resba- 
laban. Sin cambiar una sola palabra que nues- 
tros labios no se atrevían á articular, te abando- 
nabas en mis brazos á los jiros del wals que la 
orquesta ejecutaba ; mientras que yo, embriagado 
con tu aliento, sentía dichoso, como jamás lo ha 
sido otro mortal, palpitar junto al mío tu vírjen 
corazón, con unísona celeridad. 

"'Vencida esta emoción primera, me atreví á 
recordarte el ramo de violetas (pie junto á idí 
habías dejado caer en hi capilla ; y mostrándote 
sus marchitas flores, que desde entonces me acom- 
pañan y. que hoi mismo no me canso de besar al 
invocar esos tiernos recuerdos ; — "Guardadlas," — 
me dijistes con acento dulcísimo, teñidas de carmín 
las mejillas, y con tal expresión de ' ternura y de 



EN FERRARA. 147 



amor, que el eco de tus ijalabras casi produjo en 
mi alma luia dolorosa sensación. 

" Qué hermosos horizontes se dilataron enton- 
ces delante de nuestros enamorados corazones ! 
qué de i)royectos de inefable esperanza concebi- 
mos aquella noche ! qué de protestas nos hicimos 
jjara lo porvenir ! y cuántos jm-amentos nuestros 
labios balbucientes pronunciaron á la hora de 
separarnos ! Tu mano estrechabíi la mia cuando 
descendíamos por la escalinata del palacio. — " Me 
olvidarás Leonora ?" te pregunté suspirando, al 
ayudarte á bajar á la góndola, — " Jamás ! " me 
contestaste, y alejándote mecida por las ondas, el 
eco de tu voz vino con dulce ritmo á modular 
otra vez á mi oído : — ^KJamás ! " 

" A poco de habernos ausentado del palacio 
Grimani, yo dejaba á Yenecia. 

" Las fiestas que el sibarita del Parque de los 
Ciervos i)rodigaba en la corte de Francia, no lo- 
gTaron desvirtuar la naciente semilla de aquel 
amor inmenso, y como inmenso puro, <iue hablas 
dei)ositado en mi alma. Durante un año, pedí 
diez veces mi retiro al Senado veneciano ; mi tio, 
sin yo saberlo, se oponía. El se esforzaba en que 
yo adoptase una carrera digna de mi nombre, é 
inocentemente cí^ntrariaba mis ardientes deseos 
de volver á tu lado, 

" Al fin triunfó mi empeño ; pero cuando lleno- 
de alegría me disj)onia á volver, recibí una carta 
del conde que me dejó aterrado. En ella me 
anunciaba, ajeno de mi afecto por ti, que acababa 
de cometer lo que él llamaba su primera debili- 



148 UNA NOCHE 



dad. Eras tú la mujer á quien liabia escqjido 
j)ara darle su nombre. 

"Ai ! te liabian sacrificado al vano orgullo de 
una inmensa fortuna y de un nombre esclarecido . 
Criminal ceguedad ! 

" Tp. conoces mis congojas ; mil veces me lias 
hecho repetir para llorar conmigo, la, historia de los 
tormentos, la desesperación y la eterna i)esadmn- 
bre que llenaron mi vida desde entonces. También 
conoces mi renuencia á volver al lado de mi tio, á 
I)esar de sus sentidas quejas, de las súplicas cons- 
tantes que" me enviaba y del dolor en que mi ausen- 
cia le tenia sumerjido. Mi resolución era irrevoca- 
ble : yo no debia volver a verte : entre los dos se 
habia abierto un abismo, entre los dos mediaba el 
infinito ; i)ero el antro de ese abismo, como la 
inmensidad de ese infinito, lo llenaba mi amor, 
más vehemente cada dia, á proporción que eran 
mayores las distancias que crecían separándonos. 

" Quise aturdirme y olvidar ; mi memoria no 
j)udo conjm'ar tu recuerdo, mi espíritu se mantu- 
vo inflexible. 

"Dos años mas corrieron. De los hielos de la 
Islandia á las márjenes del Bosforo, habia cruzado 
la Europa, no tras el vivo halago de gratas imi)re- 
siones, sino en pos de esos restos de pasada gran- 
deza sepultados por el tiempo en el i)olvo de los 
siglos. Mi corazón desolado buscaba por doquiera 
ruinas, y soledad, y campos yermos, donde evocar 
en silencio tu nombre, y con tu nombre, la tem- 
pestad de mis i)asiones sometidas eternamente á 
la absoluta represión del debei*. 

" Arrastrado por esta misteriosa atracción, visi- 



EN FERRARA. 149 



taba en Sicilia las ruinas de Agrijento, cuando 
una carta del conde, mas sentida y afectuosa, si es 
l)osible, que cuantas liasta entonces me hubiera 
dirijido, llegó á mis manos anunciándome, que 
una cruel enfermedad le ameníizaba : que mi obs- 
tinada ausencia no era extraña á sus males: que le 
Iiabian recetado como único remedio el aire <le los 
Alijes y una comjdeta tranquilidad de espuitu ; 
pero que ni una ni otra cosa eran posibles, dado su 
estado de moral abatimiento, si yo no me apresu- 
raba á, devolverle con mi presencia la enerjía que 
le faltaba. 

"Ante semejante exijencia en que se interesaba 
su salud y acaso su vida, resivStir liabria sido mi cri- 
men. Pero lo (pie tanto habia temido Imbo de 
suceder. Te vi de nuevo, y mi amor tomó creces, 
que alarmaron mi conciencia. Quise huir otra, 
vez ; el conde se opuso abiertamente. La intimi- 
dad en que vivíamos, trajo como era de esperarse 
exi)ontáneas é íntimas confidencias : ellas me i)ro- 
baron que en tu alma, no solo no se habia apagado 
la chispa que encendiera mi amor, sino que j)or el 
contrario, esa chisj)a habia crecido hasta convertir-' 
se en incendio que todo lo abrasaba. Todo 
esfuerzo por evitar su contajio, fué nulo ; el vér- 
tigo nos arrastró al abismo ; las llamas de nues- 
tros corazones se juntaron, y el incendio creció 
ajitado por el soplo del misterio. Oh ! con qué 
ímpetu volaron nuestras almas una á otra. Desde 
entontíes, qué lucha han venido librando á las 
flaquezas de la materia ! cuántos sacrificios ! y, 
hoi, por resultado de tanta virtud y abnegación, 
qué castigo tan terrible ! 



150 UNA NOCHE 



" Pero á qué volver al duelo de nuestra triste 
situación ! á qué cortar el hilo de esas lloras di- 
diosas, en que tus ojos y tus laÍ3Íos me protesta- 
ban incansables tu amor y la certicl,umbre de tu 
felicidad ? Como se lanza el torrente al cauce 
abierto que le ofrece su lecho de guijarros, para 
correr libre de estorbos hasta x>erderse en el abis- 
mo de los mares, así corramos, hasta llegar á aque- 
ihi noche de supremo delirio, de inaudito heroísmo. 

" Oh ! no habrás olvidado aquel verano que pa- 
samos en Como, á las márjenes del lago azul ribe- 
teado de espumas. Qué paraíso puede imajinarse 
comi)arable á nuestra íutima existencia ! Cómo 
nos sonreiíi la felicidad ! cuan imponentes se mos- 
traban las montañas coronadas de nieve ! Qué 
trasparente lucia el cielo ! cuan hermosa y seduc- 
tora te ofrecías á mis ojos ! y cuan inmenso se 
ostentaba el Creador ! A i)esar de mis faltas, nunca 
me ha i)arecido estar tan cerca de su infinita om- 
niX)otencia. Sentía con tal vigor hervir la sangre 
entre mis venas, y ascendía mi espíritu tan alto, 
en, medio de aquella naturaleza abundosa de savia, 
que llegué por un momento á olvidarme de mis 
proiñas flaquezas y á creerme sui)erior á mi i^ropio 
destino. 

" Sublime delirar ! jiquella vida de inagotables 
venturanzas no parecía i)osible sobre la tierra : 
era mas bien un robo que habíamos hecho al 
cielo. 

" Lo recuerdas? . . . . Cómo te lo pregunto 1 po- 
dría olvidarse nmica la fuente bienhechora' que 
apagó nuestra sed ? 

" Cada instante de aquellos dejó ima huella 



EN FERRABA. lol 



imi)resa en nuestras almas, huella profunda que 
no podrá borrar el tiempo, ni la desgracia, ni aun 
la misma extinción de la existencia. 

" Creo en este momento, recliazando las som- 
bras que lúe invaden, tener ante mis ojos el 
Chalet que ocupábamos, las verdes cortinas de sus 
ventanas ; el bosque de castaños seculares, cuyas 
raíces lamian y relamian como blancos corderos 
las espumas del lago ; el risueño jardin donde 
corríamos tras los insectos de las alas doradas ; tu 
huella imj)resa en la menuda arena ; la barca, 
nuestra muda confidente, que nos mecia en las 
ondas ; y con es^s imájenes queridas, el rojo y 
estrecho corpino de aquel traje de aldeana tirolesa, 
que yo te hacia vestir para embriagarme, sin que 
tú lo supieras, en la contemplación de los contor- 
nos de tus marmóreas formas ; tus negros cabellos 
ajitados por la brisa de las montañas ; tus labios 
en que siempre encontraba una promesa, y el 
fuego de tus ojos, tan ardiente, como dulce, me- 
lancólica y llena de candor era la expresión de tu 
sonrisa. 

" Qué detalles ! Cómo se encadenan en mi men- 
te y enloquecen todavía mi espíritu ; ni uno solo 
deja de surjirjpalpitante ; y sobre todos, Leonora, 
los de aquella noche de suprema embriaguez, en 
queme abriste tu j)echo, para dejarme por com- 
pleto arrancarte el corazón. 

" Aun resuenan en mi oído las doce campana- 
das que el reloj de la vecina aldea lanzó al silen- 
cio íle la noche, y el ruido casi imperceptible que 
produjo aquella x>uerta oculta bajo los castaños 
<lel parque, al abrirse á la x>resion de mi mano : 



152 UNA NOCHE 



también aun ven mis ojos y liacen estremecer mi 
alma con suprema emoción, el pasillo secreto, la 
linterna que de lejos me guiaba, tu diáfano j)eina- 
dor, tan indiscreto como vajíoroso, tus rizos en 
desorden, tu blanco cuello entre nubes de encajes; 
la xnierta de la alcoba, la pesada cortina que sus- 
l^endió tu mano ; y luego, la incierta luz, el pro- 
fundo silencio, el aroma de tu aliento, el acelera- 
do palpitar de nuestros corazones ; mi amor tan 
grande, tu debilidad tan suprema ; aquel suspiro 
ahogado, mitad grito y mitad plegaria, que d^es- 
de el fondo de tu alma se elevó hasta el cielo ; y 
en fin, aquel beso de fuego que tus labios reci- 
bieron de mis labios, y que habria sido funesto á 
tu virtud, si tu ánjel custodio no se hubiera apre- 
surado á interponer entre los dos sus alas i^rotec- 
toras. 

" Oh ! Leonora, Leonora ! el solo recuerdo de 
esa noche, bien compensa las torturas infernales 
que en este instante me destrozan el alma." 



La pluma cayó de imx)roviso de la mano de 
Guido : la x)uerta de la estancia acababa de abrir- 
se, y el , conde San Germano, pálido y sombrío 
como el espectro de Banco, entró en la habitación 
sin hacerse anunciar. 



EN PEERABA. loo 



XII, 



EL PAÍÍÜELO BLAXCO. 



Como tocado el corazón x>or nn hierro canden- 
te, Guido saltó del asiento á la vista del conde, 
y lívido y aterrado qnedó inmóvil frente á él. . 

San Germano por su parte, no menos conmo- 
vido, se aícercó lentamente á la mesa ; tomó la 
primera silla que encontró al alcance de su mano, 
y se dejó caeT abatido y jadeante, como si los 
pocos i)asos que acababa de dar, hubieran agota- 
do por completo sus fuerzas. Luego, tras el in- 
tervalo de algunos minutos de silencio, que ,un 
siglo de agonía parecieron al más joven de aque- 
llos destrozados corazones, el conde levantó la 
cabeza, y fijando en Guido una mirada de j)ro- 
funda tristeza, preguntó con acento severo : 

— Y bien, no me esperabas ! 



154: UNA NOCHE 



— lío íí fe, imu-muró Guido i)róximo á jjerder 
■el aliento. 

— Sabes, prosiguió San Germano con creciente 
iimargura, que no deja de ser orijinal tu abati- 
miento, y aiín más orijinal, que sea yo, de los dos, 
el inás sereno ? 

— Xo comprendo, señor lo que queréis 

decir 

— Oh ! bien lo comi^rendes. Di más bien que 
no (juieres confesarlo. 

Guido inclinó la frente avergonzado. 

Una nueva pausa, no menos embarazosa que 
la ijrimera, siguió á estas últimas palabras; y 
,ííié el conde quien volvió esta vez á interrumpir- 
la, in'egimtando de nuevo con su terrible calma: 

— Insistes ami en dejar á Ferrara ? 

— Y liara siempre, contestó Guido con acento 
sombrío. 

— Hoi no te lo repruebo ni lo extraño, continuó 
San Germano ; por el contrario esa resolución me 
satisface, piTCS entre otras cosas, vengo á propo- 
nerte lui compañero de viaje, que esj)ero no re- 
chazarás. 

— Un compañero de viaje f rej^itió el joven tra- 
tando de sondear la proftmdidad del inmenso 
sarcasmo que para él encerraba semejante ofreci- 
miento.. 

—Como lo oyes ; un com^^añero, pero que me- 
nos feliz que tú, no se ausenta voluntariamente 
de esta tierra querida, sino que huye de ella como 
l)udiera huirse del infierno. 

— ^Y ese extraño viajero. . . . ? 

— Soi yo, dijo el anciano con precipitación. 



EN FERRARA. 155 



—Vos!! 

— ^Yo mismo, sí, yo mismo ; huiremos jimtos, 
tú quizás para volver no tarde, mañana acaso ; 
yo i)ara ir á sepultar mis viejos huesos, lejos, mui 
lejos de aquí. Pero antes de i)artir, tengo que 
llenar un deber imi^erioso, y que confiarte todas 
las amarguras de mi alma. Quieres óirme ? 

Guido se estremeció. lina calma tan gran- 
de y sostenida en aquellos momentos, no i)odia 
ser á su juicio, sino la última expresión de la 
crueldad y de la ira concentrada ; sin embargo, 
tal finjimiento era de suyo opuesto al carácter del 
conde. Y, sin hallar que sui)oner, ni que desear, 
guardó silencio, y esperó resignado el rayo que, 
para aniquilarle, forjaba la venganza en las fra- 
guas del odio. 

— Ko deseas conocer mis quebrantos ? tornó á 
preguntarle San Germano. 

— Os escucho, señor. 

— El deber á que me he referido, i)rosiguió el 
conde con el mismo tono de forzada tranquilidad, 
necesita de tus buenos oficios i)ara quedar cum- 
plido. Disimiüa si vengo á iiiportunarte ; pero, 
si no es á ti, á quién, sin otros títulos que los de hx 
desgracia, podría ocurrir con más derecho ? 

— Tenéis razón, articuló débilmente Guido. 

— Puedo contar contigo f 

— Y con toda mi alma. 

— Gracias, no lo habia dudado ; ahora oye has- 
ta donde puede ser desgarrador el pesar que me 
-atormenta. 

— Oh ! basta, basta ; me destrozáis el corazón. 



150 UN^ NOCHE 



— Si todavía no te lie mostrado la herida, ¿ co- 
mo puedes dolei-te de su horrible profundidad f 

— Es que me estáis haciendo i^adecer los suj^li- 
cios del infierno. 

— Perdóname en razón de que yo los jiadezco 
ta|iibieii. 

Guido se dejó caer abatido en su asiento, y 
maquinalmente una (je sus manos fué á acariciar 
los frios cañones de dos pistolas, ocultas bajo uji 
legajo de i)apeles de los tantos que llenaban la 
mesa. 

El conde prosiguió ; pero esta vez vencido i)or 
las profundas amarguras en que su alma rebosaba. 
^ — Quién hubiera creído, qué ya á las i)uertas 
de la tumba, y desj^ués de largos años de honor 
sin tacha y de consideraciones justificadas, viniese 
la infamia á cebarse en mis canas, y que la más 
ruin de las traiciones habría de aniquilar mi 
corazón. 

— ¡ ¡ Horror ! ! exclamó Guido, ocultando el ros- 
tro entre las manos. 

• — Sí ; tienes razón : horror y espanto es lo que 
j)rovoca esta traición infame, contestó San Ger- 
mano ; pero mayor será tu asombro cuando sepas 
que el golpe que me anonada viene del ser en 
quien había depositado todo mi amor y mi con- 
fianza ; y al que habia x>rodigado con paternal 
afecto toda la ternm'a de mi alma. 

—¡Tierra, miu'muró Guido con reprimidti de- 
sesperación, ábrete á mis i)iés y sepúltame en tus 
entrañas ! 

— Te indignas ? siguió el conde ; ai ! á mí ni 
aun siquiera me asiste ese derecho contra ella. 



EN FKllKAKA. 157 



Por uua debilidad inexcusable en mis años, y que 
lioi castiga el cielo, comiíré su mano al precio de 
mi nombre, sin reparar, cegado de egoísmo, (xue la 
mujer á quien liacia mi esposa, no liabia salido 
aun de la primavera de la vida, de esa época en 
que la imajinacion sueña despierta, y da formas 
corpóreas á los ilusorios fantasmas que evocan las 
nacientes pasiones, ¿, Quién puede asegm-arme 
que al sacrifícaria ;i mis deseos, no destrocé los 
lazos de su primer afecto, ni si de un amor ya 
iUTaigado en su alma, fui implacable verdugo .' 

— No la inculpéis así.; Leonora es inocente. . . . 

— inocente ! . . . . quisiera creerlo t<xlavía ; i )ero 
la prueba de su pecado me la lum dado mis ojos. 
Oh (luido ! Guido ! exclamó el conde con dolori- 
•do acento ; presérvete el cielo de las torturas que 
martirizan mi alma ! 

Y cediendo al fin ti la tempestad que encerraba 
en el pecho, inclinó la cabeza sobre el liombro 
de su joven sobrino, y de sus ojos secos de oi-di- 
nario, corrieron abundosas y ardientes lágrimas. 

Al contacto de aquellas lágrimas, Guido exhaló 
im alarido desgarrador, al mismo tienqjó (pie <le 
la mesa arrebataba una de las pistolas para poner 
término á sus padecimientos. El conde lo detuvo, 
y conio despertando de súbito de aquel doloroso 
letargo, exclamó con toda la impetuosidad de sus 
pasiones hasta entonces contenidas : 

—Indicándome ese instrumento de muerte, me 
devuelves á la vida de la venganza ; mas no creas 
que la haya olvidado. 

Por toda respuesta, el joven alargó á San Ger- 
mano el arma que sostenía en su trémula mano. 



158 XJNA NOCHE 



Frenético de ira el conde se apresuró á tomarla. 

— Yenga ! dijo exhalando un rujido. Si para 
ella puedo tener piedad, i^ara su infame cómplice 
¡ venganza ! me grita el corazón. 

— Santa venganza, murmuró el joven bajando 
la cabeza. 

-^Ob ! toda la sangre de ese infame no bastará 
á saciar la sed que me devora. 

— Cien vidas que tuviera, deberíais arrancár- 
selas ! 

— Así está decidido. ' ' 

— Y qué os detiene ? 

— I^ada ya. ^ 

— Acabad, entonces, dijo Guido, cerrando los 
ojos y murmurando débilmente el nombre de 
Leonora. 

— Esjjera, tomó á decir el conde, rejistraiido sus 
bolsillos, dé donde extrajo al ñn un i)liego sellado 
con sus armas, que arrojó sobre la mesa. Así como 
puedo darle nmerte, puedo también morir. Hé 
ahí mi testamento, por el cual fe instituyo mi he- 
redero universal. 

— A mí ! ! exclaniíS (ruido horrorizado. 

— A ti ! y ahora, vé á retar á ese hombre. 

Próximo á perder la razón, apenas pudo el joven 
articular confusamente : 

— A quién, señor? 

— Al miserable que ha lütrajado mis cabellos 
blancos, me comprendes 1 quiero lavar con su san- 
gre la mancha que ha , arrojado en mi honra. 

— Ese infame, dijo Guido con iH'ofunda deses- 
Iieracion, ese infame 



EN FERRARA. 159 



— Insistes por ventura en liacemie creer que no 
sabes quién es ? preguntó San Germano, cortando 
la terrible confesión que brotaba de los labios de 
Guido. — Yo sí que le conozco, y no de abora ; 
apresúrate, vé. 

Difícilmente podría darse una idea, siquiera 
ajproximada, de las torturas jyov que pasaba el 
corazón de Guido durante esta entrevista. Vícti- 
ma de propias y de indirectas increpaciones, su 
alma recibía una doble lierida á cada nuevo cargo 
que pesaba sobre ella. Demudado el rostro, sobre 
el cual se extendía la azulada i)alidez de un ca- 
dáver, más que un hombre, i)arecia un espectro : 
los ojos se le babian hundido entre las órbitas, 
como tratando de esconderse de la acción acusa- 
dora de la luz ; un sudor glacial humedecía su 
frente ; é inmóvil, como si estuviera clavado al 
pavimento, apenas pudo contestar con un jemido 
ahog'ado á la imperiosa orden que recibía del 
conde. 

San Germano le contempló con extrafieza por 
algunos segundos, y sacudiendo luego la cabeza 
con nerviosa impaciencia, exclamó; exaltándose 
con el ruido de sus jjropias palabras. 

— Oh! no te creía tan reservado; pero ya que 
deseas otras señales, helas aquí, añadió, tirando 
del bolsillo el pañuelo manchado de sangre, <pie 
la noche precedente habla recojido en el aposento 
de Leonora. 

Guido Ifinzó un grito y retrocedió aterrado. 

— En esa cifra, prosiguió San Gerhiano presen- 
tándole el i)añuel(), en esa cííra está su nombre. 
Lee ! 



160 UNA NOCHE 



— Pie<iad ! 

— íío ! j)ronúiicialo en voz alta, quiero sentir 
una vez más, resonar en mi oído ese nombre mal- 
dito. Lee ! 

Dominado por el poderoso ascendiente que el 
dolor, el despecho y la ira daban á la palabra del 
anciano, Guido tomó el xJíiüuelo, y con un asom- 
bro tan solo comi^arable á su horrible agonía, 
inurmurc) : 

— Paolo Sforzzi ! 

— Sí ; lie ahí al ladrón de mi honra, i)rosigTiió 
San Germano con desenfrenada indignación : él 
es el que ha insultado estos cabellos blancos ; 
el que ha arrancado de mi alma el afecto que 
sostenía mi vida, y escarnecido mi nombre, acaso 
porque me cree débil, hasta arrastrarlo por el 
iodo. Pero no, se engaña ; el odio me devuelve 
la virilidad gastada por los años ; vé á decirle que 
es imposible que juntos podamos existir de hoi 
más sobre la tierra ; que tengo sed de sangre, y 
que es la suya la que habrá de ai)agarla; en fin, 
que esta noche, al levantarse la luna, sus pálidos 
rayos deben iluminar su cadáver ó, el mío. 

Guido permanecía anonadado. La impresión 
recibida era profunda, y apenas si podía compa- 
rarse á la inesperada transición de la muerte á la 
vida, que experimenta el infeliz á quien fusilan, y 
que, después de haber oído la descarga mortífera, 
se siente ileso y vivo. Además, como era natural, 
su alma había renacido á la esi)eranza, y en su 
noble corazón se libraba un terrible combate. In- 
capaz de todo flnjimiento, fluctuaba agonizante 
entre dejar al conde momentáneamente en el error 



E!í FERRáLÜA. 161 



eii que se hallaba, evitándose así la vergüenza de 
humillantes rei^roches, ó afrontar á cara descu- 
bierta la expiación de sus faltas, confesándose 
culpable. 

Ante la i^erplejidad de Guido, San Germano se , 
sintió de nuevo visiblemente contrariado. Seme- 
jante proceder se le hacia inexi>licable. Por for- 
tuna este estado de anarquía no fué largo ; la 
hicha terminó ; el conde arrojó un rujido de rabia; 
Guido exhaló lui snsi)iro de dolor, y levantando 
su ancha frente iluminada por mía idea repentina, 
dijo, resueltamente : 

— Haré lo que deseáis : voi á retar al marqués. 

— Si, vé, vé, combate á muerte ! Disparar á 
quema-ropa si i)refiere la pistola ; tú sabes lo de- 
más, — aquí te espero. 

Y dejándose caer en el sillón que hacia x)oco 
ocupaba, inclinó la { ab(3za sobre el pecho, y ocul- 
tó el rostro entre las manos. 

— Oh ! la expiación y el castigo serán ahora 
mas terribles, nmrmuró Güidó i)ara sí, y después 
de ocultar las pajinas que escribía cuando fué 
sorprendido, abrió la puerta y desapareció. 

Agotadas las fuerzas por la violencia misma 
de los arrebatos á que se había entregado su alma, 
San Germano quedó sumido en la mas comx)leta 
postración ; i)ero, así como vela en la oscuridad 
y sobre los despojos del huracán, la débil luz de 
un faro suspendido entre los escollos que comba- ^ 
ten las olas ; así su esi)íritu permanecía, activo 
y lleno de enerjía, sobre el abatimiento de la ma- 
teria. Al resplaiulor de los recuerdos, fanal siem- 

( 11 ). — ^IMPRENTA FEDERAL. 



162 UNA NOCHE 



pre encendido en el interior de nuestro ser, cruza- 
ban por su memoria los combates sangrientos que 
liabia librado en otro tiempo, las fiestas, las vic- 
torias, las demostraciones del entusiasmo popular 
y el agasajo de las cortes ; y oía el fragor de la 
batalla, el silbo de las balas, el alarido del clarín, 
las terribles sacudidas de la mar irritada sobre los 
costados de la nave extremecida, el himno de 
victoria entonado por mil heroicos corazones, los 
Víctores de la multitud y el eco de su nombre, 
superior al bramido de ia tempestad, recorrer el 
espacio dominando el inmenso clamor y los eter- 
nos ruidos del infinito. Escenas conmovedoras 
y terribles, tras las cuales el honor y la gloria 
coronaban de laurel y de mirto su cabeza encaneci- 
da á la luz de los relámpagos y á la sombra de las 
tormentas del océano. 

Luego la comparación del dia radiante de sus 
triimfos, con las tinieblas de aquella noche que pe-' 
saba sobre su corazón, venia de suyo á amargar sus 
recuerdos y á destruir de un golpe la pirámide de 
orgullo, levantada por el esfuerzo de su brazo y 
j)or la rectitud de su conciencia. 

" Nessun maggior dolore che ricordarsi del temim 
felice nella miseria " 

El conde de San Germano, como los condena- 
dos del infierno del Dante, sentía en aquel mo- 
mento toda la fuerza de esta verdad terrible.. 

Una hora había trascurrido cuando los pasos^ 
de Guido resonaron de nuevo en la estancia silen- 
ciosa. 

El conde no se había movido de su aliento, y 



EN FERBAEA. . 1G3 



en la misma posición en que le habia dejado á sn 
partida le encontró Guido á su llegada. 

Pero al sentir junto á sí aquellos ijasos, San 
Germano hizo un brusco movimientOj é irritado 
consigo mismo por haberse dejado sorprender en 
aquel estado de flaqueza, preguntó irguiéndose 
amenazante á la vez qué conmovido : * 

— Y bien, qué lia contestado f 

— Que acepta, respondió secamente Guido. 

— A muerte ? 

— A muerte. 

— ^Marchando el uno bácia el otro y disparando 
á voluntad ! 

— Tal como lo deseáis. 

— A qué hora ? 

— A las seis. 

—Dónde? 

— Detras del muro oriental del cementerio. 

— Está bien. 

Y tomando el sombrero, añadió volviéndose 
á la mesa : 

— Son seguras estas pistolas f 

— Oh ! y tanto, dijo Guido suspirando, que no 
conñaria á otras la guarda de mi \dda. 

— Vé á buscarme con ellas esta tarde á las seis 
menos cuarto. 

— Bien. 

— ^Eevísalas, y hasta mas ver. 

— Esperad un momento, añadió Guido haciendo 
detener á San Germano. Aún no habéis oído las 
condiciones que por su parte ha exijido el marqués. 

— Qué ! no ha aceptado las mias ? 

— Todas, pero á su vez impone algunas. 



164 ■■ UNA NOCHE 



— Cuáles son ? 

— Primero, que solo concurran al duelo dos tes- 
tigos. 

— Convenido, y qué más I 

—Batirse él por su x>arte, cubierto el rostro con 
una máscara de seda. 

— Miserable ! exclamó San Gerüíano con imi)e- 
tuosa indignación; no tiene derecho de imx)edir 
que yo vea sobre su frente el rubor de la vergüen- 
za, quién no temió infamarme. Semejante con- 
dición á más de ser ridicula, es de todo punto 
inadmisible : quiero verle á cara descubierta, para 
gozarme en su agonía, si la suerte me favorece. 

— Sin embargo, insistió Guido, al marqués como 
fiel servidor de su Santidad, y en ejercicio de im 
elevado cargo de la corte romana, le está x)roM- 
bido el duelo. 

— Pero se batirá esta vez ! gritó de nuevo el 
conde, ó me i)one en el caso de cometer un crimen. 

— Sin la condición j)or él estipulada, ese duelo 
es imposible. 

— Lo crees así ? 

— Antes se dejará asesinar sin defenderse. 

— Terminemos, i)ues. Yuelve á decirle, que nO 
bai sacrificio á que no esté dispuesto, ])oy encon- 
trarme frente á fi'ente con él; y arrojando una 
sarcástica carcajada, añadió con la expresión de la 
más reconcentrada ira : — Por lo demás, nada ga- 



nará con tan ridículo disfraz, i^ues yo sabré arran- 
cárselo cuando le vea por tierra, para escui)irle el 
rostro. 

— Estáis en vuestro derecho, contestó el joven 
suspirando. 



EN FERRARA. 165 



— Y liaré uso de él. 

Giüdo guardó silencio. 

El conde le tendió la mano con paternal aga- 
sajo, y prodigándole una mirada de indecible ter- 
nura, se alejó murmiu'ando : 

— Pobre Guido, tiene las manos tan Mas y el 
rostro tan i)álido, cual si fuera un cadáver. Sin 
embargo, apostarla mi cabeza á que se batirla j)or 
mí con mas bravura que por su i)roi)ia lionra. 



EN FEERAKA. 167 



XIII. 



TRAS LOS MUROS DEL CEMENTERIO. 



Después de haber pugnado el sol durante todo 
-el dia, por asomar su roja faz al través de las 
espesas nubes que se extendían sobre Ferrara, 
inclinaba al fin la altiva frente sobre la ciu'va del 
horizonte, como un guerrero fatigado y cubierto 
de sangre, que, tras el afanar de la batalla, busca el 
reposo en el seno de las sombras. 

La tarde se ostentaba i)rofundamente melan- 
cólica; ima brisa Ma y destemplada hacia fla- 
mear las banderas amarradas á las flechas de las 
torres ; las seis acababa de dar el reloj de la anti- 
gua catedral, y con unísono acorde era re^Detida 
«esta hora x)or todos los campanarios de la ciudad, 
<?uando un coche se detuvo á la puerta del pala- 
cio San Germano. 



1G8 UNA NOCMB 



El cochero descendió del ijescante para abrir, la 
X)ortezuela, y un hombre de mediana talla, joven 
aiin, aunque ya marchita y severa la fisonomía, 
saltó del carruaje y fué á llamar al ventanillo de 
la gran puerta del palacio, cerrada á la sazón ; , ú 
tie]^I)o que se abria en el i)iso princij)al el postigo 
de uno de los balcones^ y que una cabeza encane- 
cida por los años y animada de impaciencia y de 
curiosidad se dejó ver un instante, desapareciendo 
en seguida. 

El desconocido que habia descendido del carrua- 
je, y que por su traje militar debia pertenecer á la 
oficialidad de las tropas pontificias que guarnecian 
á Ferrara, llamó repetidas veces á la cerrada x)uer- 
ta, y solo después de fuertes golj^es el ventanillo 
se abrió á medias para dar salida á la encorvada 
nariz del viejo mayordomo del palacio, quien lleno 
de inquietud preguntó al oficial : 

— Qué deseáis, caballero ? 

— ^Ver inmediatamente al conde de San Ger- 
mano, contestó el interpelado, con alguna emoción. . 

— Siento deciros que el señor conde está indis- 
puesto y no visible. 

— Sin embargo, insistió el oficial, es, de todo- 
punto indispensable que yo le vea ahora mismo. 

—Si no me he explicado bien, tornó á decir 
Martino, examinando con recelo á su interlocutor^, 
os repetiré de nuevo que el señor conde. . 

— Basta: no os toméis esa pena é id á anunciar- 
le mi llegada. 

— ^Pero es el caso que^ su excelencia no puede 
recibiros. 

— ^Ya cambiará de resolución cuando le digáis 



EN FEKRAEA. 169 



que el cabíiUero Pépiioli, capitán de las guardias 
Ijoutificias, solicita hablarle sin demora. 

— M que fuerais su Santidad en persona os 
recibirla el conde. Yolved mañana, caballero, 
siguió Martino, tratando de no dejar descontento 
ai oficial ; el dia lia estado calui-oso y frió, mi 
amo está achacoso, ya se ve, no es de ayer que 
digamos, y la menor incomodidad le produce do- 
lorosas consecuencias ; pero no creáis que baya 
liiotivos serios de enfadarse ; no señor, aquí nada 
ba pasado que pueda tener visos de escándalo. 
Quién ba dicbo semejante cosa ? el conde es muí 
feliz y la señora condesa 

— Me baceis perder el tiempo miserablemente^ 
dijo el capitán, interrmnj)iendo al cbajjlatíin veje- 
te; abrid la puerta éí id á animciar mi presencia 
á vuestro amo. '-^'urxu^ 

— 1^0 os empeñéis, señor oficial, él no puede 
recibiros y ademák. 

— Con mil demonios, exclamó PépiDob ijerdien-' 
do la paciencia, baced lo que os ordeno, 

— Hola ! no tenéis buen carácter, dijo Martino 
con visible inquietud : tanto jieor para vos ; vol- 
ved mañana. 

Y separando violentamente la cabeza, fué á 
cerrar el ventanillo. Pero no se escaiJÓ al capitán 
la intención de semejante movimiento, é introdu- 
ciendo con rapidez el pomo de la espada por el 
postigo, frustró las j)retensiones del terrible can- 
certero. 

— Eso es ya demasiado, exclamó el viejo enco- 
lerizado, y forcejeando i)or cerrar el ventanillo. 



170 UNA NOCHE 



— Me romperás la espada, gran tunante, antes 
<le hacerme ceder. 

— Caballero! 

— Lo que tengo que decir á tu amo, le interesa 
más que á mí. 

— !-Puede ser, pero 

— Oh ! no hai pero que valga, es necesario que 
liable al conde ; le va en ello el honor. 

— Cualquiera apostarla, replicó Martino, pug- 
nando por trancar el i>ostigo, que es el vuestro 
(juien reclama lo que se le ha i)crdido. 

— Miserable ! 

— Si insistís en forzar la puerta, daré voces, lla- 
maré la guardia. 

— Con mil rayos, vejete abominable, cierra tu 
liostigo y ve á decii* al conde, que Guido salió 
para Bolonia hace quince minutos y que yo ven- 
go en su lugar. 

Y retirando la espada del ventanillo, sobre el 
que Martino se apresuró á echar dobles cerrojos, 
-el capitán abandonó la j)uerta y se dejó caer con- 
trariado sobre los muelles cojines del carruaje. 

— Adonde vamos, excelencia ? preguntó el co- 
chero. 

— Espera todavía, que el viejo ha de volver. 

Cinco minutos después se oyeron de nuevo pa- 
sos en el umbral del palacio ; pero esta vez no fué 
el iDostigo sino toda la puerta la que Martino se 
aj)resiu'ó á abrir. 

El capitán volvió á descender del carruaje y se 
^icercó á Martino. 

— Entrad, excelencia, dijo el viejo mayordomo 



EN FERRARA. 171 



descubriéndose respetuosamente ; el señor conde 
os espera. 

El caballero Péppoli, no se Ilizo repetir la invi- 
tación y subió la escalera. San Grermano le salió 
al encuentro. 

— Señor conde. 

— Caballero, dijo el anciano cuyo rostro demu- 
dado revelaba una violenta sorpresa á la vez que 
un i)rofundo pesar. Es cierto lo que me habéis 
liecho decir? 

— Os empeño por ello mi palabra, señor conde. 

— Oh ! no os exijo tanto, añadió San Germano 
palideciendo. Entremos á esta sala. Sentaos, 
y expñcadme el objeto que os trae. 

— Hace veinte minutos que sentí detenerse á mi 
X)uerta la dilijencia de Bolonia, y en seguida, vi 
á Guido profundamente ajitado j)enetrar en mi 
casa. 

— Qué más? 

— Su visita tenia i)or objeto, suplicarme cpie le 
sustituyese como padrino en un duelo que tenéis 
pendiente para esta tarde con el marqués de 
Sforzzi. La amistad que hace algimos años me 
une á vuestro sobrino, junto con la inquietad, la 
desesperación y el dolor que se iiintaban en el ros- 
tro de Guido, me rindieron á sus ruegos, acepté y 
me entregó una caja de i)istolas que está allá aba- 
jo en el carruaje. A más de esto me imiDuso mi- 
nuciosamente de las condiciones del duelo, cuya 
causa no quise ni deseo saber, y me encargó enca- 
recidamente que os suplicase, le x^erdonáseis la 
grave falta que cometía al alejarse de vos, en el 
momento en que vais á exponer vuestra ^dda ; 



172 UNA NOCHE 



X)ero que os protestaba que no se" liabia sentido 
con valor suficiente para jiresenciar el duelo. 
Todo fué dicho en medio de violentos arranques 
de desesperación y de tales muestras de dolor, que 
me lia dejado in'ofundamente conmovido. Luego 
iiízonie jurar por mi lionor el cumplimiento exacto 
de cuanto me liabia exijido ; subió jí la dilijencia, 
y á la fecha estará ya á algunas millas de E'erra- 
ra. He aquí mi misión, señor conde. 

— Ingrato ! exclamó San Germano dominando la 
emoción que entorpecía sus palabras, ingrato hijo i 

Y reprimiendo su dolor, con un supremo esfuer- 
zo de enerjía, añadió dirijiéndose al capitán : 

— Perdonad, caballero, y recibid \)ov vuestro 
jeneroso proceder hacia mí, las más' sinceras 
gTacias. 

-r— Señor conde, estoi á vuestras órdenes, y po- 
déis contar conmigo como con el mas leal de vues- 
tros amigos. 

^—Conquistáis toda mi gratitud, señor capitán, 
hasta Iiacerme olvidar la deslealtad que ha moti- 
vado esta entrevista. 

— Oh ! no inculpéis al i)obre Guido antes de 
haber oído su defensa. 

San Germano no contestó esta vez, sacó el re- 
loj, vio la hora, y alarmado de la tardanza en que 
ya habia incurrido : , ^ 

— ^Vamos ! dijo, que ya el marqués debe estar 
impaciente. 

— íío tenéis aún algo que arreglar ? i)reguntó 
Péppoli. 

— ISísbáa, ; hace una hora que esperaba á Guido ;: 
estoi listo ; podemos partir cuando gustéis. 



EN PERUAllA. 173 



— Al instante, agregó el capitán. 

Y tomando 8an Germano el sombrero, que Mar- 
tino visiblemente coimiovido le presentaba, salie- 
ron de la sala. 

Al llegar al principio de la escalera, el conde se 
detuvo. En una de las liabitaciones inmediatas 
se dejaban oir sordos y éxti'años rumores. 

San Germano x)ase() en- silencio uuíi mirada i)ro- 
í'imda sobre todo cuanto le rodeaba. Era aquélla 
miríida su última despedida del hogar de sus miii- 
yores, donde T)ara él iiabian corrido las ]iorns mas 
felices de su existencia. Luego fijó los ojos secos 
y enrojecidos sobre la puerta de aíjuella liabita- 
cion de donde se escapaban los estraños ruidos, y 
sus labios se contrajeron con doloroso jesto ; aho- 
gó un susj>iro que casi lo hizo vacilar sobre sus 
pies, y ofreciéndole á Pépi)oli el apoyo de su bra- 
zo, descendió hi escalera. 

La puerta en (pie se habian detenido los ojos 
<lel anciano con tan ardiente fijeza, daba al apo- 
sento de Leonora, teatro de la catástrofe de la 
noche precedente. 

La condesa, 'privada aún del uso de los sentidos, 
distaba acometida, de una fiebre violenta y alar- 
mante. Dos facultativos la habian visto hasta 
aquella hora, y ambos habian dado á una anciana 
que velaba á la cabecera de la enferma, mui pocas 
esperanzas. 

Esta anciana (pie servia de madre á la condesa, 
era su antigua nodriza ; de sus ojos caian copiosas 
lágrimas sobre la almoliaxla en (pie reposaba Leo- 
nora, (piien á i)esar de la palidez y de la extrema 
dejwesion de sus facciones, parecia bajo las blan- 



174 UNA NOCHE 



cas sábanas del lecho, una de aquellas vaporosa» 
y fantásticas visiones que inspiraron á los poetas 
del Norte su veneración por las ondinas, y á las^ 
que acaso debió Shakespeare el ideal de Ofelia. 

Casi i)or fuerza acababan de dar á la condesa 
una i)OCÍon medicinal ; y después de una inmovi- 
lidact de muchas horas, sus músculos comenzaban 
á contraerse ; á sus mejillas pálidas subia una 
rojiza llama que le invadía lentamente el rostro 
como una marejada de sangre, y extrañas con- 
vulsiones se manifestaban en las extremidades de 
su cuerpo. 

De pronto, el coche que esperaba á San Germa- 
no y al caballero Péppoli á la puerta del palacio, 
partió á todo galope. Leonora lanzó un grito de 
l)avor ; sus ojos se dilataron despidiendo relámj)a- 
gos, y como si estuviera ante im fantasma, solo 
visi))le i)ara ella, exclamó con los cabellos erizados 
de espanto y tratando de ocultarse entre los plie- 
gues de las flotantes colgadiu^as del lecho : 

— Deteneos ! deteneos ! lo que vais á cometer es 
un crimen ! . . . . Es él !^ es él ! ¿ no le reconocéis ? 
ah! piedad! piedad! 

— Leonora, hija mia ! dijo la anciana estrechán- 
dola en sus brazos y tratando de calmarla. 

— Oh ! no me toquéis, siento caer su sangre so- 
bre mi cabeza Yo sí le reconozco, y el insen- 
sato va á herirlo. Deteneos, deteneos ! 

— Sueñas, hija mia, volvió á decir la anciana. 
Despierta y nada temas, que Magdalena y yo no 
te abandonamos. 

Haciendo un brusco movimiento, Leonora se 
incoriíoró casi hasta arrodillarse, y con los labios 



EN FERRABA. 175 



lívidos y entreabiertos, la mirada fija y el seno 
jadeante, como quien espera con la vida en sus- 
penso el terrible desenlace de un drama desgarra- 
dor, lanzó en seguida un agudo alarido y cayó 
murmurando basta perder de nuevo los sentidos: 

— ^Misericordia ! misericordia ! le ban asesinado! 

Entre tanto el carruaje del cax)itan rodaba con 
raijidez bacia el ex-convento de cartujos, funda- 
do por Borso de Este en 1452 y convertido más 
después en cementerio de Ferrara. Pronto deja- 
ron á su espalda la plaza en que se levantaba la 
estatua de Alejandro VII, que mas tarde, susti- 
tuida por una de íí^apoleon I, fué á su vez reem- 
plazada por la del gran poeta cuyo nombre lleva 
en nuestros dias. (*) 

A algunos pasos de esta j)laza, el carruaje que 
ocui)aban Póppoli y el conde, así como un coclte 
cerrado que los precedía á corta distancia, tuvie- 
ron que detenerse i)ara dejar j>asar un entierro 
que, saliendo de una calle trasversal, tomaba la 
dirección del cementerio. 

Media docena de bombres, que por sus trajes 
parecían pertenecer á la clase acomodada de los 
bosteleros y fondistas de la ciudad,^ acomijañaban 
el ataúd del difunto que, cubierto con un paño 
mortuorio, era conducido en bombros por los her- 
manos de ima cofradía relijiosa á la cual pertene- 
cía el flnado. 

Entre los acomi)añantes de este entierro, solo 
uno parecía verdaderamente conmovido ; y era 
este un joven de veinte años á quien todos trata- 



(■') Plaza Ariostea. 



170 UNA NOCHE 



ban con especial agasajo, i)ero sin lograr coilso- 
larle. 

—Cómo queréis que uo se aflija cuando i^ierde 
á su padre? y qué padre ! decia uno de los miem- 
bros de la hermandad relijiosa, á un grueso y 
colorado especiero de Porta-Mare, ({ue marclia- 
bai íi su lado. 

' — Diablo ! contestó el aludido ; cuando se liere- 
da la mejor taberna de la ciudad, y con ella una 
cava surtida de los mejores vinos de la tierra, no 
Iiai razón para mostrarse tan triste é inconsolable. 

— Es, hermano, que el sentimiento 

— Qué cuernos, ni qué Madonna ¡si fuera po- 
bre, vaya ! á no tener nada mejor que hacer, -po- 
dria llorarse la ausencia de la herencia ; i)ero rico, 
oh ! convenid conmigo en que es una imbecilidad 
de mui mal gusto. 

jál entierro x)asó, y los dos carruajes, tomando 
cada uno á su vez la misma dirección, aunque por 
distintas calles, se internaron en los arrabales y 
luego en los incultos camj^os que rodeaban el 
Cementerio. 

El carruaje cerrado anduvo diez minutos y fué 
■á detenerse bajo los olmos de una avenida, veci- 
na al mm*o meridional. 

En un claro abierto entre la pared y las male- 
zas que separaban á aquella de la avenida, pla- 
ticaban alegremente cuatro personas que no nos 
Kon desconocidas. Al detenerse el carruaje, una 
lie ellas lanzó un grito de agradable sorpresa, y 
frotándose las manos con ner^doso entusiasmo, 
exclamó malignamente.- 

—Llegó el galán, señores, la ñesta va á empezar. 



EN FERRAKA, 



— Ten i^riidencia y no sueltes la lengua, destor- 
nillado abate, dijo el marqués de Sforzsi, sujetan- 
do á Borelo que -se lanzaba hacia el carruaje. Y 
tú, Bonasorte, añadió con rapidez, vete presto, 
que no es digno que encuentre á mi lado tres tes- 
tigos cuando él solo traerá dos. 

— Lo que es irme en absoluto, no lo eslieres, 
contestó Bonasorte ; yo quiero ver la fiesta. Así, 
lo más que puedo hacer, es ocultarme. 

Y esto diciendo, fué á esconderse tras nn seto 
de espinos á diez pasos del claro. 

El marqués no tuvo tiempo de hacerle otra ob- 
servación, porque la persona que esj)eraban esta- 
ba, ya frente á él. 

Un saludo jeneral, mitad burlesco y mitad cor- 
tés, acojió al recienvenido quien gallardamente de- 
volvió esta atención no sin cierta ironía. 

— íío os habéis hecho esperar mucho tiempo, 
dijo Sforzzi. 

— Sin embargo, contestó Guido adelantándose, 
hubiera deseado llegar antes que vos ; mas para 
venir aquí, he tenido que correr cuatro millas 
por el camino de Bolonia. 

— ^Y i)or qué habéis tomado un camino tan lar- 
go ? preguntó Borelo, siempre dispusto á dejarse 
vencer j)í)r la cm*iosidad. 

— Eso solo me compete, contestó Guido con 
sequedad. 

—Por lo visto, no se enseña urbanidad en las 
dilijencias ni en los caminos reales, replicó el 
íibate mordiéndose los labios. 

— l^o á fé mia, pero en cambio se aprende 

(12). — IMPRKN'vTA FKÜKRAL. 



178 UNA NOCHE 



en ellas y en ellos á distinguir al ijostillon de los 
caballos. • 

— Qué me queréis decir ? 

— Que estoi á vuestras órdenes, marqués, dijo 
Guido dirijiéndose á Sforzzi. 

— Yeo con extrañeza que no traéis testigos,, 
caballero, contestó el marqués. 

— Así es ; i3or no dar á este asunto más publi- 
cidad de la que acaso tiene, me be abstenido de 
solicitar dos amigos que me sirviesen de i^adri- 
nos, contando con exijiros, llegado el caso, que 
me cedieseis uno de los vuestros. 

— iSTo tengo inconveniente, pero bai ima difi- 
cultad. 

— Ouál ! 

— Que estos caballeros, dijo Sforzzi, volviéndo- 
se á Mansini y al abate, son demasiado amigos 
mios, j)ara satisfacer las exijencias requerida s^ 
en esta clase de asuntos. 

— Estimo vuestra delicadeza, marqués; pero^ 
es indispensable saltar por sobre tales exijencias, 
si no teméis que os crea lioi tan prudente, como 
menguado fuisteis anoche. 

— Cuidado, señor mió ! dijo el mai;qués r)ali- 
deciendo. 

— Oh ! no os violentéis i3or tan x>í>co, añadió 
Guido con solemnidad ; antes de que os ciegue 
el orgullo, quiero persuadiros, para no llevar so- 
bre vos ventaja alguna, que estoi decidido, mejor 
dicho, que tengo necesidad de mataros; no en 
castigo de vuestro infame proceder hacia mí, que- 
acaso, sin ciertas circunstancias que hoi lo imi^ideii,» 



EN FEKKAKA. 179 



OS habiia perdonado, sino porque así lo exije la 
tranquilidad de nú conciencia. 

— ÍTo deja de ser orijinal vuestra necesidad, re- 
X)licó el marqués sonriendo con desdeñosa petu- 
lancia, x>ero tened entendido, i)ara que no os sor- 
IDrenda, que pretensiones como las vuestras son 
mui diííciles de satisfacer^ 

-—Olí ! exclamó Guido con acentuada convicción, 
lo que es esta, la creo tan á mi alcance, que no 
temo aconsejaros que hagáis las i)aces con el 
cielo, antes de que nos vayamos á las manos. 

— Traspasáis los límites de las agudezas tolera- 
bles, dijo Sforzzi encolerizado, y os aseguro, caba- 
llero, que semejantes olvidos son mui peligrosos 
con los hombres de mi clase. 

— Siento que echéis á mala x>arte, un consejo 
que es bien intencionado. 

— Basta de semejantes ridiculeces, dijo el inar- 
.qués con impaciencia : terminemos este asunto. 

— Como gustéis. 

— Mira, Mansini, dijo el abate señalando á su 
silencioso camarada la elevada copa de imo de los 
olmos de la avenida, por i>rimera vez en mi vida, 
veo á una golondrina hiicerle frente á un halcón. 

— Maldito si yo veo lo (pie tii, contestó Mansini 
buscando en lo alto de los árboles lo que Borelo le 
indicaba. 

— Diablo ! replicó el abate, no ves nada, porque 
buscas mui arriba. 

— Señores, dijo el marqués interrumpiéndolos, 
despachémonos que es tarde. Este caballero se 
empeña en qué uno de vosotros le sirva de testigo; 
aceptáis! ■ ■/■: ■.'.,--\¡i :*■■:-■ 



180 UNA NOCHE 



— íío me faltan escrúpulos^ se apresuró Mansiui 
á contestar. 

— Pues yo no los tengo, agregó Borelo, y dado 
caso que esos señores, que nunca le faltan á Man- 
sini, vinieran á importunarme, los sacriflcaria al 
placer dé ver á mi protejido parar una vez siquie- 
ra la estocada favorita del marqués. 

— Señor Abate, dijo Guido volviéndose ó Bore- 
lo, hacéis bien en aceptarme por abijado, jiorque 
veréis cosas mui bellas, y mui en armonía con 
vuestros gustos. 

— l^o lo dudo un instante, mi querido señor, 
contestó el abate con alambicada ry piuizante iro- 
nía ; y en cambio de los placeres que me jirome- 
teis, os ofrezco desde ahora haceros vuestra ora- 
ción fúnebre, y recomendaros al diablo para que 
no os reciba mal. 

— Quedareis satisfecho, dijo Guido volviéndole 
la espalda. 

— A la prueba, , pues, replicó Borelo, y corrió á 
presentarle la espada de combate. 

El marqués arrojó por tierra su sombrero galo- 
neado en que lucian las blancas ijlunias de los 
caballeros al servicio de la corte romana ; se des- 
pojó de su casaca de terciopelo azul con alamares 
de oro y seda ; y blandiendo la espada que Man- 
sini habla puesto en sus manos, hizo un gracioso 
saludo á su contrario, y cayó en guardia con la 
perfección académica de un maestro de armas de 
la escuela napolitana y la típica arrogancia de los 
duelistas de su época. 

Por la destreza en el manejo de las armas y su 
bravura reconocida, el marqués de Sforzzi habría 



EN FERRAKA. 181 



figurado con ventaja al laclo de los Létorriéres, 
Sainte-Foix, del famoso caballero Eon y del terri- 
ble Saint-George. 

A juicio de Mansini, el combate que se iba á 
empeñar era casi un asesinato. 

Guido, por su parte, con la mayor sangre tria, 
imitó uno á uno los movimientos del marqués ; 
como él y no menos ergiüdo é imj)onente, saludó 
con desenfado, y esperando la señal del asalto, 
quedó en guardia á su vez. 

— Bravo ! bravo ! exclamó Borelo, sin poder 
dominar la sorj^resa que le causaba la desenvoltu- 
ra de Guido y su aplomo marcial. ISTo apunta 
mal el seTiorito. Mano firme, elástico jarrete, res- 
piración tranquila. . . . Mi querido marqués, si no 
me engaña mi experiencia, la partida te liace 
honor. 

Sforzzi midió á Guido con una mirada de maes- 
tro, y volviéndose á Borelo, dijo en francés, con 
sequedad : 

— Fas mal. 

— ^Eealmente ! agregó Mansini, respirando con 
más facilidad. 

Tres palmadas resonaron á intervalos iguales. 

Bonasorte desde el seto en que se habia oculta- 
do, levantó la cabeza para abarcar mejor el camijo 
de batalla. 

El marqués hizo im jeSto de impaciencia. Gui- 
do no alteró uno solo de los músculos de su 
rostro. 



182 UNA NOCHE 



Los aceros se cruzaron como dos vívoras que se 
acoineteu para ciarse muerte ; y despidiendo lla- 
mas por los ojos, ambos combatientes romi)ieron 
simultáneamente la guardia, y uno á otro se lan- 
zaron con la misma frenética impetuosidad. 



EN FEREARA. 183 



XIV. 



A LA LUZ DE LOS HACHOJTES. 



En tanto que acontecía lo que acabamos de 
presenciar, entre la avenida de olmos y la pared 
meridional del cementerio, el carruaje que condu- 
ela al conde San Germano y, al caballero Péppoli, 
llegó jímto á las ruinas de ima antigua capilla, 
que algunos años antes liabia estado anexa al 
ex-convento de cartujos, y del cual la separaba 
á la sazón el miu'o occidental del cami)o de los 
muertos. 

— ^ Yé á esperarnos á la i)rimera encrucijada de 
la derecha, dijo Péppoli al cochero, tan pronto 
como él y su comj)añero descendieron del carruaje. 

Y tomando la caja qiie guardaba las pistolas, 
siguió al conde que se dirijia a las ruinas de la 
«capilla. 



184 UNA NOCHE 



— El sitio no lia sido mal escojido, tornó á decir 
el capitán, colocando su terrible carga sobre un 
trozo de columna que yacia por tierra rodeado de- 
malezas. Entre estas ruinas y el viejo muró de 
ese claustro sombrío, bien i)uede uno agujerearse 
cómodamente el cráneo, i ínTo sois de mi oi^inion,. 
señor conde ? 

— De lui todo, contestó secamente San Ger- 
mano. 

El capitán guardó silencio por algunos minu- 
tos : el , conde fué á sentarse pensativo sobre un 
montón de escombros. 

Péppoli lo contemj)ló largo rato con respetuo- 
so interés ; luego, acercándosele de nuevo, le dijo 
con alguna emoción. 

— Sabéis, señor conde, que entre las instruccio- 
nes que j)ara este duelo lie recibido, hai una con- 
dición mui orijinal y á todas luces difícil de aceii- 
tarse ? 

— ^Sin embargo, la he aceptado ya, dijo San: 
Germano. 

— 'No me refiero á la careta con que el marqués 
tiene el capricho de batirse, sino á mayores iregu- 
laridades, no acostumbradas en esta clase de 
asuntos. 

— Por ejemplo ? 

— Que sean vuestras pistolas y no otras, las 
que hayan de emplearse en este combate á muerte. 
Y más que todo eso, que vengan esas armas car- 
gadas de antemano, cuando es de lei, que semejan- 
te ojíeracion tenga efecto en presencia de los tes- 
tigos de ambas partes. 
, — íío os preocupéis por eso, contestó San Ger- 



EN FERRARA. 185 



mano ; jamás he hecho uso de esas i)istolas, que 
tampoco son mias, y si vienen cargadas, fué 
para ganar tiempo, que Guido y los testigos del 
marqués se anticiparon á hacerlo. 

— En ese caso nada tengo que objetar; pero sí 
añadiré, que habéis sido acertado, en i^referir la 
I)istola, tratándose de un hombre tan hábil en el 
manejo de la espada, como el marqués de Sforzzi. 

— Para mí habría sido indiferente la esx)ecie 
de armas que se em jileasen en este duelo; i^ero 
ha sido mi contrario quien elijió las que habéis 
tenido la amabilidad de traer. 

— Singular me parece la elección en el carácter 
del marqués, quien á la fecha cuenta quince due- 
los al florete, habiendo salido de todos ellos triun- 
fador. Pero no oís! dijo el capitán interrum- 
piéndose de pronto, y prestando atención á un 
ruido extraño que venia de la parte meridional 
del cementerio, 

— Sí, centestó San Germano, inclinándose para 
percibir mejor; y si no me engañan los oídos, es el 
roce violento de dos espadas lo que produce ese 
ruido. 

— Oh ! no me queda duda, exclamó el capitán : 
se baten detras de ese ángulo, y á juzgar por lo re- 
X>etido de los golpes, la riña debe ser encarnizada. 

— Quién será el infeliz, murmm'ó el conde, que 
venga así su honor tan cerca de nosotros ! E 
inclinando de nuevo la cabeza, guardó silencio y 
esperó. 

El lejano ruido que al chocarse producían las 
espadas, se i)rolongó aún por algunos segimdos ; 



186 UNA NOCHE 



luego cesó de súbito, y un quejido cruzó el aire en 
las alas del viento. 

— Lo que fué, terminó, dijo Péppoli conmovido. 

-^Está muerto ! está muerto ! exclamaron al- 
gunas voces detrás del ángulo del cementerio. 

Y el silencio volvió á reinar de nuevo en torno 
de la sombría morada de los muertos. 

La tarde caía triste en el seno de la noche . 
Los últimos resplandores del crei)úsculo comba- 
tían en vano las sombras invasoras, que extendían 
sus negras alas sobre el día agonizante, con la 
suprema majestad de la muerte. 

El capitán no insistió en sus observaciones ; y 
mudo como el conde, quien i)álido y sombrío como 
el dios de la venganza, se destacaba bajo los que- 
brados arcos de la capilla, vio» salir de detrás del 
ángulo del cementerio y por entre los festones de 
enredaderas que caían de las paredes, al abate 
Borelo seguido de un hombre enmascarado. 

— Helo aquí ! dijo Pépj)olí sc'bresaltado é in- 
'dicando al conde su terrible adversario. 

8an Germano se estremeció, y con los ojos 
inflamados como ascuas enrojecidas, se i^uso de 
pié en actitud amenazante. 

—Por más que el marqués se haya cubierto el 
rostro con esa máscara negra, tomó á decir el 
"Capitán, le reconocería á una milla por las plumas 
blancas de su sombrero galoneado y i)or su ínse- 
l)arable compañero. * 

El conde guardó silencio. 

— Ola Péppoli, dijo el abate adelantándose, y 
tendiendo al capitán su delicada mano, celebro én- 



EN FBRKARA. 187 



contrarte, liiies teugo que exijirte un servicio de 
importancia. 

— Estoi á vuestras órdenes, señor abate, contes- 
tó el capitán ; i^ero decidme antes que todo, ¿ sois 
el testigo de este encuentro ? 

— ^Ya lo ves, mió carlssimo. 

— Supongo entonces que conocéis las condicio- 
nes de este duelo ? 

— ^^^aya ! como á mis puños de encajes. Pero 
qué diablos ! agregó Borelo notando la oscuridad 
que emxjezaba á rodearlos, y tratando de recono- 
-;cer al conde entre las sombras de las ruinas ; den- 
tro de i)oco quedaremos en tinieblas, y la luna que 
se levanta, apenas si permitirá distinguirnos. 

— E"o es culpa nuestra el que la noche nos haya 
sorprendido, contestó Péppoli ; hace media hora 
que os esperamos. 

— Tenéis razón ; pero tamx)oco puede echárse- 
nos en cara la falta de puntualidad. La tarde 
ha sido laboriosa, agregó Borelo riendo maligna- 
mente, y i)ara emi)ezar aquí, era necesario termi- 
nar antes allá. Pero no hai cuidado; yo trataré 
«■de conciliario todo. 

Y volviéndose á los dos adversarios que de i)ié é 
inmóviles permanecían á treinta pasos de distan- 
cia, agTCgó con su acostumbrada desenvoltiu'a : 

— Esperad un momento, caballeros, que podríais 
haceros grave daño si no vieseis con claridad lo 
<iue debéis hacer. Para proporcionaros la aijete- 
cida luz que nos niegan los astros, se me ha ocu- 
rrido una idea que vale tanto como el famoso fiat 
4]ue iluminó el universo. 



18^ UNA NOCHE 



— Abusáis, señor abate, dijo Péppoli con seve- 
ridad. 

— Olí ! lio te impacientes, mi querido capitán, 
contestó Borello con cínica desfachatez ; critica 
solo mi i)royecto cuando le conozcas, si es (pie no 
lo epcuentras adaptable. Como acaso no lo igno- 
ras, el imbécil de Oariiinetto, ]ior no saber volar, 
acaba de llegar derrengado al cementerio, y como 
buenos amigos que fuimos hasta ayer, esj)ero no 
me negará dos hachones de los que alumbran á 
estas horas su respetable figura de tramposo, 
mientras que el seijultmero le hace el hoyo, y sus 
cofrades de vSan Eoque le entonan el de profmidis 

Péppoli dirijió al coude una mirada interroga- 
dora. 

San Germano ajitó la cabeza Cn señal de apro- 
bación, y el abate, confiado en sus prerogativas 
clericales, corrió á la iglesia del Campo santo, don- 
de el cadáver de Maese Oarpinetto recibía de la 
hermandad relijíosa á que había pertenecido, las 
últimas demostraciones de piedad. 

La luna se levantaba pálida y melancólica por 
sobre las copas de los olmos, esparciendo su débil 
y plateada claridad sobre aquellos campos tristes y 
silenciosos como los fúnebres claustros que rodea- 
ban, y en los que tantas jeneraciones dormían el 
sueño del sepulcro. 

La ausencia de Borelo duró pocos minutos, en 
cuyo tiempo jyí el capitán, ni el conde, ni el hom- 
bre de la máscara, hicieron un movimiento. 

— P^ste! exclamó el abate presentándose de 
nuevojy entregando á Péppoli dos negros y ro- 
bustos hachones : heme aquí, pero casi asfixiado. 



KN PBEBAKA. 189 



Eso8 malditos plebeyos se corrompen c^n exaj era- 
da facilidad. íío eres de mi opinión, capitán f 

— No hagamos esperar por más tiempo á estos 
'Caballeros, dijo Péi)j)oli- 

— Tienes razón, amigo mió, yo sé por experien- 
■cia cuánto sufre el que espera ver muerto á su 
enemigo, y le ve viyo frente 'á sí. Despaclié- 
monos. 

Y encendiendo los hachones, los clavó en el sue- 
lo, uno frente á otro, á veinte i)asos de distancia. 

— Yíí, ves, mi imx)aciente amigo, volvió á decir 
el abate dirijiéndose al capitán, (pie así no hai 
temor de errar; y (pie estos caballeros (le])e]i 
agradecer á Carpinetto la muestra de íunel)re 
cortesía (pie tan jenerosamente se ha jírestado á 
ofrecerles. 

— Basta de sutilezas, señor abate, dijo el conde 
<?on eiiérjica severidad ; y decid al marqués que se 
■descubra el rostro, si no (piiere obligarme á profa- 
nar su cadáver. 

Estas solemnes palabras pronunciadas con fue- 
go, pero sin arrogancia, hicieron estremecer al 
abate, (piien, desconcertado y pensativo, apenas 
jmdo contestar confusamente las i)reguntas que 
el capitán le dirijió en seguida. 

— Me habéis dicho, señor abate, que conocéis 
las condiciones de este duelo f 

— Sí. así es, capitán, .... las conozco, .... 

veinte pasos : míirchar uno Inicia el otro, y dis- 
parar á voluntad 

— Eso es horroroso, dijo Péppoli, i)ero tales son 
los términos fijados. ' 

— Oh ! no es i>osible ! mm-miu'ó el abate, preo- 



190 UNA NOCHE 



ciipado como hablando consigo mismo, ¿lialbré 
oído mal? me habré engañado? 

— Qué decís 1 preguntó de nuevo el capitán. 

— ^ííada ! contestó Borelo enjugando el sudor 
que humedecía su frente ; diabluras que á veces 
se me vienen al espíritu. 

— Hé aquí pues las pistolas. 

— Los pasos están medidos. 
^Y entregando cada uno de ellos á su respec- 
tivo i)rotejido, el arma que habían tomado á 
la suerte, el conde San Germano y el hombre de 
la máscara se colocaron frente á frente, al lado 
de los hachones que habia encendido el abate. 

Pero apenas la rojiza luz del hachón que el 
conde tenia á su derecha, huljo iluminado su ros- 
tro venerable, Borelo i)alideció x)rofundamente y 
retrocediendo horrorizado, exclamó sin saberlo 
que decia : 

— ]S'o ! esto es imposible ! señores, este duelo. . . 

— Habéis perdido el juicio ! pregante Péppoli 
sori)rendido. 

— Es (pie yo no me esperaba 

Y Borelo se detuvo cortado. El liom])ve de la 
máscara, con ún dedo sobre los labios en señal de 
silencio, dirijia hacia el abate en actitud amena- 
zante el arma que tenia en la mano. 

Péppoli dio la señal de combate. 

El conde armó la pistola que empuñaba, y á pa- 
sos lentos se dirijió al encuentro de su adversario, 
que á su vez se habia puesto en movimiento. 

Borelo había inclinado la cabeza, y el capitán 
sin comi)render el motivo de la extraña emoción 
que se había apoderado del abate, seguía con el 



EN FEERAJBA. 191 



corazón i3alpitante la marclia solemne y progresi- 
va tle los dos terribles adversarios. 

Dos pasos los separaban solamente: San Ger- 
mano levantó la pistola y apnntó al corazón de su 
contrario : el enmascarado hizo el mismo movi- 
miento. El conde arrojó nnrujido de odio : una 
ráfaga de viento apagó los hachones : de las dos 
armas no se oyó sino una sola explosión, y nn cuer- 
X)0 inanimado rodó por tierra hasta tropezar con 
los j)iés de San Germano. 

— Qué horror ! ! gritó Borelo cayendo á su pesar 
y de rodillas junto al cadáver de su i)rotejido. 

El conde dio un paso hacia adelante con inten- 
ción de arrebatar la máscara que cubria las faccio- 
nes de su enemigo, pero se detuvo al momento, y 
volviéndole la espalda, se alejó murmuraudo : 

— Sí ! está muerto, me he vengado. . . . Pero en 
cambio fie esta satisfacción ¡. qué me queda en el 
alma : 

"El remordimiento" dijo á su oído una "^oz. 
misteriosa. 

Un silencio profundo se siguió á estas i^alabras 
del anciano. 

Péppoii encendió de nuevo uno de los hachones, 
y acercándose á San Germano, que se habia sepa- 
rado algunos i)asos del cadáver, iba á excitarle á 
partir en el acto, cuando se vio interrumxjido por 
los gritos de Bonasorte y de Mansini quienes, rom- 
piendo las malezas cpie rodeaban las ruinas, He- 
gabán exclamando : 

— Abate del demonio, dónde estás F 

JE»orelo jio contestó. 



192 UNA NOCHE 



— El marqués está aspirando, gritó de nuevo 
Bonasort-' ; es necesario que nos apresuremos á 
llevarlo á Ferrara. 

— El marqués ha muerto, dijo Pépi)oli con so- 
lemnidad. 

-^Te engañas ; aun j)odemos salvarle, se apre- 
suró á decir Mansini ; le liemos depositado en la 
casuclia del sex)ulturero para evitarle el sereno de 
la noche ; x>ero no debemos perder tiempo, 

— Sois todos unos farsantes, exclamó irritado el 
capitán, que tomaba aquellas nuevas por una bur- 
la sacrilega. El marqués está ahí, muerto ; mi- 
radle. 

— Ese no es Sforzzi, dijeron á la vez los dos 
amigos del marqués. 

—Miserables, gritó Péx)poli, cómo os atrevéis á 
sostenerme que el que tenéis delante no es el mar- 
qués de Sforzzi? 

— 'No es él, lo rei)ito, dijo Mansini encarándose 
al capitán. 

— Pues quién es ese hombre? dijo San Germa- 
no demudado y acercándose al cadáver. 

— El conde ! ! dijeron á luia y retrocediendo 
Bonasorte y Mansini. 

— Contestad, ¿ de quién es ese cadáver ! volvió 
á preguntar San Germano, trémulo de iDavor y de 
asombro. 

— 'No lo sabéis ? 

— He creído batirme con el marqués de Sforzzi. 

— El marqués acaba de ser herido de muerte en 
otro duelo. 

— Pues á quién me habéis hecho asesinar, mise- 



EN FERRARA. 193 



rabie enjendro del averno ! exclamó San Germa- 
no voMéndose aterrado hacia el abate. 

— Oh ! no me exijáis que sea yo quien lo diga, 
<lijo Borelo balbuciente. 

San Germano, confundido y perplejo ante aque- 
lla escena inexplicable, dmjió una mirada de estu- 
por á cuantos le rodeaban. Todos bajaron la 
■cabeza. 

Luego hubo una i)ausa abrumadora, en que 
solo se oyó el susurro del viento entre los árboles, 
y el agudo chillido de una ave noctiu^na que pasó 
rozando con sus alas la cabeza del abate. 

Bonasorte fué el primero en rex)onerse ; se acer- 
<i6 al capitán, y lleno de emoción miu^mm'ó un 
nombre á su oído. 

'Péi)poli lanzó un grito de terror. 

El conde, sin i^oder resistir por más tiemi)o la 
desesperación y la agonía que se hablan a^íodera- 
<lo de su alma, corrió hacia el cadáver y con mano 
resuelta le arrancó la caretív. 

— Misericordia! exolamó el abate ocultando el 
rostro entre las manos. 

— Dios eterno ! ! ! ! exclamó el conde retroce- 
diendo horrorizado. 

Y un grito unánime de doloroso asombro acom- 
pañó el ijrimer alarido de San Germano, quien de 
nuevo se x)recipitó sobre el cadáver, repitiendo 
€omo enajenado y con acento desgarrador: 

— Guido ! Guido ! eres tú? no me engañan mis 
ojos I no es mi sueño ? habíame, mírame ; no me 
maldigas : soi yo, tu x)adre, quien te ha asesinado 
>sin misericordia. 

(13). — IMPRKNTA l'KDEllAL. 



194 UNA NOCHE 



Y sacudiendo el cadáver como para devolver- 
le á la vida, añadió fuera de sí : 

— Olí ! yo estoi loco, no es él, no es Guido ; mi 
mano habría temblado al darle muerte. Decidme, 
señores, que no es él, repetidlo i)or Dios. ¿ Dónde 
tenéis el corazón I 

— Señor conde, dijo Péppoli, abogado por el 
llanto y tratando con dulzura de separar á San 
Germano, del cadáver, abandonemos esta escena 
de sangre. 

— Qué decís ! giitó el anciano estrechando en- 
tre sus brazos el cuerpo inanimado de Guido : 
abandonarlo f nunca ! jamás ! Oh ! no tenéis 
entrañas, que de lo contrario ya me habríais atra- 
vesado el corazón con vuestra espada. 

Y notando en una de las manos del cadáver 
un pedazo de papel que aun sostenían sus crispa- 
dos dedos, lo arrebató con desesperación, y á la 
luz del hachón que sostenía el cai^itan, leyó para 
sí con voz entrecortada por violentos sollozos. 

" Perdón señor : ella es Inocen te ; yo solo sol 
culx^able. " , 

San Germano arrojó un alarido y cayó desplo- 
mado en los brazos de Péppoli 5' de los dos ami- 
gos del marqués, que se apresm^aron á socorrerle. 

Solo el abate permaneció de' rodillas, inmóvil, 
en el mismo lugar en que se había prosternado. 

El desvanecimiento ■ del íinciano fué de llocos 
instantes. Sus ojos se abrieron de nuevo, pero 
esta vez secos y escaldados, y juntando las manos' 
que elevó al cielo con indecil)le expresión' de con- 
goja, exclamó con dolorido acento, volviéndose 
hacia el cadáver : 



'víÁ'^í 



EN FERRARA. 195 



— ^Ai ! si ine hubieras cliclio que la amabas, yo 
te liabria perdonado ! 

Luego posó los labios sobre la frente pálida de 
Guido, y levantándose en, seguida con violencia 
repentina, arrojó una estridente carcajada 5 y mos- 
trando el cadáver á los atónitos esijectadores de 
aquella escena desgarradora, añadió jesticulando 
como un enajenado : 

— Silencio ! señores, que el marqués está dor- 
mido y j)uede des]3ertar. ís"o hagáis ruido ; mirad : 
el diablo vela junto á él. 

Y riéndose nuevamente con extraña y desgarra- 
dora expresión, se dejó conducir al carruaje jjor el 
cai)itan y Bonasorte ; mientras que Mansini se 
alejaba.por el extremo ox^uesto de las ruinas, hacia 
la casucha del sepulturero, donde habia dejado á 
Sforzzi moribundo. 

El conde San Germano habia i^erdido la razón. 



EN FERRARA. 197 



XV. 



so HAI SACEIFICIO ESTEEIL. 



Borelo, siempre de rodillas, con los ojos fijos en 
el suelo y, los brazos caídos á lo largo del cuerpo, 
liabia quedado solo, junto al cadáver ensangren- 
tado de Guido, al que débilmente iluminaba la 
oscilante llama del hachón. 

Por uno de esos fenómenos extraordinarios, 
que el hombre prudente no se explica, sino fa- 
ciéndolos emanar de los ocultos designios de la 
Omnipotencia, y cuya explicación psicolójica pon- 
drá siempre en grave embarazo á esa sibila infa- 
lible que todo lo descubre, que todo lo analiza y 
que todo lo esclarece en nuestros dias, apoyada en 
la prodijiosa palanca de la razón humana, que es 
como si dijéramos, apoyada en ei átomo para re- 






198 UNA NOCHE 



'mover la inmensidad: por uno de esos fenómenos, 
que linmildemente calificamos nosotros de incom- 
prensibles, el abate sentia latir dentro del pecho 
su corazón petrificado hacia ya largos años; 
mientras que en su alma despiadada, y hasta 
entonces sorda á todo i^eclamo de la conciencia, 
levantaban los remordimientos terrible temi)estad. 

Por la lírimera vez sentia el abate como suyo, 
el dolor de la herida (pie su mano habia hecho 
en otro corazón ; y á la vez que experimentaba 
el torcedor oculto del remordimiento, se daba á 
reflexionar en lo que jamás habia pensado : en 
la responsabilidad moral de sus acciones, de las 
que un dia habría de rendir estricta cuenta ante 
el Supremo Juez, , . 

A pesar de su descreimiento, Borelo por fortuna, 
no profesaba (i la diosa ciencia, el respeto y la 
veneración que ha merecido del orgullo humano 
esta hija de la intelijencia limitada del hombre; 
ni estaba tan adelantado en creencias relijiosas, 
como nuestros modernos filósofos ; que á haber 
profesado una de esas teorías que limitan su sis- 
tema filosófico á la negación de la esi)iritualidad 
de una izarte de nuestro ser, y con ella, como 
lejítima consecuencia, á la irresponsabilidad de 
nuestras faltas, el abate no habria tenido nada 
que reprocharse, ni menos que sentir de sii con- 
ciencia, en la que los remordimientos no habrían 
tenido razón üe ser ; por que atribuida la respon- 
sabilidad de los hechos del hombre, no al alma, 
á quien no se concede la inmortalidad, ni á la 
íiiateria, de suyo irresponsable, sino únicamente 
íi la madre naturaleza que tuv^ el poco tino de no 



EN FERRABA. 199 



dar á.la luz su obra perfecta, de hecho el hombre 
venia á quedar ahsuelto. 

Borelo, aunque i3ervertido, conservaba sin em- 
bargo en el fondo de su alma la semilla derrama- 
da sobre el mundo, desde;la cima del Calvario por 
el Hijo de Dios ; y esa semilla, que á veces parece 
perdida en absoluto entre el fango de los vicios 
que dominan la humanidad, revive, surje y da 
copiosos frutos, al menor rayo de fe, de amor, ó 
de filantropía que ilumina el abismo donde fué 
depositada. 

Como síntoma i>rimero de su arreiiéntimiento, 
el abate sintió correr copioso llanto de sus ojos 
siempre secos, donde jamas habia asomado una 
lágrima. Y así como tras la nube que se disuelve ~ 
éu lluvia, luce el cielo hasta entonces velado, así 
al correr aquellas lágrimas, la embotada concien- 
cia del abate cobró toda la sensibilidad que hasta 
entonces le estuviera vedada. 

La sangre de Guido le abrasaba el corazón. 
Del drama desastroso que habia tenido lugar en 
aquel sitio, era él la causa y el principal ájente ; 
y todo por una ruin rencilla, unida á la satisfac- 
ción de sus instintos depravados. 

Dominado Borelo jjor la tempestad que rujia 
en su alma, hizo un esfuerzo y levantó la cabeza. 
La noche, la oscmidad, la cercanía del cemente- 
rio, aquel cadáver sangriento, iluminado i)or 
el cirio mortuorio, y la soledad que íe rodeaba, 
exaltaron su espmtu abatido ante aquella escena 
de profunda desolación. A su memoria, y como 
llamados por una voz misteriosa, se agolparon los 
recuerdos de todos los devaneos y de todos los 



200 UNA NOCHE 



horrores de su vida libertina. El silencio se po- 
bló de nudos discordantes ; el viento trajo á siis 
oídos, con los gritos del festín y las alegres car- 
cajadas de la embriaguez, lamentos y sollozos, 
y lúgubres quejidos y maldiciones que hacían tem- 
blar la tierra. De cada estrella que asomaba en 
el cielo, temió ver desatarse el rayo de la ven- 
ganza divina : y de todas las sombras, de las 
grietas de las ruinas, del follaje de los árboles, y 
de ios mil antros pavorosos que finjia la oscuridad, 
vio suijir, como aves nocturnas evocadas por el 
jenio de los sepulcros, numerosos fantasmas que 
tumultuosamente corrieron á su encuentro des- 
cribiendo caprichosos júl'os, hasta rodearle en un 
inmenso círculo. 

Vestían estos fantasmas, harapos en los que 
resaltaban j)edazos de brocado, cintas de oro y 
entrenzados de perlas y rubíes. Un pié descalzo, 
seco y ennegrecido por el polvo de la tumba, hol- 
gado el otro, entre i3antufla de razo descolorido, 
bordada de esmeraldas. Mantos flotantes, raídos 
por el soplo de la muerte ; túnicas de encajes que 
se deshacían al contacto del aire, y vaporosos 
velos que sostenían sobre las frentes coronas de 
rosas y azahares marchitos, que lucían como man- 
chas de lodo sobre el blanco y terso cráneo roído 
por el traidor insecto del ataúd. Borelo recono- 
ció á todas estas figuras desde el primer momento; 
todas le habían acompañado con la copa del de- 
leite en la mano, durante las tempestuosas horas 
de la oijía. 

En medio de esta cohorte de imprídícas bacan- 
tes, se destacaban envueltos en sus blancos suda- 



EN FEKEARA. 201 



rios los comi)añeros de sus placeres, muertos por 
extenuación sobre el camiDO de batalla de los vi- 
cios ; y en medio de todos ellos aparecía la figu- 
ra de Maese Oari)inetto, terrible y amenazante, 
cual la del jenio de las eternas sombras. 

Sobrecojido de pavor, el abate dio un grito y 
cerró los ojos i)ara no ver los jestos, las amena- 
zas y las grotescas actitudes que tomaban en su 
cínica danza aquellos espectros acusadores. Pert) 
con cerrar los ojos y ocultar el rostro entre las ma- 
nos, pretendía sustraerse de la vista repug'uante de 
aquellos seres fantásticos que enjendraba su exal- 
tado cerebro, no por ello dejaba de sentir el ruido 
de las copas que se chocaban entre sí, ni el aire im- 
]3uro que ajitaban sus desgarradas y flotantes 
vestiduras, ni los besos helados que todos aquellos 
labios sin vida, venían á depositar sobre su frente. 

Pasando sucesivamente por todas las emocio- 
nes á que el terror condena de ordinario á sus 
víctimas, sintió de súbito agotada su enerjía, y 
acometido de nervioso temblor, rodó por tierra 
sin sentido. 

TJn silencio profundo volvió á reinar por algún 
tiempo entorno de aquellos dos cuerpos inanima- 
dos ; luego ftié interrumpido por el pausado ro- 
dar de un carruaje, que pasó á pocos i^asos de las 
ruinas de la capilla, y por la voz conmovida de un ' 
hombre que dijo al divisar los escombros : 

— Creédmelo, marqués, si cien años viviera, ja- 
más se borraría de mi memoria la escena que he 
presenciado en esas ruinas. 

— Pobre diablo ! contestó débilmente otra voz 
dentro del carruaje, |, pero murió súbitamente ? 



202 UNA NOCHE 



— Oh ! como herido por nn rayo; Cuando Boua- 
sorte y yo llegamos, ya era cadáver. 

— Te aseguro, Mansini, que es de los pocos 
hombres que m.e hayan engañado : jamás lo 
habría creído á la altura á que se ha levantado. 

— Y vos i cómo os sentís con el movimiento í 
preguntó Mansini. 

— ^o tan mal como suponía. - 

— Sin embargo, no habléis más, estáis mui débil 
y x)odeis volver á la x)Ostracíon que tanto pudo 
alarmarnos. 

— Está bien, callaré ; pero dime antes, qué se ha 
hecho el abate ? 

— Esa es toda una historia que os contaré ma- 
ñana. 

— Extraño que no venga con nosotros ; acaso 
fué á acom]3añar al conde. 

— ÍTo, Borelo quedó con el cadáver; j no lo vais 
á creer 

—Qué ? 

— Por primera vez lo he visto llorar esta noche. 

— Quieres burlarte de mí ? 

— íío marqués ; el abate lloró como lloramos 
todos en presencia del dolor y de la desesperación 
de San Germano. 

— Oh ! si eso es cierto, dijo Sforzzi, el abate se 
le ha escapado al diablo. 

El carruaje se alejó lentamente, y el silencio vol- 
vió á reinar de nuevo entre las ruinas de la cai)illa. 

La luna había recorrido ya la mitad del cielo, 



EN FEREAEA. 203 



cuando gracias á la acción reparadora de la fres- 
cura de la noche, el abate recuperó sus facultades. 

El hachón que se habia conservado encendido á 
favor de un manojo de arbustos que le hablan ser- 
vido de pantalla contra los ataques reiterados del 
viento, habia mermado notablemente de tamaño. 

Borelo tornó á abrir los ojos y á levantar la 
cabeza ; jpero esta vez no era el mismo hombre de 
algunas horas antes : sus cabellos hablan encane- 
cido, una arruga profunda dividía del uno al otro 
extremo su frente i^ensativa, y de sus ojos tan au- 
daces, habia huido para siemi^re aquella chispa 
infernal que encendía sus mfradas, dejando en 
cambio á su fisonomía una expresión inalterable 
de supremo dolor y de xjrofunda melancolía. 

— Oh ! no ha sido un sueño, exclamó suspirando 
y con resignada convicción ; heme aquí fr'ente á 
él. . . . j frente á ti. Dios mío ! añadió elevando 
al cielo su rostro envejecido, fr'ente á ti, á quien 
tanto ha ofendido la impiedad de mi alma. 

E inclinándose de nuevo sobre el cuerpo inani- 
mado de Guido, con la enéijica entereza de quien 
ha tomado una resolución inquebrantable, posó 
una de las manos sobre la herida mortal que 
aquel habia recibido en eí pecho, y volviéndose 
hacia el Omnipotente con la solemnidad y el fer- 
vor del arrepentimiento, exclamó ahogado por las 
lágrimas que abundantes corrían de sus ojos : 

— Perdóname Señor ! Extiende tu misericordia 
hasta mi alma envilecida; que yo por esta sangre 
que humedece mi mano, te juro hacerme digno 



204 UNA NOCHE 



del perdón que te implora mi eorazon atribulado... 

Y como esperando de lo Alto una respuesta á su 
ferviente súplica, el abate j)ermaneció algún, tiem- 
po en la misma actitud. 

Vana esperanza! ni un rumor lejano contestó á 
aquel voto ferviente de su alma, ni una voz miste- 
riosa cruzó el viento : la calma era profunda, la 
inmensidad se ostentaba imijenetrable. 

Borelo dejó escapar un suspiro de desaliento y 
de dolor, é incorporándose sobre las rodillas, iba á 
levantarse para huir como Oain de la x^resencia de 
los hombres, cuando sintió bajo su mano que to- 
davía reijosaba sobre el pecho de Guido, un lijero 
estremecimiento, y luego el ajitado palpitar de un 
corazón hasta entonces paralizado. 

El abate lanzó un grito de indecible alegría : el 
cielo no era sordo á sus ruegos. 

Y trémulo de emoción y de reconocimiento, al 
X3ar que lleno de piadosa efusión, besó la tierra 
humedecida con la sangre de aquel mártir de su 
deber y de su amor ; y arrancando las frivolas 
galas de su traje, como si fueran ellas los lazos 
que le ataran al mundo y á su pasado licencioso, 
se apresuró á devolver la vida á aquel cuerpo, en- 
sangrentado, emblema de su arrepentimiento. Iris 
de su esperanza. 

La vida humana es una cadena misteriosa, que 
sostiene en íntima relación á todos los seres entre 
sí ; uno de sus extremos parte de la naturale- 
za, es decir, de la madre común ; el otro va á per- 



EN FERRAJIA. 205 



derse en el infinito, atraído ]}ov Dios. Sin quererlo, 
j acaso muchos sin desearlo, todos obedecemos 
á los mismos propósitos, y mutuamente nos trasmi- 
timos esas sublimes enseñanzas que tienden al 
desarrollo del i)rincij)io constitutivo de nuestro 
ser moral. 

Así, no liai sacrificio estéril para el hombre : la 
sangre jenerosa de Guido redimía el alma perver- 
tida del abate. 



EN FERRARA. 207 



XYI. 



DOS AííOS DESPUÉS. 



A pocas leguas de Ferrara, más allá de Ponte- 
Lagoscuro, sobre una de las márjenes del Po, y 
en medio de esa fértil campiña que se extiende 
como un inmenso manto de verdura, entre los 
diques que aprisionan la ráj)ida corriente del- ya 
citado rio y las ondas del Adije, se destacaban á 
la izquierda del camino que conduce á Eo\igo, 
y sobre una i)equeña eminencia rodeada de robus- 
tas encinas, los agudos techos de una modesta 
quinta en cuyo establo pacían holgadamente doce 
hermosas vacas de esa raza privilejiada de la Fri- 
za, y en cuyos canij)os ciütivados con esmero cre- 
cían mieses y legumbres, con extremada abun- 
dancia. 

Dos años han trascm'rido después del drama 
desastro'so que dejamos narrado. * 



208 UNA NOCHE 



Los primeros rayos de un sol de primavera, 
despuntjulo entre nubes de nácar y festones de 
^rana, en el remoto horizonte, doraban la empi- 
nada techumbre de la quinta y las altas copas de 
las encinas que la rodeaban. 

La naturaleza hasta entonces inmóvil, se estre- 
mecía al contacto de los ardientes dardos que el 
astro-rei desde su carro de fuego, lanzaba sobre 
ella ; y agradecida entonaba al Creador ese himno 
inmenso de notas y armonías inimitables, en que 
diariamente toma parte toda la creación para 
rendirle homenaje de amor. 

El campo se coloreaba de variados matices. 
Lo's x)esados vapores de la noche, que cual blan- 
cos sudarios se extendieran sobre la tierra, subian 
lentamente á perderse en el espacio. Los arroyos 
corrían coronados de flotantes espumas. Las flo- 
res abrian sus cálices. El viento esparcía la 
fragancia que robaba á las plantas. Las aves, 
sacudiendo sus plumas, cantaban en el borde del 
nido ó cruzaban lijeras el anchuroso azul. El 
insecto sumbaba, saltando de hoja en hoja. El 
reptil, atraído por la luz, se asomaba á los poros 
de la tierra, para gozar á su vez del calor anhe- 
lado. Los rebaños sallan de los establos, i)ara 
ir á saborear la yerba nueva impregnada de rocío; 
y numerosos grupos de robustos campesinos, ar- 
mados con sus hierros de labor, tornaban alegre- 
mente á la diaria fatiga. 

Todo era movimiento, alegría, animación. La 
aurora, como la juventud, es risueña y festiva : 
con ella renace la esperanza ; con ella da i)rinci- 
pio la vida. Por eso cuando tiñe el horizonte, el 



EN FERRABA. 209 



hombre la saluda lleno de júbilo sincero : en el 
curso del dia puede tener desengaños, en la ma- 
ñana todas son ilusiones. 

En medio de este cuadro de esi)ontánea poesía, 
uno de los balconeíí del piso alto de la quinta se 
^brió x)ara dar i)aso á un hombre joven todavía, 
pero proíimdamente pálido y demacrado, quien 
aspirando con avidez las frescas auras de la ma- 
ñana, fué á apoyarse en la balaustrada del bal- 
cón, Á que se enlazaba por mil hilos ocultos toda 
una cortina de enredaderas y jazmines. 

Esa mezcla de apacible tranquilidad y de dulce 
melancolía que, así como revela la placidez de 
ima alma de])urada de funestas pasiones, acusa las 
más veces un sufrimiento íntimo y concentrado, 
se traslucía en la mirada triste de aquel joven, 
cuyo rostro enflaquecido no habia perdido sin em- 
bargo su primitiva hermosura. 

Apenas se apoyó en la balaustrada, levantó 
la cabeza sombreada por ese noble tinte de aus- 
teridad que realza en los hombres la pureza va- 
ronil de las facciones, sin alterar la injénua ex- 
presión de los sentimientos del corazón ; y fijan- 
do los negros ojos en la rápida corriente del rio 
que se deslizaba á sus lúés, lanzó una mirada 
ijivestigadora sobre la estrecha senda que enlazaba 
á la quinta con la aldea de Ponte-Lagoscuro, cu- 
yos rojos techos lucían abrasados por el sol, tras 
los altos malecones que defienden aquellas co- 
morcas de los siemxjre amenazantes desborda- 
mientos del Po. 

Por más de media hora y con perseverante 

(14). — I.MPRKNTA. KKDBRATv. 



210 UNA NOCHE 



tenacidad, sus ojos no se apartaron de aquella 
zona atravesada por el camino que conduela de 
Ferrara á Eovigo, y cansado al fin de no ver apa- 
recer lo que anhelaba, arrojó im hondo suspiro 
y se apartó del balcón visiblemente preocupado, 
y ¡.murmurando para sí : , 

— Será posible que tampoco^ venga boi 1 Su 
aucencia empieza ya á in Inquietarme. 

Pero aun nobabia desaparecido completamen- 
te del balcón el melancólico y desesperanzado* 
joven, cuando en uno de los recodos de la senda 
y marchando hacia la quinta, aijareció apoyado 
en im bastón de viaje, la alforja al hombro y los 
pies calzados de rústicas sandalias, un relijioso de 
mediana edad y de rostro venerable,- que recibía 
de todas las personas que encontraba en su cami- 
no, las más vivas demostraciones de considera- 
ción y de respeto. 

— Adiós, padre José, decian irnos descubriéndo- 
se y tratando de besarle las manos que el relijioso- 
esquivaba á tales muestras de veneración, pero 
que luego les tendia i)ara estrechar en ellas las 
no menos robustas y encallecidas de aquellos, 
injenuos campesinos. 

— Dios acompañe á su reverencia, decian otros.. 

— Hoi estol dé fortuna, exclamaba este al divi- 
sarlo. 

— Bendecidme, buen padre, decia aquel incli- 
nándose. 

Y repartiendo entre aquellos agradecidos cora- 
zones, ya una palabra de consuelo, ya un consejo 
cariñoso, ya un agasajo sin afectación, el padre 
José llegó á la quinta, de donde salieron á reci- 



EN FERRARA. 211 



birle con manifestaciones de alegría, una mujer 
ya entrada en años, algunos mozos de labor y uno 
de esos vigorosos mastines de los Alpes, que ñié 
á tenderse á los pies del relijioso, tan pronto como 
este, deponiendo el morral y arrojando al suelo su 
báculo de viaje, se hubo sentado, agobiado de 
fatiga, sobre uno de los bancos de i)iedra que se 
hallaban á la entrada de la casa. 

— Hoi liace dos semanas que salió de aquí vues- 
tra señoría, ofreciéndonos volver al día siguiente, 
dijo la anciana en tono de afectuosa reconvención; 
y si no es por Pepino que fué el sábado á Ferrara 
y que nos trajo la noticia de que os habia encon- 
trado cargando con dos criaturas medio muertas, 
que con j)eligTo de vuestro vida babias salvado 
de un incendio, estaríamos á estas horas sin ha- 
llar que pensar de una ausencia tan larga. 

— Tienes razón, Jovana, contestó el i)adre José, 
enjugando el sudor que á pesar de la frescura 
de la mañana, inundaba su frente: verdad es, que 
salí con intención de volver al dia siguiente, i)ero 
acontecimientos graves é imiírevistos me han de- 
tenido hasta hoi en la ciudad ; así como otros de 
ño menor importancia, me llevarán mañana hacia 
Finale, donde se ha declarado una horrible epi- 
demia, y donde muchos desvalidos tienen necesi- 
dad de la caridad de sus hermanos. 

—Bueno es hacer el bien, padre José, volvió á 
decir la anciana, pero no hasta el extremo de sa- 
crificarse por salvarla vida ajena. Mirad como te- 
neis los pies de hinchados ; yo no sé porque no 
adoptáis otro calzado más cómodo y más sano que 



212 UNA NOCHE 



esas toscas sandalias, ni menos, porque no viajáis 
á caballo. 

— Oh ! no repitas esa impiedad, mi buena ami- 
ga, díjola el relijioso con dulzura; los que como 
yo se han consagrado á aliviar en lo que pueden 
las miserias de sus semejantes, jamás deben pen- 
sar en sí mismos. 

— Pero; ¿, qué haréis, señor, cuando ya no po- 
dáis andar f insistió en preguntar Jo vana. 

— Entonces habrá motivo para dejarme condu- 
cir por un asno ; pero, á Dios gracias, aun puedo 
hacer fácilmente ocho millas de una tirada, como 
las he hecho esta mañana. 

— Siempre la misma terquedad, agregó la an- 
ciana presentando al fatigado caminante una taza 
de leche caliente, que uno de los mozos habia 
traído del establo : está visto que no tenéis reme- 
dio humano. 

— ^Ai ! nada seria eso, exclamó el padre José 
eon profundo desaUento, si en cambio pudiera 
eonquistarme la clemencia del cielo. 

Y después de tomar alguáos sorbos de leche, 
añadió interrumpiendo á su respetable ama de 
llaves que se disponía á replicarle : 

— Ocupémonos de algo más interesante. | Cómo 
está Albano ? 

— ^Xi más ni menos qué como le dejasteis : siem- 
pre triste, pero también siempre manso y sin hiél. 

— Pobre joven! murmuró el relijioso, se-. 

candóse una lágrima que se desprendió de sus 
párpados. ¿ Cómo haré para hacerle conocer el 
motivo de mi ausencia, y sobre todo, los detalles 
de esa historia desgarradora, que me exije diaria- 



EN FERRARA. 213 



mente ? Dudo que tenga valor y fortaleza i)ara 
soportar de improviso la felicidad, así como lia 
tenido resignación para sobrellevar la desgracia. 
Pero en fin, Dios me ayudará. 

Y volviéndose á Jovana que le miraba atenta, 
añadió con su habitual dulziu'a : 

— Supongo que no ' ha faltado ui la leche ni el 
pan, que diariamente se rei)arte entre los niños 
pobres y los ancianos del vecindario ? 

— iSTo señor, por el contrario, ayer sobró la por- 
ción corresi3ondiente á los dos hijos del tullido. 

— Y por qué ? preguntó con sori>resa el padre 
José ; no vinieron á buscarla ! y si asi fué, no hu- 
bo una alma caritativa que se la fuera á llevar ? 

— ISTada de eso, mi padre, contestó Jovana ; so- 
bró el pan j la leche por que los dos niños, que 
como sabéis, venian enfermos hace mucho tiemi^o, 
murieron á la vez y casi reijentinamente, á pesar 
de los cuidados del señor Albano, que no los 
abandonó sino cuando ya eran cadáveres. 

— ^Pobres criaturas !. . . . Y dices que Albano los 
asistió con solicitud ? 

— ^ísTo hubiera hecho más ])ot sus hijos. 

— Dios mió ! Dios mió ! exclamó el relijioso 
elevando á lo alto sus húmedos ojos ; él sí que es 
digno de tu misericordia. 

E inclinando la cabeza quedó absorto por al- 
gunos minutos ; luego dio á Jovana en voz baja 
algunas instruciones ; entró á la casa, y conmo- 
vido subió la escalera y fué á llamar á la puerta 
de la habitación de Albano. 

Componíase esta de dos piezas medianas, con 
balcones que se abrían sobre el rio. La ima le 



214 UNA NOCHE 



servia de dormitorio, >la otra de sala de trabajo. 
En la primera apenas se veia nn modesto menaje 
de soltero ; en la segunda habia, si no lujo de 
muebles, por lo menos profusión y aglomeramien- 
to de diversos objetos : las paredes estaban cu- 
biertas ijor estantes que llegaban al techo, y estos 
estantes cargados de libros de ciencia, de arte y 
literatura. Sobre las mesas se encontraban 
confundidas, obras de medicina j tratados de 
agricultura, y de botánica, con instrumentos de 
astronomía, mapas jeográficos, cajas con colores, 
lánceles, y gruesos legajos de papel que ence- 
rraban toda, la historia del ducado de Ferrara, 
desde el siglo en que fué fundada la ciudad por 
una de aquellas i:)oblaciones del norte de la Italia, 
que huyeron á la aproximación de las huestes 
triunfadoras de Atila, hasta el advenimiento de 
Clemente XIV al trono pontificio ; pero con la sin- 
gularidad, de que en este voluminoso manuscrito, 
el historiador habia dejado en blanco la mitad del 
reinado de Meólas III, y de consiguiente el san- 
griento episodio de Parisina. 

A más de estos libros é instrumentos que llena- 
ban la sala, se veia en medio de la estancia un 
caballete soportando un cuadro en que se desta- 
caba el retrato de una mujer de anjélica belleza, 
y al cual el artista daba en aquel momento los 
últimos retoques, sentado en una silla junto al 
caballete y frente á dos retratos más que colga- 
ban de uno de los armarios, representando á la 
misma mujer, i3ero en distintias actitudes. 

Al sentir que llamaban á la puerta, el joven 
pintor abandonó su tarea, en la que ponia tanto 



EN FERRAUA. 215 



amor pomo cuidado y contracción ; y fué á abrir, 
no sin liaber acariciado antes su nueva obra con 
una mirada tan tiernamente apasionada, como 
las que el enamorado Pygmalion daba á su esta- 
tua de Galatea. 

El padre José entró en la habitación de Albano, 
y este, que no esperaba encontrarse con él, dio 
un grito de sorpresa á la vez que de alegría, y se 
precipitó en los brazos que le abría el relijioso, 
no menos conmovido. 

— Padre mió, dijo el joven, recobrando antes 
que el sacerdote la alterada tranquilidad, dudaba 
ya de que vinieseis hoi. ' 

— Y bien, mi pobre Albano, cómo has pasado 
estos dias en que hemos estado separados? pre- 
guntó cariñosamente el padre José dejándose 
caer sobre una silla 

— Oh ! cómo queréis que pase el tiempo 1 con- 
tentó Albano con melancolía ; siempre lo mismo, 
ocupando en el trabajo el cuerpo y el espíritu 
para no pensar en el pasado, que me'ábruma, ni 
en el presente, que solo viste galas cuando vie- 
nen á mi memoria los recuerdos de mis dolores ; 
ni menos en lo porvenir, que para mí simboliza el 
vacío, la inmensidad sin luz, y la vida sin objeto. 

— Te creia más resignado, amigo mió, dijo el 
padre José con amargura; pero veo con dolor, 
que se aumenta tu desesperación á medida que más 
conformidad aparenta tu semblante. 

— Sí, así es, padre mió, exclamó el joven con 
extremada ajitacion, ¿ á qué negároslo ? el sacri- 
ficio que me he impuesto es superior á mis fuer- 
zas. Mi vida se consume entre las llamas de un 



216 UNA NOCHE 



anhelo vehemente i)or romper esta cadena que 
creí poder arrastrar resignado hasta el sepulcro, 
y la tentación cada vez más tenaz y seductora, 
de extender las alas y volar hacia aquellas rejio- 
nes en que ellas se abrasaron un dia en la lumbre 
del sol de la felicidad. 

— ^Albano, dijo el relijioso con acento severo, si 
no fuera que Dios es ante to do misericordioso, esos 
arrebatos de tu alma conturbarían xjrofLindamente 
mi espíritu. Si tú, que fuiste siempre justo, jene- 
roso y fuerte, no tienes enerjía iDara luchar, ^ qué 
me dejas á mí, que fui liviano y débil, y que no 
supe refrenar jamás los ímpetus terribles de mis 
malas x^asiones. 

— Oh ! vos tenéis una voluntad incontrastable. 

— l^o repitas ese cobarde sacrilejio ; si soi ñier- 
te, es i)orque tengo fe : porque después de sentir- 
me tocado por el dedo de Dios, he seguido siuniso 
y convencido la senda que me trazan mis deberes^ 
sin volver los ojos al pasado, sin dar cabida á un 
solo pensamiento que me aparte una línea del 
amor que debo á mis hermanos, ni del respeto 
que profeso al Creador. 

— Perdonadme, contestó Albano conmovido, 
pero pensad que el mundo tiene para mí lazos 
sagrados que me atraen, que me llevan á él, y que 
no Igüedo romper sin destrozarme una á luia todas 
las fibras del corazón. 

— Lazos sagrados ! repitió el i)adre José enju- 
gándose una lágrima de profunda amargiu^a que 
empañó su tranquila mirada : quizá tengas razón; 
yo no tuve otros lazos que los que estrechan los 
vicios á la garganta de sus víctimas, ni disfruté 



EN FEREAEA. 217 



de otros placeres, que aquellos que deja en el 
alma, el hastío por todo recuerdo y por toda 
ilusión. 

— Oh ! mi intención no ha sido lastimaros. Bien 
sabéis que mi alma no encierra para vos sino amor- 
y respeto. 

— l^o te inquietes, volvió á decir con inj énua 
tranquilidad el sacerdote ; lo que ayer pudo ofen- 
derme, hoi no me alcanza. El homhre de \dolen- 
tas é infernales pasiones, el libertino impudente 
y desalmado, el infeliz esclavc' de sus vicios, ci- 
ábate Borelo. . . . dejó de existir hace dos años ; 
el padre José no cree tener nada que lo asemeje 
con aquel desgraciado; pero volvamos á ti, hijo 
mió, que tanto apego muestras todavía por los 
mundanos atractivos. 

— ^Me abrumáis con vuestra alteza y jenerosi- 
dad, dijo el joven j)rofundamente enternecido. 
Conozco que soi débil, que no merezco ni vuestros 
consejos, ni el apoyo de la virtud que alimenta 
vuestro corazón. 

— Exajeras ahora. Eealmente, amigo mió, tie- 
nes enfermo el corazón. 

— Es verdad, que así lo tengo; iDcro, por qué 
no me dejasteis morir aquella noche? por qué me- 
arrebatasteis á la tumba que se abria para reci- 
birme f 

, — Y qué! no estas muerto para el mundo? no 
llevas otro nombre ? no existe allá en Ferrara en 
una de las oscuras naves de la iglesia de los Tea- 
tinos,y junto á unmonumental confesionario que 
una noche se abrió i)ara hacerofe sentir el primer 
dolor de esta larga agonía : no existe, repito, en 



218 UNA NOCHE 



-esa oscura nave, una lápida mortuaria, en la cual 
se ve grabado sobre el mármol con negros carac- 
teres el nombre de Guido Salvi? Y no fuistes tú 
mismo, quien en perfecto juicio y dueño de tu vo- 
luntad, ya salvado por un milagro del Omnipoten- 
te, de Ja herida mortal que liabias recibido en el 
pecho, m& obligaste contra mi querer á colocar 
esa lápida y á hacerte pasar por muerto á los ojos 
'del mundo ? 

—Así es ; yo lo deseé entonces i)or que la vida 
me era insoportable. 

— Yhoi? 

— Oh! lo que es hoi, es otra cosa, porque vos 
con vuestra mansedumbre me habéis enseñado á 
tolerarla. 

— Por qué no dices á amarla ? 

— Sí, tenéis razón, á amarla, y á vos tanto co- 
mo á ella. 

— Mira, j)ues, loque somos: ayer nomás, me 
maldecías tanto como odiabas la vida ; aún creo 
oír los insultos, los improperios y las fraces de 
terror y espanto que me arrojabas á la cara cuan- 
do curaba tu herida, cuyos vendajes deshacías á 
cada instante para atraer la muerte que alejaban 
mis cuidados, y mí eterna víjília, y el propósito que 
no se resfriaba en mí corazan, de volver siquiera 
la salud del cuerpo, á aquel por quien yo había 
ganado la rejeneracion del alma. Te sorprende 
ahora tu debilidad ? 

— A no ser la elevación en que mantenéis vues- 
tro espíritu, hace dos años que nada me sorprende. 

— Pero en cambio, volvió á preguntar el reli- 



EN FEREAEÁ. 219 



jioso fijando en su joven amigo los penetrantes 
ojos, en cambio ¿ insistes en volver á la vida 1 

— ^Yo no haré nunca sino aquello que sea de 
vuestro agrado, aun cuando tenga para ello que 
ahogar todas las espansiones de mi alma. 

El padre José guardó silencio, y revolviendo 
sus miradas por la estancia con aparente abando- 
no, detuvo al fin los ojos largo tiempo en cada 
uno de aquellos tres retratos de la misma ijerso- 
na, que Albano habia rei)roducido con extraor- 
dinaria semejanza. Luego, moviendo la cabeza 
'Como quien se ha penetrado de una j)roftmda 
convicción, dijo volviéndose á su interlocutor: 

—Todo lo que aquí veo, me prueba que estás 
hoi y has estado siemijre más cerca del mundo, 
de lo que yo me hubiera imajinado. 

— I Y os mortificará ese convencimiento, padre 
mió, hasta el punto de no i^erdonarme tan mani- 
fiesta debilidad? 

— ¿Perdonarte yo, mi pobre Albano, yo que tan- 
to necesito de la piedad de Dios y de la de los 
hombres 1 exclamó él relijioso conmovido. Yo 
nada tengo que reprocharte hoi. 

— ^ Y -pov qué hoi ? 

— Porque los peligros que temia i)ara tu con- 
ciencia, ya no existen. 

— Qué me queréis decir I exclamó Albano sor- 
prendido. 

— Que estás en libertad de volver á la vida. 

— Sin faltar á mis deberes í 

— Según sean los que de propia voluntad te ha- 
yas impuesto. 

— ^Lo que decís es imposible ! . 



220 UNA NOCHE 



— Pues nada es más sencillo. 

— ¿Oónio así! 

— Yé á arrancar con tus manos la fúnebre losa 
que acusa en los Teatinos tu flnjida sepultura, y 
de hecho recuperas la vida. 

— Y vos me lo aconsejáis f 

— Yo nada te aconsejo, pero si te advierto. 

— Qué? i^reguntó Albano con impaciencia. 

— Que iDara arrancar esa lápida, habria sido ne- 
cesario antes de hoi, vencer la resistencia de un 
I)iadoso guardián que velaba junto á ella desde 
hace largo tiemiDO. 

— Y ya hoi ese ánjel de piedad ha desaparecido ? 
preguntó el joven demudado y xjróximo á perder 
el aliento. 

— 1^0, no, se apresuró á contestarle el relijioso, 
que notó con espanto los estragos que un oculto 
dolor producía en el alma de Albano ; ese guar- 
dián no vela 3^a sobre esa tumba, porque sabe 
desde ayer. . . . que no estás muerto. 

Albano lanza un grito de indefinible expresión, 
y apoderándose de las manos del padre José, aña- 
dió con arrebatada impetuosidad : 

— Padre mió, padre mió ! qué de misterios en- 
cierra para mí cada una de vuestras palabras ! 
Hasta hoi no me habíais hablado nunca del conde 
San Germano, ni ráenos de su esposa ; mutua- 
mente hemos ],*espetado esos nombres, y yo he 
vivido dos años ignorando la suerte que les ha 
cabido. Oh ! decidme lo que sobre ellos me ocul- 
táis, que yo tendré valor para oiros hasta el fin. 

— Pues bien, amigo mió, dijo el padre José, la 
suerte de esos seres que te son tan queridos, se ha 



EN FílREAKA. 221 



decidido ayer, y es i>or ellos que lie prolongado 
mi ausencia tantos dias. Pero tendrás enerjía 
para oir de mis labios la continuación de la histo- 
ria de tus acerbos dolores ? 

— Sí, sí ; nada me ocultéis. 

— Oye, pues, y que Dios te dé entereza hasta 
llegar al fin. Hace tres dias que uno de los ba- 
rrios de Ferrara ñié presa de un incendio tan vio- 
lento, que á lio haberse ocurrido á él con la rapi- 
dez que exijian las circunstancias, habría i)uesto 
en conflicto una parte considerable de la ciudíul . 
Como todos los que oyeron la campana de alarma, 
corrí al lugar de la catástrofe, y tuve la satisfac- 
ción de salvar dos criaturas de jiocos años, cuj'os 
padres, á mi llegada, ya habían perecido entre las 
llaiñas. La noche habia sobrevenido cuando tuvo 
lugar este accidente, y de vuelta de la casa, de 
huérfanos, que, como sabes, he fundado con los 
restos de mi escasa fortuna, y adonde fui á depo- 
sitar á aquellas jiobres criaturas salvadas milagro- 
samente, me sorprendió la media noche, de cami- 
no hacia el claustro de Sfin Benedetto, donde me 
hospedo cuando voi á la ciudad. Alarmado por 
lo avanzado de la hora, y deseoso de ganar mi 
asilo, marchaba con rapidez por una estrecha ca- 
llejuela que' habia tomado para acortar la distan- 
cia que me separaba del convento, cuando al salir 
al otro estremo del oscuro callejón, fui alcanzado 
jior un hombre que á todo correr seguía el mismo 
camino que yo. Temiendo un mal encuentro, me 
estreché al marco de una puerta, y dejé el paso 
franco á aquel hombre que pasó junto á mí con 
rapidez, jiero que inmediatamente después de ha- 



222 .iJNA NOCHE 



Ibérseme adelantado, se detuvo de súbito y con 
gran sorpresa de mi parte, exclanió dirijiéndose á 
mí : — " Es la providencia quien me ha hecho en- 
contraros." — " i Y qué queréis de mí ? le pre- 
gunté." — "Yo corría en busca de un sacerdote 
para gue auxiliase á un moribundo, y si no tenéis 
inconveniente os suplico que no os neguéis á esta 
obra de caridad," El que así me hablaba eraim 
hombre entrado en años, y estaba verdaderamen- 
te conmovido. Como sacerdote, el deber me im- 
ponía acceder á su solicitud; no vaciló y le seguí á 
donde quiso conducirme. Sin dirijirnos una pa- 
labra llegamos diez minutos después á la puerta 
de un jjalacio, sin que yo diera gran importancia 
á la casualidad que me había hecho tropezar con 
aquel hombre. Pero apenas nos detuvimos en 
aquella puerta, que mi guia se apresuró á abrir, 
levanté la cabeza, y toda una tempestad de emo- 
ciones se ai)oderó de mi alma al reconocer la fa- 
chada que tenia delante — " Dios eterno !" exclamé 
retrocediendo, sin poder refrenar mi turbación. — 
" Entrad, reverendo, entrad, no perdamos tiempo, " 
dijo mi conductor. 

— Oh, amigo mío ! agregó el padre José enju- 
gándose la frente y volviéndose á Albano, no era 
la casualidad sino la providencia la que me con- 
conducia á aquellas horas bajo aquellos balcones. 
Un temblor nervioso recorrió mi organismo ; me 
pareció ver y oír lo que desearía olvidar eterna- 
mente, y ima perplejidad casi invencible se apo- 
deró de mi espíritu. Sin embargo, entre los sen- 
timientos que me oprimían el alma y la solemni- 
dad de mis deberes, la lucha no fué larga; el sa- 



EN FERRARA. 223 



cerdote triunfó del hombre, y con el corazón x)al- 
pitante, atravesé el umbral de aquel palacio, subí 
su ancha escalera, y entré á la estancia mortuo- 
ria, donde sobre lui lecho en desorden, y rodeado 
por algunas personas, se veia á un anciano al pa- 
recer desvanecido. 

— ^Y ese anciano, padre mió, ese anciano era el 
conde ! exclamó Albano con dolorido acento. 

— Sí! era San Germano, contestó el relijioso 
no menos impresionado que su interlocutor. Era 
el conde, quien después de dos años de completa 
enajenación, abandonaba la vida tras im violenta 
acceso de locura. 

Albano exhaló un alarido, y ocultando el rostro 
entre las manos, dio libertad á sus lágrimas. 

— ^Me has ofrecido tener valor, dijo el padre 
José ahogando penosamente los sollozos que se 
desbordaban de su alma. 

— Continuad ! murmiu'ó Albano. 

— ^Oomo si hubiera de ser yo, quien en breve de- 
biera i)resentarse ante el Supremo Juez, me. acer- 
qué al lecho á cuya cabezera velaba de rodillas é 
inundadas en llanto la>s mejillas, una mujer á cu- 
ya mirada triste y candorosa no j)ude resistir ; y 
tomando en las mias una de las heladas manos 
del moribundo, le exhorté á deponer en el seno 
de Dios, el pesado fardo de nuestras humanas mi- 
serias. Pero esta exitaciqn no obtuvo respuesta 
alguna de sus labios ; insistí sin embargo, y el 
mismo silencio se sigijió á mis fervientes súplicas. 
Entonces el anciano que me habia conducido al 
palacio, se acercó á nosotros, y en alta voz llam6 
al coude repetidas veces. . * 



224 UNA NOCHE 



" Que me quieres Martino, dijo al fin San Ger- 
mano con voz desfallecida. " 

El criado le impuso de que el sacerdote que él 
liabia enviado á buscar, estaba allí. 

" Gracias, Dios mió !" exclamó el conde hacien- 
do esfuerzos i)or inconporarse, pero sin abrir los 
-ojos. Y volviéndose á mí que le exhortaba á la 
resignación, me dijo: "Padre, designes de un 
sueño prolo'ngado en que sólo lian poblado mi 
espíritu escenas desgarradoras y sangrientos y 
terribles fantasmas. Dios se lia apiadado de mí, 
basta devolverme la razón en el último trance de 
la vida, para que pueda morir como cristiano . 
Apresuraos pnes á oir mi confesión, que acaso va 
á interrumpir la muerte." El conde pronunció 
estas palabras con notable entereza. Las perso- 
nas que rodeaban su lecho, se dirijieron á la i)ieza 
inmediata. San Germano y yo quedamos solos. 
Todo mi cuerpo lo recorrían violentos calofríos, y 
de mi frente caían gruesas gotas de sudor helado. 
Conservando siempre los ojos cerrados, el conde 
ine abrió su corazón, donde, al lado de cada una 
de , sus faltas, vi lucir todas las virtudes de su 
¿alma noble y jenerosa. 

El padre José hizo una pausa, tomó aliento, y 
prosiguió su triste narración tan conmovido como 
Álbano, cuyas manos estieehaba. 
— De rodillas junto al lecho y más acongojado que 
el conde, oí con relijioso arrobamiento su franca y 
•espontánea confesión ; y terminada esta, bendije 
con las palabras sacramentales de la iglesia, y 
en nombre del Dios padre y de su Hijo, la cabeza 
blanca del anciano. San Germano me dio las gra- 



EN PERRAHA. 22S. 



cías con unción evanjélica, abrió los ojoí* hasta 
entonces cerra,dos, y se dejó caer sobre las aliño- 
liadas de su lecho. Pero apenas sus ojos domi- 
nando el deslumbramiento que en ellos producía 
la luz, se fijaron en los míos, vi ima expresión 
extraña dibujarse rex)entinamente en el semblan- 
te del moribundo, quien absorto en la contempla- 
ción de mi fisonomía, se fué de nuevo incorporan- 
do con alarmada híntitud. A líroporcion que sus 
l)upilas insistían en mirarme, se dilataban arro- 
jando siniestros y deslumbrantes resplandores. 
Al fin el conde quedó sentado jmito á mí, y lan- 
zando un grito aterrador que atrajo al ajíosento 
las i^ersonas que antes lo hablan abandonado, ex- 
clamó indicándome á todas las miradas con su 
mano seca y sti dedo descarnado: 

"Y es á ti, miserable enjendro del averno, á 
á quien he abierto mi corazón ! es de ti, alma 
corrompida, larva inniunda, sacrilego demonio, dé 
quien yo he recibido la absolución de mis peca- 
dos ? Oh ! yo no quiero tu absolución ; levánta- 
mela, que me abrasa la conciencia ; huye de mi 
Ijresencia, huye, y no turbes por más tiemi^o la 
tranquilidad de mi última hora ! !" 

El padre José tomó de nuevo aliento para pro- 
seguir ; luego añadió : 

— San Germano me cubrió aun de mayores imi- 
properios. Ante semejante explosión quedé ate- 
rrado. 8u voz resonaba iracunda; cada dardo 
que lanzaba sobre mi cabeza, le prov^ocaba á más 
duros y terribles denuestos. Y dejándose arreba- 
tar al fin por un acceso de irrefrenable ira, que no 
detuvo mi impasibilidad, mas bien causa del aiio- 



I 



226 , UNA NOCHE 



nadamiento que de la entereza de mi espícitiv 
levantó la mano y me abofeteó el rostro en medio- 
de espantosas maldiciones. 

— Es posible ! ! exclamó Albano estremeciéndo- 
se de borror. 

— Como lo oyes. 

— Ob ! perdonadlo, i)adre mió ; semejante pro- 
ceder era bijo de la locura. 

— Te engañas, contestó el relijioso con profunda 
bumildad : el conde estaba en la plenitud de su 
razón ; i)ero no por eso le be negado el derecbo 
que le asistia para tratarme de una manera tan 
cruel. Al recibir el golj)e, incliné la cabeza, y á 
imitación del bombre Dios, presenté la otra meji- 
lla á la ira del conde. 

" Qué baceis, señor ? exclamaron consterna- 
dos todos cuantos presenciaron esta escena ; es un 

sacerdote al que babeis ultrajado, es á un " y 

aquellas buenas j entes me calificaron como plugo 
á su jenerosidad. 

"No ! contestó el conde fuera de sí ; ese mise- 
rable no es un sacerdote, ni un santo, ni cosa i)a- 
recida ; ese infame que veis abí á mis pies, es el 
abate Borelo, el corrompido libertino, que acaso 
ba desbonrado á vuestras bijas." Todos los pre- 
sentes se apartaron de mí como de la j)roximidad 
de una vívora ; todos retrocedieron lanzándome 
miradas amenazantes. Pero en medio dé aquel 
nunor de jeneral descontento, mis oídos oyeron 
un acento dulcísimo, <iue liabria pocUdo tomarse 
por el canto de un ánjel : era la. voz dolorida de 
la condesa (pie exclamó elevando al cielo sus ojos^ 
escaldados por el llanto ; 



EN FERRARA. 22'¡ 



." Solo Dios que vé liasta el fondo de nuestros 
corazones, no yerra al condenar al hombre. " 

" Arrojad de aquí á ese monstruo, " tornó á 
decir San Germano, y volviéndose á su esposa, 
exclamó indicándome con un jesto de odio recon- 
centrado : " Ese que tenéis ahí, delante de ^.nies- 
tros ojos, es el verdadero aseshio de Guido; él 
fué quien i)uso en mi mano el arma que le dio la 
muerte ; quién lo i^resentó maniatado como lui 
cordero que se ofrece al altar del sacrificio. Oh ! 
que toda su sangre caiga sobre la cabeza de ese 
abate maldito, " gritó el anciano acometido de 
violentas convulciones. Eebosada la copa de mi 
vergüenza con esta nueva acusación, hice mi es-. 
fuerzo, y desde el abismo de desaliento y i)esadiun- 
bre á que los reiterados improj)erios del conde me 
hubieran sepultado, levanté la cabeza, y afron- 
tando por primera vez la mirada irritada y ame- 
nazadora del anciano, le dije con toda la expresión 
de sinceridad que la verdad supo dar á mi palabra: 

"Señor, me habéis castigado cruelmente, pero yo 
os i3erdono de todo corazón ; y en ijrueba de ello, 
sabed que Guido Salvi no está muerto, y que su 
vida, después de Dios, es á mí á quien la debe. " 
La condesa lanzó un grito y cayó desmayada. 

" Qué decía ! qué decís !" exclamó San Germa- 
no profundamente conmovido. 

" Que bajo un nombre supuesto, añadí levan- 
tándome, Guido vive no mui lejos de Ferrara ; 
y para que todo lo sepáis de ima vez, sabed que su 
J oneroso corazón me ha perdonado. " - 

" Eres un impostor, me dijo el conde. 



\ 



228 UNA NOCHE 



f 



" Olí ! por la salvación de mi alma, jm^ó que he 
diclio la verdad. " 

"El padre José no miente nunca, señor Conde, " 
dijo otro sacerdote entrando á la sazón al ai)osento. 
Todas las miradas se fijaron entonces en el Prior 
de San Benedetto, que al saber la gravedad del 
conde por otro de los criados del palacio, se liabia 
apresurado á ofrecerle sus servicios espirituales. 
San Germano reconoció al Prior, y arrojándose en 
sus brazos tornó á desahogar en el seno del sacer-' 
dote y del amigo su corazón atribulado. Luego, 
tendiéndome la mano, que yo me apresuró á estre- 
char, añadió sollozando : 

"íí'o me habéis engañado ?" 

" Vivé señor, " le dije, y repetí mi jiuTamento. 

"Oh ! si así es, i^erdónadme como yo os perdono,- 
y haced que le vea antes de caer en el sepulcro." 

" Mañana estará aquí, " le dije. 

"Mañana está mui lejos, pero sabré esperar. " 
Y volviéndose á la condesa, que ya habia recobra- 
do los sentidos, exclamó con solemnidad : 

" Leonora, Dios lo ha querido así : él vive y yo 
muero : sed felices, pero concédeme en cambio tu 
perdón por las lágrimas que te he hecho derramar." 
Después de este sui^remo esfuerzo, San Germa- 
no cayó abatido sobre el lecho ; y la condesa se 
apresuró á estrechar ima de las manos del ancia- 
no, sobre la cual sus labios, al depositar un beso de 
piadosa ternura, tropezaron con las alas del ánjel 
de la muerte. El conde habia dejado de existir.. 

— Padre mió, exclamó Albano, derramando 
ardientes y copiosas lágrimas, nie habéis destro- 
zado el corazón. 



EN FERRAHA. 229 



— Pero, en cambio, hijo mió, exclamó el padre 
José levantándose, la esperanza te abre de nuevo 
los horizontes de la vida. 



Algunos meses después de la muerte de San 
Germano, se celebraba sin pomjja ni ruido un 
matrimonio én las sombrías naves de los Teatinos. 

Terminada la ceremonia, los jóvenes esposos 
fueron á abrazar al sacerdote que los habia unido 
para siempre ; y á las miradas de los pocos curio- 
sos que se hablan deslizado en el templo, aparecie- 
ron enlazados sobre las gradas del ijresbiterio, 
Gliido Salvi, Leonora y el abate Borelo rej enera- 
do por la gracia de Dios. 

— Hé aquí, amigo mió, la recompensa que ha 
deparado el cielo á nuestros sacrificios, dijo Leo- 
nora, abrasando con una mirada de infinito amor, 
el rostro extasiado de Guido. 

— ^Y he aquí el galardón que han merecido 
vuestras virtudes, dijo un anciano sacerdote acer- 
cándose al padre José, y presentándole una bula 
pontificia, por la cual el Santo Padre le conferia 
la dignidad episcopal de una de las ijrimeras dió- 
cesis de la Eomania. 

El padre José leyó el despacho del Pontífice 
con los ojos inundados de lágrimas, y devolvién- 
dolo luego al relijioso que se lo habia presentado, 
exclamó conmovido y elevando al cielo sus manos 
temblorosas : 

— Señor, yo no merezco tanto ; pero si alguna 
recompensa j)uede alcanzar de tu misericordia un 
sincero arrepentimiento, déjame en mi humildad, 

Fiír. 



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IKDIOE . 



I Ferrara r 1' 

II El enviado romano , — 5- 

III La primera piedra 11 

IV Un espía terrible . 25 

V La taberna de la Daga de hierro - 37 

VI Las travesuras del abate 49 

VII La última esperanza 67 

VIII El fantasma de Parisina 77 

IX Sombras i.. '' 97 

X Fatalidad 109 

XI Ecos 125 

XII El pañuelo blanco _ 153 

XIII Tras los muros del cementerio 167 

XVI A la luz de los hachones 183 

XV No hai sacrificio estéril ". 197 

XIV Dos años después 207 



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ERRATA SUSTANCIAL.^ 
Pajina 28 — línea 17 — dice jurar : léase conjurar 



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Microfiimed 
SOUNET/ASERL PROJECT 


















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